domingo, 18 de octubre de 2009

Al límite de las gunfias

¿Quién no ha buscado, incluso antes de haber comenzado a leer una novela, el capítulo "caliente", el que más que ningún otro firma el talento y la imaginación del autor? Yo he leído por azar pequeñas pinceladas que me han marcado. Una de estas frases mágicas que lograron despertar mis sentidos pertenece a Bertrand Blier. No recuerdo el título del libro donde aparece, creo que hasta hay posiblidades de que se trate más bien de una película y no de una novela, pero tengo claro que consiguió poner en funcionamiento mi imaginación y, quizás, también mis manos. La frase es la siguiente: "Le unté con crema el ano. Tenía nalgas de ángel. Entré en ella como en una religión". La religión y el sexo anal se ven de manera muy diferente tras leer esta frase y hasta los ángeles empiezan por fin a disfrutar de los placeres terrenales gracias a su genialidad. También ellos se lo merecen.

Otra de mis musas es Gioconda Belli con sus labios seductores, que saben al néctar de las naranjas más suculentas, y su poesía atrevida que invita a descubrir un nuevo mundo de sensaciones. Porque de eso se trata precisamente, de soñar con nuevos olores, sabores, e incluso, de encontrar tiempo para compartir con un botón (la juguetería erótica merece otro post).

Pero si hay alguien que se atrevió realmente a llamar a cada cosa por su nombre, ese fue, sin lugar a dudas, Julio Cortázar en el capítulo 68 de Rayuela:

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias".

¿Qué le hizo por Dios? Que me lo hagan a mí, yo también quiero llegar al límite de las gunfias y gritar con todas mis fuerzas ¡Evohé! Y es que desde que leímos Rayuela todos, tanto hombres, como mujeres, deseamos ser La Maga.

5 cinceladas:

Marsa dijo...

Excelente idea La Maga, colgar recuerdos literarios... y ¡estos recuerdos literarios! Ha sido muy divertido recordar estos párrafos. Enhorabuena.

La Maga dijo...

Me alegro de que gustara mi post Marsa. Teniendo la inspiración de Cortázar resulta sencillo "Ven a dormir conmigo esta noche. No haremos el amor. Él nos hará".

Gabriel Frau dijo...

Gracias, Maga, por evocarnos textos de los auténticos magos de las palabras.

Hace siglos que leí Rayuela. Quizás ha llegado la hora para volver a leerla, de forma, esta vez, más madura.

La Maga dijo...

"Rayuela" es sensualidad en estado puro Gabriel. Verás todas las cosas que vas a redescubrir en una segunda lectura, o tercera, o cuarta... Yo no me canso nunca de pasar una y otra vez las páginas de este libro.

Bastardo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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