sábado, 5 de diciembre de 2009

EXTRAÑOS REYES MAGOS

Por aquellos tiempos, años de postguerra, todo nos parecía normal.

Normal para nosotros, que no teníamos que lamentar ningún muerto ni preso en la familia, que no habíamos pasado hambre, que vivíamos casi en el claustro materno y sobre todo que teníamos muy pocos años. El pan amarillo era normal, las colas de abastecimiento, las cartillas de racionamiento, todo era normal. Nuestro padre iba al trabajo cada día, nuestra madre cantaba o escuchaba la radio mientras cosía. Dos mujeres trabajaban para nosotros, Pepa, la cocinera, cuyo marido había muerto internado en un manicomio y que dedicaba su escaso sueldo a la crianza de un hijo de nuestra edad, al cuidado de sus abuelos, y María la de los dos colores; la llamábamos así porque toda su piel repartía la melanina, de forma desordenada, en extensas manchas blancas y marrones, llenando su cabeza de mechones blancos. María lavaba a mano ingentes montones de ropa con agua fría, muy fría en invierno, dentro de una pila de cemento gris, en un cuartucho de la azotea. Restregaba y restregaba, soleaba y volvía a lavar. Mi madre era muy exigente con la blancura de la ropa, todo se lavaba dos veces y a veces se hacía la colada en una cesta de caña con el agua hirviendo y cenizas de carbón de la cocina. Mamá hacía el jabón de la casa con restos de aceite y sosa cáustica, la masa hervía en un lebrillo grande de barro vidriado y luego se vertía en una caja de madera plana, con separaciones que marcaban el tamaño de los tacos de jabón. Quedaban listos al enfriarse y endurecerse. Aquel jabón servía igual para lavar la ropa, para fregar cacharros, o para el baño y el lavado del cabello de la familia. No eran tiempos de lujo y todo aquello parecía normal.

Aquella Navidad mi madre tenía una pierna escayolada, había resbalado con una ramita del romero que trajeron para montar el belén y se la había roto. Aquella funda blanca y dura, sólo dejaba fuera sus dedos, que así vistos resultaban bastante raros, parecía una tortuga de cinco cabezas. Nos dejaba tocarlos, eran suaves y sonrosados, ella reía porque le hacíamos cosquillas.

Para la cena de Navidad, vestida de raso negro, con su pelo formando una corona de la que escapaban ricitos castaños...¡parecía una princesa! Había adornado el bastón en el que se apoyaba, con una serie de lacitos rojos. Nosotras teníamos vestidos nuevos que ella había cosido durante semanas. Mis pelos eran finos y lacios, los de mi hermana castaños y rizados, mucho más bonitos, así que, como siempre que querían verme guapa, rizaron mis cabellos empapándolos en agua y vinagre y enrollándolos en bigudíes de plomo, mechón por mechón; al secarse, se retiraban los bigudíes y aparecían tirabuzones secos y duros que terminaban de peinar dándoles forma con un palito de madera.

Era Navidad, habría pollo para cenar. En el nacimiento, los tres reyes magos aún estaban lejos del portal, cabalgaban en sus camellos, llevados de las bridas por tres pajes, sobre montañas de corteza de alcornoque, nevadas de harina. Cada noche movíamos estas figuras acercándolas al Misterio. La noche del cinco de enero, antes de irnos a dormir, los dejábamos ante el portal, adorando al Niño.

El día de Año Nuevo se escribían las cartas a los Reyes: “Queridos Reyes Magos: Creo que este año me he portado bien, a pesar de que voy al cine todos los domingos con Pepa , ya sabéis que papá tiene un pase y no tenemos que pagar por las entradas. Las monjas dicen que ir al cine es pecado. Los lunes, la Hermana de mi clase manda que nos pongamos en pié las que fuimos al cine en el fin de semana, y a todas las que nos levantamos nos castiga a los últimos bancos durante toda la semana. Yo me paso la vida en los últimos bancos y creo que cumpliendo el castigo se me perdona el pecado. Me peleo poco con mi hermana porque mamá dice que cuando una no quiere dos no riñen y que la más buena es la que cede. Como soy la mayor, me toca ceder a mí siempre. Ya tengo siete años y medio, el muñeco del año pasado está nuevo, lleva sentado en mi cama, junto a mi almohada, desde que lo trajisteis, porque hemos jugado todo el tiempo con el de mi hermana, que ya está destrozado, así que este año no necesitaré otro, por eso os pido que me traigáis una bicicleta, con dos ruedecitas pequeñas, para aprender sin caerme. Me da igual el color. Muchas gracias y muchos besos”.

Mi padre era el encargado de llevar las cartas a correos.

Era una noche de ilusión y miedos. La causa del miedo era que aquellos reyes magos entraban por los balcones y ventanas, sigilosamente, y los niños tenían que estar dormidos, si no, tan silenciosamente como habían entrado, se volvían a marchar. Una gran excitación nos impedía dormir, aunque cerrábamos fuertemente los párpados; cuanto más fuerzas hacías, menos probabilidades tenías de dormir. Cualquier ruido de la casa hacía latir el corazón con desenfreno. Pero por alguna razón desconocida, al fin te dormías, y al despertar sabías de inmediato que los reyes habían estado y tu regalo estaría en la sala, junto a tus relucientes zapatos.

¡Oh maravilla!, frente al belén había dos flamantes bicicletas, una roja y otra azul, la roja algo más pequeña sería para mi hermana, así que la azul, ¡era para mí! ¡Que día pasamos! casi enteramente en la Alameda aprendiendo a montar. Aquella bicicleta era increíble, con su color azul metalizado y su timbre. Mi hermana me seguía a timbrazo limpio por donde yo fuese, dando vueltas y vueltas. Y al día siguiente igual, y al otro igual. Aprendimos rápidamente. Al tercer día, al levantarnos pensando que tal vez podríamos montar sin las ruedecitas, mi bicicleta no estaba y la de mi hermana tampoco.

- Mamá, mamá, ¿y las bicicletas?, no están en su sitio.

Nuestra madre tomaba tranquilamente su taza de café, nos miró muy seria y unas extrañas palabras salieron de su boca:

- Los Reyes se han llevado las bicis porque no habéis sido tan buenas como decíais en las cartas, las han cambiado por unos zapatos para cada una y un paquete de caramelos.

La miré con los ojos llenos de lágrimas, pero comprendí que los magos lo saben todo y yo no había sido tan buena como para merecer un regalo así.


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