lunes, 16 de noviembre de 2009

UN MATEMÁTICO PERSA. (versión corregida)

Aquella mañana Abû Jafar Mohammad salió a la calle después de desayunar con Asram y Fatima, sus esposas. Había dormido con Fatima, la más joven y la que había llegado a su hogar hacía sólo dos años; así y todo ya tenía de ella un hijo de un año, fuerte y hermoso, que empezaba a dar los primeros pasos y alegraba los corazones de todos. Con Asram tenía tres hijas dulces y muy cariñosas, que llenaban la casa de risas y parloteos. A Fatima tenía que darle el lugar de honor en la casa por haberle dado un hijo varón, pero Asram era la mujer de su juventud, de sus primeros deseos masculinos y de las primeras y maravillosas sensaciones de tener una mujer que le amaba y a la que él amaba. Este amor seguía vivo en lo más profundo de su ser.

Pasó delante de la puerta del sastre que en silencio y doblado sobre sí mismo confeccionaba una chilaba, del taller del grabador de metales con su campaneo y sus risotadas y del fabricante de chirimías y laúdes gran músico y mejor amigo.Todos se levantaban a su paso deseándole un buen día bendecido por Alá, Grande y todo Poderoso. Abû respondía con una sonrisa y saludaba llevándose su mano derecha a la frente, al pecho y a la boca, para terminar con el ritual y pequeño vuelo de su mano hacia el infinito.

En su camino hacia la escuela coránica cruzó el zoco. Hombres y mujeres: campesinos, pastores y pescadores ofrecían los productos de sus respectivos trabajos y a grandes gritos los acercaban a los posibles compradores, persiguiéndolos una distancia prudencial para no perder de vista sus puestos. Especias de las montañas, dátiles e higos secos, almendras, miel, aceite y olivas en barricas, partidas y aliñadas y los animales vivos para sacrificar en casa: corderos y cabras, pollos y palomos, en sumiso ofrecimiento a Alá. Un encantador de serpientes entretenía a pequeños y grandes,haciendo sonar su chirimía. El aguador gritaba su fresca venta sonando una campanilla y repartiendo el contenido de su odre en un vasito de latón encadenado al mismo. Un pastelero estiraba trozos de masa entre sus dedos, que luego freía en una gran sartén, sobre un anafre lleno de ascuas de carbón y a continuación cocía en agua-miel. Por mucho que conociera el mercado: sus sonidos y olores, sus personajes y productos, siempre le traían recuerdos de su infancia... Tendría unos cinco años (lo recordaba con toda nitidez), su padre lo llevaba de la mano recorriendo el zoco, le iba explicando lo que iban viendo y respondía, como siempre hacía, a todas a sus preguntas. De pronto oyeron gritos y vieron que cerca de ellos se había formado un cerco de personas que alteradas veían pelear a dos hombres, jóvenes y fuertes, que se golpeaban sin piedad. El pequeño Abû le preguntó a su padre:
- Padre ¿qué está pasando?
- Pues no sé hijo, veo dos hombres que están pegándose, pero no conozco el motivo ni sé cual de los dos es el causante de esta forma tan desastrosa de comportarse.
Su padre se paró, se agachó y mirándole a los ojos le dijo:
- Las diferentes opiniones no se deben dirimir a golpes, para discutir como seres humanos tenemos la palabra.Vámonos de aquí.
Recordaba el gran matemático que al llegar a su casa le contó a su madre: Cuando íbamos por el zoco vimos dos hombres y cada uno pensaba distinto; uno quería pelear y el otro no, pero el que quería pelear empezó a pegarle al que no quería, y de pronto los dos se pegaron. Pienso que si no discutieron y sí se golpearon fue porque eran mudos.

Cuando llegó a la mezquita, a la que pertenecía la escuela. El viejo maestro en temas coránicos estaba esperándole, se saludaron, se besaron en ambas mejilla y el anciano le invitó a entrar. En el patio, sentados sobre alfombras, se encontraba un numeroso grupo de niños y jóvenes, y como habían instalado una tarima, también alfombrada, a ella subieron ambos maestro. El anfitrión presentó al brillante sabio, enumerando sus numerosos trabajos.

Abû escuchó en silencio, dio las gracias y acercándose a un muro preparado a tal fin y pintado en parte de negro, cogió un trozo de yeso de una cajita de madera y con voz serena y trazo firme comenzó a explicar los principios de uno de sus extraordinarios descubrimientos matemáticos.

M.R. Comas (noviembre - 2009)
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“No poseemos, desgraciadamente, más que muy pocos detalles sobre la vida de Abû Jacfar Mohammad bin Mûsâ al-Juârizmî .Ignoramos todo de su parentela. Su nombre, sin embargo, nos dice que era originario de una provincia persa relativamente alejada del Dâr Al-Islâm pues estaba situada al Norte del Irán actual, en Asia Central: la antigua Juârizm. En la actualidad, ésta se encuentra repartida entre Uzbekistán, Turkmenistán y Karakalpacia. (…)¿Quién era Al-Juârizmî?. Un sabio. Ciertamente, pero aún era más. Un genio, evidentemente. ¿Pero no fue algo más? ¡Seguramente!. Nuestro héroe brilló en cinco dominios, y con tal destello, que hicieron de él un excelente compañero de las ciencias. En efecto, este persa de expresión árabe fue todo a la vez, astrólogo, astrónomo, geógrafo, historiador y sobre todo matemático. La extensión de sus trabajos en el arte del cálculo abrieron el camino de extraordinarios progresos. Y en adelante, cuando volamos por los cielos se lo debemos en gran parte a él. Si nos curamos en tantas ocasiones de enfermedades y retrocedemos tanto cuando Thanatos, después de haber arrancado un mechón de cabello a un pobre mortal lo lleva junto al Aqueronte, podemos agradecérselo a él. Cuando nos maravillamos, con toda razón, de las fascinantes posibilidades de los ordenadores (que no son sin embargo más que unos aritmógrafos perfeccionados), se lo debemos siempre a este Persa. Pues en el origen de estos milagros y de todos los prodigios que han dado lugar a las tecnologías modernas, existe todo un maravilloso oficio en subtítulos, en fórmulas mágicas y en seductoras curvas. Fue el arquitecto de las cifras. Solamente el matemático está inspirado como el poeta. Con sus versos, uno nos lleva a un sueño; el otro transmuta el ensueño encantador en realidad virtual antes de hacer de ello una evidencia totalmente concreta. Acordémonos de los Griegos, que imaginaron unas alas de cera para el hijo de Dédalo, mientras que Clemente Ader nos transformó a cada uno de nosotros en Ícaro triunfante. Del deseo a su realización, a menudo no existe más que el arte del cálculo.Si la vida de Abû Jacfar Mohammad bin Mûsâ al-Juârizmî, carece de testimonios, permanece bastante oscura, su obra en cambio es muy conocida. Sus escritos, en lo esencial, han sido conservados y, mucho mejor para Occidente, traducidos pronto al latín, tras su introducción entre los Moros de Al-Andalus. Pero, actualmente, burlémonos de Chronos e inmovilicemos su guadaña parar remontarnos por el hilo del tiempo unos mil cien años….”
Emmanuel H. de BRYE-DONNELLY - LES CAHIERS DE L'ORIENT 1er trimestre 1998

3 cinceladas:

Daniel Turambar dijo...

Creo que puedes poner zoco sin comillas, y hasta chilaba :)

Nada que desbrozar. Me ha gustado mucho el paseo que nos das por el bazar, las profesiones, gentes sonidos, cómo caminamos con el protagonista hasta la clase. Y ahí nos dejas con la miel en los labios. El cuerpo pide más. Aunque la introducción es un buen ejercicio de ambientación al final uno pide un poco de acción, un "que pase algo". No sé, alguna anécdota en la clase que complete el retrato de hombre sencillo que nos haces.

De hecho creo que sería mejor que hubieras cambiado el orden de los textos, primero tu narración y luego tras alguna cosilla en la clase (aunque sea un chascarrillo con algún crío que haga encenderse la luz al genio... no sé) soltar cómo pasó luego ese hombre a la historia con lo que tú pones de introducción.

Aún sin el algo más, terminando frente al encerado, simplemente dando la vuelta a las dos partes creo que el relato ganaría.

¿no?

Marsa dijo...

Daniel, he leído tu cincelada y tu propuesta tengo que pensarla. Hay tantos escritores de relatos cortos y tan diferentes... En la primera versión cuando el maestro del Corán lo presenta, enumera sus aportaciones a las matemáticas y a las ciencias en general y ahí utilicé el artículo de Briye-Donnelly y ahí cometí mi primer error, aquel lo presentaba con la perspectiva actual del matemático persa, y claro era imposible que un contemporáneo de de Abû J.M. expresara una valoración pasada por el tamiz de 1.100 años. Volver ahora a organizar lo escrito en el mismo orden de la primera versión, incorporando lo histórico a la ficción, me supondría encontrar otros conductos que lo hicieran posible. En el orden en que está: conocer el personaje para entrar en la ficción es el que hice yo.
¿Conoces los cuentos de William Carlos Williams? era médico y muchos de sus relatos son escuetas anécdotas profesionales.
Para darle otra organización a este relato necesitaría varios días de pre-tarea. Si lo logro será una verdadera alegría para mi autoestima.

Marsa dijo...

Verás Daniel que he añadido en mi relato una anécdota de la infancia de Abû, me hubiera gustado un quiebro de la historia para continuar de forma brillante, pero como no es una novela y es un cuento, y yo no soy Isabel Allende, creo que no hace falta relatar otros añadidos. Por lo menos si el recuerdo/paréntesis infantil del personaje, mejora el relato y no se lo carga, lo daré por bienvenido.

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