martes, 8 de diciembre de 2009

Gusta/No gusta

Al pequeño duende mágico le gusta pisar las hojas caídas de los árboles; salir corriendo en cuanto pone un píe en la calle; escuchar el sonido del viento; ponerse nuevos retos subiendo escalones cada vez más altos; estrujarle las orejas a su peluche de Mickey Mouse; probar nuevos sabores de yogures; la gente que baila y canta, aunque no sea al compás; contemplar el agua de las fuentes de los parques; soñar con que un día será tan alto como para alcanzar las piñas de los árboles; imitar la forma de andar de los patos; perseguir pompas de jabón; desvestir a los muñecos; buscar las ilustraciones en los libros; tener dos cucharas cuando come, una para su uso tradicional y la otra para hacer música golpeándola en la mesa; encender todas las luces de la casa sin ayuda; que le aupen para mirar por las merillas de las puertas...

No le gusta que le hablen alto cuando acaba de despertarse de la siesta; que no le permitan probar algo que ha visto comer a los adultos; los niños que no comparten los juguetes; que no le dejen pintar en cualquier espacio en blanco disponible; no encontrar su chupete cuando más lo necesita; que le suban la cremallera de la chaqueta hasta arriba del todo y no le dejen respirar; los gorros de lana que pican; el sonido de los globos cuando explotan; que se le arrugen los dedos después de haber pasado mucho tiempo en remojo dentro de la bañera; el champú dentro de sus ojos; el color gris; que sus pies no alcancen el suelo cuando está sentado en la silla; vestir a los muñecos, los botones y los ojales no son compatibles; las señoras gordas que le achuchan en el momento menos inesperado, que apenas le empujen en los columpios...

lunes, 7 de diciembre de 2009

EL MUÑECO



No recuerdo bien desde cuando, pero yo siempre creí en los Reyes Magos. En mi casa, entonces, no sobraba el dinero, pero ese era un día especial. Mis hermanos y yo, ese día, dormíamos en la misma habitación y el mayor de nosotros, que seguramente, era ya el menos inocente nos contaba fantásticas historias sobre los tres hombres mágicos que subían por los tejados con sus capas de armiño, acompañados de sus pajes y que se comían los dulces que habíamos guardado para ellos y de camellos que bebían el agua de las palanganas que quedaban en la cocina con ese fin, llenas hasta el borde.

Era tal la fantasía de mi hermano que escuchábamos los ruidos extraños de la noche y todos tenían que ver con la llegada de los Magos. Mi mayor ilusión, año tras año era un hermoso muñeco que solía ver en un comercio cercano. Era lo más parecido a un bebé. Con su boquita abierta donde reposaba un chupete, sus mollas en las piernas, sus mejillas sonrosadas, con unos hermosos ojos azules con párpados con pestañas que se cerraban y abrían al acostarle o levantarle. Estaba hecho con un material de casco que si lo golpeabas se rompía en pedazos. Lo pedí en mi carta durante dos años seguidos y cada vez me dejaron otras cosas diferentes, pero el muñeco no llegaba.

Mi amá me explicaba con santa paciencia el por qué de que no llegara aquel tesoro que yo deseaba tanto y siempre conseguía convencerme de que era mejor para mí que esperara un poco más, aunque supongo que tenía que adivinar mi decepción infantil.

La Navidad en que yo acababa de cumplir los seis años recibí ¡por fin! Mi codiciado regalo. Me sentí la niña más feliz del mundo. El muñeco venía vestido con un maravilloso faldón de tela fina con sus entre dos y bordados de Valenciennes, una chaquetita de punto con lacitos a juego y una capotita y patucos, como si de un niño se tratara.

Mi muñeco duró toda mi vida infantil, lo cuidé como el tesoro que para mí era, lo vestía y desnudaba, ya que cada Navidad los Reyes aumentaban su ajuar con ropas nuevas. Cuando perdí la inocencia supe que mis padres compraron aquel juguete con algún sacrificio, ya que era caro y raro, y que una de mis tías, hermana de mi aita, le hacía la ropita todos los años para que pudiera cambiarle cuando lo deseara.

Un día me casé y me fui de casa de mis padres. Mi habitación allí, permaneció tal cual durante mucho tiempo, tanto que nació mi hija; mi muñeco seguía sentado en su estantería, con su armario al lado y sus ropitas dentro como si fuera el primer día, la sillita de comer, la de paseo. Todo lo había conservado mi amá allí y yo adoraba entrar a verlo cuando iba de visita a su casa.

Cuando mi hija tuvo una edad parecida a la mía cuando recibí mi regalo, me pidió que le dejara jugar con mi muñeco, un día que estábamos en casa de la amama, cuidando de mi aita que estaba ya enfermo. Pensando en que la niña se entretuviera le dejé mi preciado tesoro que apareció, al poco rato, tuerto y sin un brazo y ya, una vez llegados a ésto, decidí que tal vez era el momento de que mi bebé pereciera a manos de mi hija, que se encargó de reducirlo a añicos en muy poco tiempo. Y así acabó la historia de mi mejor regalo de Reyes, al menos el que mejor recuerdo dejó en mí.

sábado, 5 de diciembre de 2009

EXTRAÑOS REYES MAGOS

Por aquellos tiempos, años de postguerra, todo nos parecía normal.

Normal para nosotros, que no teníamos que lamentar ningún muerto ni preso en la familia, que no habíamos pasado hambre, que vivíamos casi en el claustro materno y sobre todo que teníamos muy pocos años. El pan amarillo era normal, las colas de abastecimiento, las cartillas de racionamiento, todo era normal. Nuestro padre iba al trabajo cada día, nuestra madre cantaba o escuchaba la radio mientras cosía. Dos mujeres trabajaban para nosotros, Pepa, la cocinera, cuyo marido había muerto internado en un manicomio y que dedicaba su escaso sueldo a la crianza de un hijo de nuestra edad, al cuidado de sus abuelos, y María la de los dos colores; la llamábamos así porque toda su piel repartía la melanina, de forma desordenada, en extensas manchas blancas y marrones, llenando su cabeza de mechones blancos. María lavaba a mano ingentes montones de ropa con agua fría, muy fría en invierno, dentro de una pila de cemento gris, en un cuartucho de la azotea. Restregaba y restregaba, soleaba y volvía a lavar. Mi madre era muy exigente con la blancura de la ropa, todo se lavaba dos veces y a veces se hacía la colada en una cesta de caña con el agua hirviendo y cenizas de carbón de la cocina. Mamá hacía el jabón de la casa con restos de aceite y sosa cáustica, la masa hervía en un lebrillo grande de barro vidriado y luego se vertía en una caja de madera plana, con separaciones que marcaban el tamaño de los tacos de jabón. Quedaban listos al enfriarse y endurecerse. Aquel jabón servía igual para lavar la ropa, para fregar cacharros, o para el baño y el lavado del cabello de la familia. No eran tiempos de lujo y todo aquello parecía normal.

Aquella Navidad mi madre tenía una pierna escayolada, había resbalado con una ramita del romero que trajeron para montar el belén y se la había roto. Aquella funda blanca y dura, sólo dejaba fuera sus dedos, que así vistos resultaban bastante raros, parecía una tortuga de cinco cabezas. Nos dejaba tocarlos, eran suaves y sonrosados, ella reía porque le hacíamos cosquillas.

Para la cena de Navidad, vestida de raso negro, con su pelo formando una corona de la que escapaban ricitos castaños...¡parecía una princesa! Había adornado el bastón en el que se apoyaba, con una serie de lacitos rojos. Nosotras teníamos vestidos nuevos que ella había cosido durante semanas. Mis pelos eran finos y lacios, los de mi hermana castaños y rizados, mucho más bonitos, así que, como siempre que querían verme guapa, rizaron mis cabellos empapándolos en agua y vinagre y enrollándolos en bigudíes de plomo, mechón por mechón; al secarse, se retiraban los bigudíes y aparecían tirabuzones secos y duros que terminaban de peinar dándoles forma con un palito de madera.

Era Navidad, habría pollo para cenar. En el nacimiento, los tres reyes magos aún estaban lejos del portal, cabalgaban en sus camellos, llevados de las bridas por tres pajes, sobre montañas de corteza de alcornoque, nevadas de harina. Cada noche movíamos estas figuras acercándolas al Misterio. La noche del cinco de enero, antes de irnos a dormir, los dejábamos ante el portal, adorando al Niño.

El día de Año Nuevo se escribían las cartas a los Reyes: “Queridos Reyes Magos: Creo que este año me he portado bien, a pesar de que voy al cine todos los domingos con Pepa , ya sabéis que papá tiene un pase y no tenemos que pagar por las entradas. Las monjas dicen que ir al cine es pecado. Los lunes, la Hermana de mi clase manda que nos pongamos en pié las que fuimos al cine en el fin de semana, y a todas las que nos levantamos nos castiga a los últimos bancos durante toda la semana. Yo me paso la vida en los últimos bancos y creo que cumpliendo el castigo se me perdona el pecado. Me peleo poco con mi hermana porque mamá dice que cuando una no quiere dos no riñen y que la más buena es la que cede. Como soy la mayor, me toca ceder a mí siempre. Ya tengo siete años y medio, el muñeco del año pasado está nuevo, lleva sentado en mi cama, junto a mi almohada, desde que lo trajisteis, porque hemos jugado todo el tiempo con el de mi hermana, que ya está destrozado, así que este año no necesitaré otro, por eso os pido que me traigáis una bicicleta, con dos ruedecitas pequeñas, para aprender sin caerme. Me da igual el color. Muchas gracias y muchos besos”.

Mi padre era el encargado de llevar las cartas a correos.

Era una noche de ilusión y miedos. La causa del miedo era que aquellos reyes magos entraban por los balcones y ventanas, sigilosamente, y los niños tenían que estar dormidos, si no, tan silenciosamente como habían entrado, se volvían a marchar. Una gran excitación nos impedía dormir, aunque cerrábamos fuertemente los párpados; cuanto más fuerzas hacías, menos probabilidades tenías de dormir. Cualquier ruido de la casa hacía latir el corazón con desenfreno. Pero por alguna razón desconocida, al fin te dormías, y al despertar sabías de inmediato que los reyes habían estado y tu regalo estaría en la sala, junto a tus relucientes zapatos.

¡Oh maravilla!, frente al belén había dos flamantes bicicletas, una roja y otra azul, la roja algo más pequeña sería para mi hermana, así que la azul, ¡era para mí! ¡Que día pasamos! casi enteramente en la Alameda aprendiendo a montar. Aquella bicicleta era increíble, con su color azul metalizado y su timbre. Mi hermana me seguía a timbrazo limpio por donde yo fuese, dando vueltas y vueltas. Y al día siguiente igual, y al otro igual. Aprendimos rápidamente. Al tercer día, al levantarnos pensando que tal vez podríamos montar sin las ruedecitas, mi bicicleta no estaba y la de mi hermana tampoco.

- Mamá, mamá, ¿y las bicicletas?, no están en su sitio.

Nuestra madre tomaba tranquilamente su taza de café, nos miró muy seria y unas extrañas palabras salieron de su boca:

- Los Reyes se han llevado las bicis porque no habéis sido tan buenas como decíais en las cartas, las han cambiado por unos zapatos para cada una y un paquete de caramelos.

La miré con los ojos llenos de lágrimas, pero comprendí que los magos lo saben todo y yo no había sido tan buena como para merecer un regalo así.


martes, 1 de diciembre de 2009

Tema de diciembre '09: Cosas de niños

Bien, reconozco que no he sido muy original en este mes, al menos no demasiado. Porque haber puesto relatos navideños habría sido demasiado, pero ceder el testigo a los que más suelen disfrutarla nos permitirá aproximarnos al tema para aquellos que así lo deseen :-) Además enlazamos con el libro solidario y todo queda la mar de hilado. Así, pues, ya sabéis relatos cuyos protagonistas sean menores de... pongamos... ¿doce años?. Aunque ya sabéis que siempre hay libertad. Cosas de niños, adelante.



(y una nota importante en el primer comentario...)

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