martes, 20 de octubre de 2009

Profesión alterada

-No sé si esto está bien -repuse, teniendo que aguantar la mirada de sorpresa que puso al escucharme.
-Como pares te mato -Aseguró tras morderme el lóbulo de la oreja.
No quería parar, por supuesto, pero el temor de ser descubiertos me aterrorizaba, pues estaba poniendo mi trabajo en peligro. Pero que demonios, aquella muchacha me convertía en un autentico incompetente en mi profesión, y solo el movimiento de sus cabellos cuando se recogía la melena en una coleta, justo antes de cada sesión, estremecía todo mi cuerpo. Maldita niña mayor que yo, que su sonrisa y su picardía habían clavado de lleno en mi corazón.
Me resultaba difícil fingir cada vez que la veía, que solo nos unía una amistad que terminaba al salir ella por la puerta de la clínica, tras una hora de masaje. De hecho, cada vez era más complicado disimular mi deseo por besar su espalda cuando la tenía bajo el dominio de mis manos. Evitar acariciar lascivamente esa piel entre movimiento y movimiento para quitar alguna que otra contractura. Cada vez me resultaba mas difícil. Y saber que ella sentía lo mismo me incitaba a una bruta pasión. Incluso poseerla delante de todos; si, a veces mi cabeza no andaba muy allá.
Pero es que ella no pasa desapercibida tras conocerla; te contagia su deseo por vivir, por luchar ante las tempestades que la vida nos enfrenta, su sonrisa y esa naturalidad al decir las cosas más sencillas. Maldita niña, que me provocó con esa mirada. De esa forma de decir unas cosas cuando quiere decir otras. ¡Que cruz de mujer, señor! Y de como hoy me dijo "que solo estás" cuando vio que en la clínica únicamente estaba yo. ¿Que iba a decir? Pues una tontería, para variar. "Para que nadie nos moleste", contesté. Y tras su mirada sugerente mi rostro se puso del color de mi camiseta: rojo chillón. Y ella, que es muy discreta, ignoró mi actitud, sentándose en la camilla y esperando la profesionalidad de mis manos sobre sus brazos. Escondí los labios cuando vi que no se quitaba la camiseta amarilla que llevaba puesta; "hoy no la veo a medio desnudar". Me dispuse a usar la crema para suavizar mis movimientos en su tendinitis y comenzamos a charlar. De las pocas veces que soy capaz de escuchar y pensar en otra cosa a la vez. Porque mi boca hablaba con ella, pero mi mente la desnudaba para perfilar las curvas de su cuerpo que ya tuve el privilegio de ver.
"Estás raro" me dijo mientras yo absorbía su perfume. Le contesté con una mueca algo congelada. "Y tenso".
Muy tenso, me dije a mi mismo. Tanto que la cosa empezaba a ponerse candente.
"¿Necesitas un masaje?". La necesitaba a ella, realmente. Cállate, pensé. Cállate o no respondo. Sus antebrazos permanecían untados en crema y su piel era la suavidad personificada.
"¿te encuentras bien?". Ni siquiera me atrevía a mirarla a los ojos por miedo a perder la cordura. Y como ya casi no era dueño de mi mismo acabé confesando por culpa de ese sentimiento tan profundo. "Estoy a punto de perder la cabeza". Menudo imbécil, decir eso con la cabeza agachada, ocultando mi vergüenza y esperando que ella me soltase alguna bordería. "Pues hazlo". ¡Santo cielo! un escalofrío recorrió todo mi cuerpo hasta llegar a la nuca, que me dejó lelo y acabé levantando la mirada para observar la suya. Había deseo en esos ojos marrones, resaltados con una raya blanca.
Ese hombre neandertal que habita dentro de mi, sacó toda su dominación y me lancé como un buitre a sus labios. Los besé con autoridad, con pasión y verdadera vocación. Suaves, deliciosos, tan carnosos, sugerentes para con los míos. Fuertes al contacto. La besé con tanto deseo que no me di cuenta de estar ensuciando su nuca con la crema aplicada en mis manos.
El tiempo apremiaba y ella parecía estar más que dispuesta a un encontronazo de estos que te marcan para siempre. Las camillas formaban una hilera pero solo la nuestra chirriaba al movimiento que nuestros besos atribuían. Tan pronto como separé sus piernas mi fuego se convirtió en la dureza necesitada y sujeté entre mis manos su fino vestido para quitárselo con poca delicadeza. Gemíamos suavemente, llevados por nuestros besos. Ella deslizó sus manos por debajo de mi camiseta, percibiendo como era provocada por mis abdominales.
Nuestro tiempo concluía, apenas teníamos treinta minutos para hacerlo y recoger todo sin dejar huellas de un descontrol desenfrenado. Opté por bajarme los pantalones y los bóxer sin vergüenza alguna; todo a la vez. Copié mis movimientos con el resto de su ropa. Fuera leggins; fuera tanga, adiós al sujetador. Completamente desnudos en la sala, desprovistos de la seguridad que nos entregaban nuestras ropas, yo temía ser descubiertos pero ella parecía sentirse mas despierta con esa sensación. Y para que negar, yo estaba eufórico ante la situación.
Observé su cuerpo desnudo, completamente despojado de vestiduras, como jamás lo pude ver antes; y su monte de Venus, tantas veces imaginado en mis noches más necesitadas. La incité con mis manos sobre sus pechos a tumbarse sobre la camilla para poder disfrutar de una mejor visión del deseo carnal, y cuando lo hizo y la vi allí, deseando que me abriese camino en sus profundidades, sencillamente obedecí. La penetré con decisión y escuché nacer un gemido grotesco de su garganta. Mis ojos se cerraron al contacto con su alma y continué saboreando las sensaciones, impulsando mis caderas hasta el final de su secreto, ahora revelado para mí.
Grité, gemí, clamé; casi al mismo unísono; cantantes de la pasión. De pronto se me rebeló, tratando de poner resistencia, me agarró del pelo tirando de él hasta hacerme daño, con un rostro repleto de lujuria y me gritó "hasta matarme, cariño, hasta matarme". Por supuesto, obedecí, y mis caderas se convirtieron en algo arrollador. Seguramente los gritos estarían llegando a la calle, pero que me importa, ahora que la tengo entre mis brazos. Se volvió a recostar sobre la camilla y me sentí hipnotizado cuando vi su cuerpo serpentear, manifestando su experiencia, enloqueciendo mi sentencia.
La gente estaría a punto de llegar y nosotros aun estábamos en la fase de la locura. La atraje hacia mi, clavando mi hombría en su ser y obligándola a gemir, digo yo que por puro placer. Mi arrepentimiento se desvaneció por completo bajo el hechizo de su cuerpo y mirando el reloj, marcando menos cuarto, aceleré nuestro proceso. Benditos sus muslos entre mis manos, abrazándome la cintura, convirtiéndose en mi y yo en ella. Mis manos se perdieron en sus pechos, grandes, robustos, perversos. Escondí mi rostro en ellos y me deleité en el rápido palpitar de su corazón. Estaba a punto de llegar y lancé mi estocada final. Acaricié su monte de Venus, allí donde se vuelven locas y tras sentir sus uñas clavadas en mis hombros, escuché el gemido mas gratificante desde hacía mucho tiempo. Detrás fui yo, que casi perdí la fuerza de las piernas, y carente de energía, me desplomé sobre ella.
Tres minutos, solo teníamos tres minutos para disfrutar de la calma que te deja un buen orgasmo; y me pregunté si este sería un acontecimiento esporádico, único o detrás vendrían mas. Me llené de dudas al pensar que a lo mejor ella solo deseaba disfrutarme y aquí no había pasado nada. Porque no hay nada más doloroso que tener todo un imperio en tus manos, disfrutarlo, y que de pronto te lo quiten de tus manos. Recuperando el aliento volví a erguirme, buscando mi ropa y entregándole la suya. Estaba serio, asustado por lo que ocurriese después de nuestro acto, pero callé y me vestí. La observé, esta vez no lo hice disimuladamente como siempre hacía. No, en esta ocasión le mantuve la mirada, tragando saliva y aguantándome las ganas de decirla lo mucho que la quería. Como no vi diferencia alguna en su semblante me dispuse a caminar hasta la centralita, algo chafado porque esperaba una palabra por su parte.
-¿Me llevas al cine este sábado?
Suspiré con desahogo, apoyando mi mano sobre el marco de la puerta. Tres meses esperando esa pregunta, que debería haber hecho yo, soy consciente. Me giré para mirarla.
-Te recojo a las ocho en tu casa.
Y entonces sonrió. Pero no una sonrisa que dijese que estaba de acuerdo; sino una en la que decía "dejo mi vida en tus manos". Y respondí con otra sonrisa.
Cuando salio de la clínica no lo hizo dándome un beso ni un abrazo. La gente ya había llegado y hubiese sido demasiado incomodo. Sencillamente me dijo "nos vemos" y desapareció tras la puerta de cristal.
Comenzamos nuestra casa por el tejado, supongo, pero estaba completamente seguro que el sábado pondríamos los cimientos adecuados para mantener una bonita relación.



© ® 2007, Rebeca Rodríguez.

7 cinceladas:

Gabriel Frau dijo...

No te enfades, Rebeca, pero nada me dicen las historias carentes de originalidad o faltas del elemento sorpresa.

Por lo demás, cuida los acentos de los monosílabos y mima un poquito más las preposiciones.

Marsa dijo...

Rebeca, creo que si relees tu texto eliminaras los fallos que te indica Gabriel. El sexo siempre es el sexo. Nuestros estilos son muy personales.

Amigo Gabriel, creo que las cinceladas deben serlo para las formas gramaticales y las formas literarias y creo que no tanto para nuestros gustos personales. Es mi opinión, naturalmente. Sobre la sexualidad está todo escrito y hasta Cortázar se inventó un lenguaje, genial y divertido para expresar este tema (ya nos lo hizo recordar el texto de la Maga)

Gabriel Frau dijo...

Pues yo creo que, aparte de las correcciones de ortografía y gramaticales, no está de más que hagamos también comentarios sobre el contenido. Y si ello implica expresar gustos personales, no veo yo qué impedimento puede haber en ello.
El hecho de que tengamos que ceñirnos a un tema (pese a que ya sé que no es obligatorio), nos obliga a escribir sobre algo que, quizás, no nos apetece. Cualquier escritor debe lidiar con estos momentos: personajes necesarios en nuestras obras sobre los cuales no nos apetece escribir, situaciones que son condición "sine qua non" para el desarrollo de nuestro relato pero que no nos apetece desarrollar, etc, etc.
Esta "obligación" de escribir sobre algo que se nos impone, al menos para mí, significa un entrenamiento extraordinario para lidiar después con estas situaciones en mis relatos y en mis novelas.
Si alguien me corrige mis faltas de ortografía, obviamente, le estaré agradecido, pero agradeceré enormemente que se critique mi contenido, que se me diga si aquello que yo he escrito de manera "impuesta" ha provocado sentimientos que, quizás, haya tenido que inventarme, si he sido original, si he sido divertido, si he hecho llorar... si he cumplido, en definitiva, con mi cometido.
Si alguien no quiere que se le critique el fondo, el contenido del escrito, que lo diga. Pero, por favor, acribillad los míos, necesito saber si tienen calidad, necesito saber si todas aquellas situaciones y todos aquellos personajes sobre los que tengo que escribir de manera "impuesta" no van a desentonar en un escrito donde todo lo demás lo hago porque lo siento.

Gabriel Frau dijo...

Ah, y por cierto, no creo que sobre el sexo esté todo escrito. No creo que exista nada sobre lo que esté todo escrito. Si yo no me considerara capaz de escribir algo original sobre cualquier tema, creo que desistiría en mi intento de ser escritor. Otra cosa muy distinta es que consiga ser original, o que tenga la capacidad suficiente para serlo. Está claro que si no me gano la vida escribiendo, por algo debe ser.
De todas formas, no hablamos de sexualidad, hablamos de erotismo, aunque a veces la línea de separación entre ambos conceptos sea muy difícil de entrever. Y creo que el erotismo es uno de estos temas donde se puede hablar hasta el cansancio, pues hasta una piedra puede parecer erótica, sobre todo porque nadie tiene el mismo concepto de erotismo, y algo que para alguien puede ser erótico para otros puede ser considerado grosero o de mal gusto (el gesto de Michael Jackson con sus genitales nos sirve de ejemplo).

Marsa dijo...

Bueno, tendríamos que empezar con una definición de términos: erotismo versus sexualidad, estilo, lenguaje literario, corrección gramatical, laismo, complementos gramaticales, etc, no son simplemente faltas de ortografía, porque yo para esto sólo no me molestaría en construir y colocar un texto en este blog.
Pero si yo digo que no me gustan los dramas o las comedias, no estoy haciendo una crítica constructiva, ni una ayuda para el compañero/a que confía en nuestra corrección para mejorar en esta tarea de escribir.
Estoy convencida de que cualquiera de nosotros/as puede decir cual es su género preferido, aunque me parece que ello e incluso esta discusión no debería estar aquí sino en el lugar que se anuncia dedicado a "comentarios, sugerencias, insultos, desahogos, ruegos y preguntas"
Estoy segura, querido amigo, que atiendes nuestros escritos con interés y compañerismo, yo intento hacer lo mismo.

Gabriel Frau dijo...

De todas maneras, amiga Marsa, lo único que intenté fue buscar una manera delicada de decir que el texto de la amiga Rebeca, en mi opinión, carece de originalidad y, además, tampoco tiene ese final-sorpresa que es casi una característica de los relatos breves.

Por supuesto es mi opinión, y no tiene porqué ser compartida por nadie.

Marsa dijo...

Gabriel, agradezco mucho tus explicaciones, y son completamente razonables.

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