lunes, 7 de diciembre de 2009

EL MUÑECO



No recuerdo bien desde cuando, pero yo siempre creí en los Reyes Magos. En mi casa, entonces, no sobraba el dinero, pero ese era un día especial. Mis hermanos y yo, ese día, dormíamos en la misma habitación y el mayor de nosotros, que seguramente, era ya el menos inocente nos contaba fantásticas historias sobre los tres hombres mágicos que subían por los tejados con sus capas de armiño, acompañados de sus pajes y que se comían los dulces que habíamos guardado para ellos y de camellos que bebían el agua de las palanganas que quedaban en la cocina con ese fin, llenas hasta el borde.

Era tal la fantasía de mi hermano que escuchábamos los ruidos extraños de la noche y todos tenían que ver con la llegada de los Magos. Mi mayor ilusión, año tras año era un hermoso muñeco que solía ver en un comercio cercano. Era lo más parecido a un bebé. Con su boquita abierta donde reposaba un chupete, sus mollas en las piernas, sus mejillas sonrosadas, con unos hermosos ojos azules con párpados con pestañas que se cerraban y abrían al acostarle o levantarle. Estaba hecho con un material de casco que si lo golpeabas se rompía en pedazos. Lo pedí en mi carta durante dos años seguidos y cada vez me dejaron otras cosas diferentes, pero el muñeco no llegaba.

Mi amá me explicaba con santa paciencia el por qué de que no llegara aquel tesoro que yo deseaba tanto y siempre conseguía convencerme de que era mejor para mí que esperara un poco más, aunque supongo que tenía que adivinar mi decepción infantil.

La Navidad en que yo acababa de cumplir los seis años recibí ¡por fin! Mi codiciado regalo. Me sentí la niña más feliz del mundo. El muñeco venía vestido con un maravilloso faldón de tela fina con sus entre dos y bordados de Valenciennes, una chaquetita de punto con lacitos a juego y una capotita y patucos, como si de un niño se tratara.

Mi muñeco duró toda mi vida infantil, lo cuidé como el tesoro que para mí era, lo vestía y desnudaba, ya que cada Navidad los Reyes aumentaban su ajuar con ropas nuevas. Cuando perdí la inocencia supe que mis padres compraron aquel juguete con algún sacrificio, ya que era caro y raro, y que una de mis tías, hermana de mi aita, le hacía la ropita todos los años para que pudiera cambiarle cuando lo deseara.

Un día me casé y me fui de casa de mis padres. Mi habitación allí, permaneció tal cual durante mucho tiempo, tanto que nació mi hija; mi muñeco seguía sentado en su estantería, con su armario al lado y sus ropitas dentro como si fuera el primer día, la sillita de comer, la de paseo. Todo lo había conservado mi amá allí y yo adoraba entrar a verlo cuando iba de visita a su casa.

Cuando mi hija tuvo una edad parecida a la mía cuando recibí mi regalo, me pidió que le dejara jugar con mi muñeco, un día que estábamos en casa de la amama, cuidando de mi aita que estaba ya enfermo. Pensando en que la niña se entretuviera le dejé mi preciado tesoro que apareció, al poco rato, tuerto y sin un brazo y ya, una vez llegados a ésto, decidí que tal vez era el momento de que mi bebé pereciera a manos de mi hija, que se encargó de reducirlo a añicos en muy poco tiempo. Y así acabó la historia de mi mejor regalo de Reyes, al menos el que mejor recuerdo dejó en mí.

1 cinceladas:

Marsa dijo...

Hola querida, te eché de menos el mes pasado, pedro el tema era un tanto dificultoso para los neófitos en ciencias.

Muy bonito tu relato, refleja tu gran sensibilidad. Por cincelar algo, comienzo con esto: se me ocurre que podría mejorar algo el 2º párrafo si en lugar de poner: "pero ese era un día especial. Mis hermanos y yo, ese día," cambiaras a: ... ESE ERA UN DÍA ESPECIAL: MIS HERMANOS Y YO DORMÍAMOS EN LA MISMA HABITACIÓN (...) Y DE LOS CAMELLOS QUE BEBÍAN... Te evitas repetir la palabra "día", e identificas a los camellos, esos: los que bebían en tu casa.
Un abrazo

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