domingo, 25 de octubre de 2009

Sus ojos

Sus ojos me miraban. Sí, fijos, sin moverse, deslizándose entre las cabezas de mis compañeros para centrar su mirara en mi. Lo sentí en el mismo momento que llegamos, cuando, el más adelantado del grupo, nos llamó con cara de asombro y nos insistió para que lo siguiésemos. Ella lo sabía. Sabía que la mirábamos, desde la esquina, aparentando desdén a nuestro alrededor, pero fijándonos lividinosamente en su cuerpo.

Lo primero, sus ojos. Y me miraron como yo a ellos. Sí, fijos, sin moverse pero atravesando las miradas de mis compañeros. Yo..., con vergüenza. Era mayor y nunca había visto una mujer desnuda. "¡Está desnuda!", ese fue el grito silencioso que nos hizo correr a todos. Y todos la miramos. A distancia, escondidos entre la esquina y el poste.

Avancé con los ojos sobre sus labios: carnosos, sensuales, esbozando una leve sonrisa, segura de que su cuerpo excitaba las miradas. No le vi el cuello. Primero pensé que era debido al tonto que me tapaba la vista, levantándose por encima de los demás y no dejándome ver. Pero no, escondía su cuello tras la barbilla y un mechón que caía sobre la axila.

¡No tenían pelo! Las axilas imitaban una cueva donde cobijar los besos; una cueva blanca, reluciente y llena de esponjosa carne. Aparté la cabeza de otro de mis compañeros para descubrir sus pechos. Por un momento, escondí la mirada, avergonzado, pero ella nos miraba y sabía que la estábamos mirando.

El derecho, casi colgando y, tras apartar otra de las cabezas, el izquierdo, erguido ante quienes le estábamos observando. Nunca había visto unos senos tan redondos, como meloncillos, relucientes salvo por un reducido dátil estriado. Parecían quererse mover al acompasado crepitar de los latidos. Pero no era su sangre la que parpadeaba, era la mía que afloraba por mi piel, enrojeciendo mi rostro y apretándome los vaqueros.

Agache la mirada y me mordí la lengua para controlar mis instintos. Apreté los puños clavándome las uñas, pero el dolor no cedía ante el pensamiento. La veía desnuda en mi mente, esperando que descubriera todo su cuerpo. Le gustaba que la mirásemos y no se escondía, aún conociendo que quienes la escudriñábamos eramos unos lampiños. El pelo... El pelo.

Lancé la mirada ladeando el brazo de otro de mis compañeros para adentrarme el la profundidad de su ombligo, recostado, ligeramente oscurecido y apretado por una tersa cintura almidonada. Los almohadones que la soportaban no parecían sufrir el peso de su carne, como la espuma de mar no se allana ante la diosa Afrodita. Una diosa vestida y desnuda para nuestro gozo.

Sólo necesitaba un empujón más, un apártate que me toca a mí, un descaro animal, un ...

Pero esta no es una típica historia que sale bien, es la típica historia que acaba mal. La típica historia de un joven que apunto de descubrir la visión que ansiaban un fuerte dolor se apoderó de él. Algo en su interior luchaba por estallar y no sabía qué, hasta recordar todo el anterior tiempo deseando ir al lavabo. La vejiga no aguantaba más. La excitación se confundió con el dolor y el dolor acrecentó la excitación. La alocada carrera entre los pasillos esquivando las personas para llegar al lavabo no mitigó nada ninguno de sus deseos, y al final..., ¡qué remedio!, si el agua quiere fluir hacia arriba... pues que fluya.

Muchas veces la he vuelto a ver y, siempre, cuando siento sus ojos mirándome, la cara se me sonroja y el corazón se acelera.

viernes, 23 de octubre de 2009

Bocas rojas



De nada sirven a veces la buena voluntad y las promesas de enmienda,
Lo tengo comprobado, cuanto más me propongo mantenerme libre de pensamientos que no me convienen, más caigo en ellos.

Yo quiero mirar a las mujeres como miro los cuadros en el Museo: como la maravillosa obra de arte que son. Y casi siempre lo consigo. Pero hay días, últimamente muchos, en que, con solo ver sus hermosas bocas, jugosas por esas cremas rojas que se ponen en ellos y su lengua húmeda asomándose discretamente entre ellos, ya siento que el torrente de mi sangre viene y va más rápido de lo habitual.

La otra tarde, sentada en un alto taburete en la Pastelería, una bella mujer, ya madura, de piernas largas, que se cruzaban sabiamente para aparecer modosa y justa, bebía café, saboreándolo y con delicadeza tomaba un bombón tras otro de un platito de loza floreada.

Yo esperaba mi turno y la miraba discretamente. El simple recorrido por sus piernas, enfundadas en unas medias transparentes y ligeras y la observación del hueco oscuro que se perdía entre ellas, fue para mí como el gusano que comienza a horadar el agujero donde refugiarse. Pero lo que acabó por llevarme de nuevo a lo que es motivo de mi más grave preocupación, fue contemplar aquellos labios succionando golosamente aquellos bombones por los que, como si fuera una niña, pasaba su lengua húmeda y ya marrón de chocolate, o viendo el licor de algunos de ellos deslizarse desde su boca por la barbilla, gota a gota … y pensarme a mi recogiendo con la mía aquel líquido, de su piel pegajosa y dulce.

Llegó mi turno, pedí los bollos que deseaba y sintiendo un poco de vergüenza por mi falta de continencia, pero sin poder apartarla de mis pensamientos, me fui rápidamente pues andaba tarde.

Mis manos temblaron ostentosamente cuando aquella boca con la que había estado soñando y me había proporcionado pensamientos nada convenientes, se abrió ante ellas y la pequeña lengua asomó a través, aún pintada de chocolate, para que yo depositara en ella la Sagrada Hostia, a la hora de la Comunión.

Como ya decía, por más que lo intento no consigo que mi mente no se escape y vuele por donde quiere cuando veo una mujer. ¡Que Dios me perdone!

Rosg.

miércoles, 21 de octubre de 2009

SIN ALIENTO

Lamiendo va la brisa

la suave orilla de la noche.

El calor de tu mano

recorre el escalofrío de mi brazo

y los susurros de tu voz

deshacen mis estructuras de mármol.

Cierro los ojos

y quedo sin fuerzas.

Tus brazos me sostienen

mientras un río caliente

me inunda toda.

Me besas, siento tu lengua,

buscas la mía y mi mano

responde experta

para tomar de tu cuerpo

lo que ya es mío:

tu hombría erecta.

M. R. Comas


P.D. También en verso.

martes, 20 de octubre de 2009

Profesión alterada

-No sé si esto está bien -repuse, teniendo que aguantar la mirada de sorpresa que puso al escucharme.
-Como pares te mato -Aseguró tras morderme el lóbulo de la oreja.
No quería parar, por supuesto, pero el temor de ser descubiertos me aterrorizaba, pues estaba poniendo mi trabajo en peligro. Pero que demonios, aquella muchacha me convertía en un autentico incompetente en mi profesión, y solo el movimiento de sus cabellos cuando se recogía la melena en una coleta, justo antes de cada sesión, estremecía todo mi cuerpo. Maldita niña mayor que yo, que su sonrisa y su picardía habían clavado de lleno en mi corazón.
Me resultaba difícil fingir cada vez que la veía, que solo nos unía una amistad que terminaba al salir ella por la puerta de la clínica, tras una hora de masaje. De hecho, cada vez era más complicado disimular mi deseo por besar su espalda cuando la tenía bajo el dominio de mis manos. Evitar acariciar lascivamente esa piel entre movimiento y movimiento para quitar alguna que otra contractura. Cada vez me resultaba mas difícil. Y saber que ella sentía lo mismo me incitaba a una bruta pasión. Incluso poseerla delante de todos; si, a veces mi cabeza no andaba muy allá.
Pero es que ella no pasa desapercibida tras conocerla; te contagia su deseo por vivir, por luchar ante las tempestades que la vida nos enfrenta, su sonrisa y esa naturalidad al decir las cosas más sencillas. Maldita niña, que me provocó con esa mirada. De esa forma de decir unas cosas cuando quiere decir otras. ¡Que cruz de mujer, señor! Y de como hoy me dijo "que solo estás" cuando vio que en la clínica únicamente estaba yo. ¿Que iba a decir? Pues una tontería, para variar. "Para que nadie nos moleste", contesté. Y tras su mirada sugerente mi rostro se puso del color de mi camiseta: rojo chillón. Y ella, que es muy discreta, ignoró mi actitud, sentándose en la camilla y esperando la profesionalidad de mis manos sobre sus brazos. Escondí los labios cuando vi que no se quitaba la camiseta amarilla que llevaba puesta; "hoy no la veo a medio desnudar". Me dispuse a usar la crema para suavizar mis movimientos en su tendinitis y comenzamos a charlar. De las pocas veces que soy capaz de escuchar y pensar en otra cosa a la vez. Porque mi boca hablaba con ella, pero mi mente la desnudaba para perfilar las curvas de su cuerpo que ya tuve el privilegio de ver.
"Estás raro" me dijo mientras yo absorbía su perfume. Le contesté con una mueca algo congelada. "Y tenso".
Muy tenso, me dije a mi mismo. Tanto que la cosa empezaba a ponerse candente.
"¿Necesitas un masaje?". La necesitaba a ella, realmente. Cállate, pensé. Cállate o no respondo. Sus antebrazos permanecían untados en crema y su piel era la suavidad personificada.
"¿te encuentras bien?". Ni siquiera me atrevía a mirarla a los ojos por miedo a perder la cordura. Y como ya casi no era dueño de mi mismo acabé confesando por culpa de ese sentimiento tan profundo. "Estoy a punto de perder la cabeza". Menudo imbécil, decir eso con la cabeza agachada, ocultando mi vergüenza y esperando que ella me soltase alguna bordería. "Pues hazlo". ¡Santo cielo! un escalofrío recorrió todo mi cuerpo hasta llegar a la nuca, que me dejó lelo y acabé levantando la mirada para observar la suya. Había deseo en esos ojos marrones, resaltados con una raya blanca.
Ese hombre neandertal que habita dentro de mi, sacó toda su dominación y me lancé como un buitre a sus labios. Los besé con autoridad, con pasión y verdadera vocación. Suaves, deliciosos, tan carnosos, sugerentes para con los míos. Fuertes al contacto. La besé con tanto deseo que no me di cuenta de estar ensuciando su nuca con la crema aplicada en mis manos.
El tiempo apremiaba y ella parecía estar más que dispuesta a un encontronazo de estos que te marcan para siempre. Las camillas formaban una hilera pero solo la nuestra chirriaba al movimiento que nuestros besos atribuían. Tan pronto como separé sus piernas mi fuego se convirtió en la dureza necesitada y sujeté entre mis manos su fino vestido para quitárselo con poca delicadeza. Gemíamos suavemente, llevados por nuestros besos. Ella deslizó sus manos por debajo de mi camiseta, percibiendo como era provocada por mis abdominales.
Nuestro tiempo concluía, apenas teníamos treinta minutos para hacerlo y recoger todo sin dejar huellas de un descontrol desenfrenado. Opté por bajarme los pantalones y los bóxer sin vergüenza alguna; todo a la vez. Copié mis movimientos con el resto de su ropa. Fuera leggins; fuera tanga, adiós al sujetador. Completamente desnudos en la sala, desprovistos de la seguridad que nos entregaban nuestras ropas, yo temía ser descubiertos pero ella parecía sentirse mas despierta con esa sensación. Y para que negar, yo estaba eufórico ante la situación.
Observé su cuerpo desnudo, completamente despojado de vestiduras, como jamás lo pude ver antes; y su monte de Venus, tantas veces imaginado en mis noches más necesitadas. La incité con mis manos sobre sus pechos a tumbarse sobre la camilla para poder disfrutar de una mejor visión del deseo carnal, y cuando lo hizo y la vi allí, deseando que me abriese camino en sus profundidades, sencillamente obedecí. La penetré con decisión y escuché nacer un gemido grotesco de su garganta. Mis ojos se cerraron al contacto con su alma y continué saboreando las sensaciones, impulsando mis caderas hasta el final de su secreto, ahora revelado para mí.
Grité, gemí, clamé; casi al mismo unísono; cantantes de la pasión. De pronto se me rebeló, tratando de poner resistencia, me agarró del pelo tirando de él hasta hacerme daño, con un rostro repleto de lujuria y me gritó "hasta matarme, cariño, hasta matarme". Por supuesto, obedecí, y mis caderas se convirtieron en algo arrollador. Seguramente los gritos estarían llegando a la calle, pero que me importa, ahora que la tengo entre mis brazos. Se volvió a recostar sobre la camilla y me sentí hipnotizado cuando vi su cuerpo serpentear, manifestando su experiencia, enloqueciendo mi sentencia.
La gente estaría a punto de llegar y nosotros aun estábamos en la fase de la locura. La atraje hacia mi, clavando mi hombría en su ser y obligándola a gemir, digo yo que por puro placer. Mi arrepentimiento se desvaneció por completo bajo el hechizo de su cuerpo y mirando el reloj, marcando menos cuarto, aceleré nuestro proceso. Benditos sus muslos entre mis manos, abrazándome la cintura, convirtiéndose en mi y yo en ella. Mis manos se perdieron en sus pechos, grandes, robustos, perversos. Escondí mi rostro en ellos y me deleité en el rápido palpitar de su corazón. Estaba a punto de llegar y lancé mi estocada final. Acaricié su monte de Venus, allí donde se vuelven locas y tras sentir sus uñas clavadas en mis hombros, escuché el gemido mas gratificante desde hacía mucho tiempo. Detrás fui yo, que casi perdí la fuerza de las piernas, y carente de energía, me desplomé sobre ella.
Tres minutos, solo teníamos tres minutos para disfrutar de la calma que te deja un buen orgasmo; y me pregunté si este sería un acontecimiento esporádico, único o detrás vendrían mas. Me llené de dudas al pensar que a lo mejor ella solo deseaba disfrutarme y aquí no había pasado nada. Porque no hay nada más doloroso que tener todo un imperio en tus manos, disfrutarlo, y que de pronto te lo quiten de tus manos. Recuperando el aliento volví a erguirme, buscando mi ropa y entregándole la suya. Estaba serio, asustado por lo que ocurriese después de nuestro acto, pero callé y me vestí. La observé, esta vez no lo hice disimuladamente como siempre hacía. No, en esta ocasión le mantuve la mirada, tragando saliva y aguantándome las ganas de decirla lo mucho que la quería. Como no vi diferencia alguna en su semblante me dispuse a caminar hasta la centralita, algo chafado porque esperaba una palabra por su parte.
-¿Me llevas al cine este sábado?
Suspiré con desahogo, apoyando mi mano sobre el marco de la puerta. Tres meses esperando esa pregunta, que debería haber hecho yo, soy consciente. Me giré para mirarla.
-Te recojo a las ocho en tu casa.
Y entonces sonrió. Pero no una sonrisa que dijese que estaba de acuerdo; sino una en la que decía "dejo mi vida en tus manos". Y respondí con otra sonrisa.
Cuando salio de la clínica no lo hizo dándome un beso ni un abrazo. La gente ya había llegado y hubiese sido demasiado incomodo. Sencillamente me dijo "nos vemos" y desapareció tras la puerta de cristal.
Comenzamos nuestra casa por el tejado, supongo, pero estaba completamente seguro que el sábado pondríamos los cimientos adecuados para mantener una bonita relación.



© ® 2007, Rebeca Rodríguez.

Correrías en solitario.


El domingo salí a ver el mar a las 12 del mediodía, y os contaré que el mar estaba vestido de azul ultramar, que es el color que nuestro Mediterráneo viste cuando se siente importante y una estola de plata le colgaba desde los hombros hasta mis pies. Las olas reían a carcajadas.

Las nubes iban a los suyo por allá arriba, tan infantiles como el azul celeste en el que jugueteaban a "dime a quien me parezco". ¿Quien se volvía a casa a tomar una prosaica comida en solitario ante la tele?,. ¿Quién en su sano juicio se metía en casa con la tele y en la bandeja... las sobras de ayer? Me gustan mis sobras, porque son mías y me las como porque me da la gana, pero ¿quien era la valiente que abandonaba tal paraíso?...

Así que me senté en una crepería del Paseo Marítimo, y una francesa joven y amigable me hizo la crep que yo elegí y la acompañé de dos cañas, ni más ni menos. Tal vez más que menos, porque al terminar, pagué y reanudé mi paseo y ¿qué creéis que había en la esquina?...
¡una heladería!. Siento la tentación y me digo:

- ¿Cómo a mi edad voy a sucumbir a una tentación?

Y mi ángel de la guarda que nunca está demasiado lejos, me respondió:

- Por lo menos satisface las que puedas conseguir en solitario.

- Está bien - le contesté - no necesito tus guasitas.

Contemplé la variada oferta de cremas heladas, y para mejorar los síntomas de las depresiones circunstanciales que a veces me asaltan, pedí un cucurucho de rico barquillo con su gran turbante de chocolate negro.¡Por sólo 1,50 E.! Crucé los dos semáforos que me separaban del mar dando felices lametazos a mi postre preferido.

Encontré un banco frente a los miles de barcos que llenan este enorme puerto deportivo, que forman en la bahía de Palma con sus mástiles una maravillosa celosía tras la que medio ocultan la catedral.

Pero no queda aquí mi fin de semana. El viernes último comenzaba en el auditorio de Sa Nostra un ciclo de conciertos de música étnica. Era el primero y cómo nos divertimos: cantamos, palmeamos y gritamos con la música de un grupo gitano/italiano: una acordeonista/bailaora, un violinista/guitarrista y animador/humorista, un guitarrista/cantaor/bailaor, y un saxofonista/clarinetista. El violinista era un gran manipulador de públicos, nos llevó con un dedo, en un divertido castellano/italiano con matices mallorquines por donde quiso. Coreamos todo lo que nos pidió, entre ello, la que nos dijo era la única canción de contenido sexual de todo el cancionero gitano, que provenía de Georgia. La letra con la que teníamos que corear, solamente constaba de una palabra "usasá". Esta palabra, según él, pertenece a la lengua romaní y significa la parte de la anatomía de la mujer más intima, sensual y sexual que pudiéramos pensar. Y aquí nos tenéis cantando con toda nuestra fuerza al ritmo de música zíngara: ¡U-SA, USASA!, una y otra vez. Al finalizar me encontré con unas amigas y riendo y saltando nos fuimos a tomar unos tintos con unos montaditos hasta la media noche.

Y esta tarde de un domingo soleado y bienhechor, cuando volvía a casa, cansada, me senté en un banco a la sombra, ante unos yates impresionantes. Una pareja de jóvenes, ella teñida de rubio y él con camisa blanca y pantalón vaquero, pasaron por delante y me miraron; yo no los conocía, pero me sonrieron y el me dijo: - ¡U-sasá!.


lunes, 19 de octubre de 2009

Aquella morena.


A la par que me obsequiaba con una sensual sonrisa, aquella morenaza bajó la intensidad de las luces de la habitación y se aproximó. Yo me acomodé, y me dispuse a dejarme llevar en todo. Siempre me ha gustado que sean ellas las que dominen la situación. Se acarició el pelo y dejó sus gafas, descuidadamente, sobre el tocador. Parecía evidente que iba a obsequiarme con un streep teese. Y así fue.

Sobre sus gafas fueron a parar un pañuelo de seda negro y unas medias transparentes que, tras ostentación y pompa de sus bien contorneadas piernas, aquella morena se había despojado de una forma sensualmente lenta. Mis ojos, acomodados ya a la escasa luz de la habitación, descansaron su curiosidad sobre unos muslos que se me antojaban de Diosa, sobre unas braguitas que observé con la lujuria de un necesitado, sobre una sonrisa, no exenta de un ligero temblor, que me dedicó por un instante.

Aquella morena se iba desnudando. Lentamente. Y yo iba saboreando todos y cada uno de sus movimientos, paladeando cada trocito de su piel que quedaba a la vista, percibiendo cada gotita de jugoso sudor que brotaba de sus poros.

Murmuró algo, que no entendí, y le comenté lo guapa que era. No dije nada de las sensaciones que me causaba la simple visión de su perfecto culo. Siempre he sido muy cortado en estas ocasiones. No dije nada de las emociones, de los efectos, de las percepciones que su cuerpo y sus movimientos me provocaban. No dije nada cuando, tras quitarse el sujetador, el erotismo brutal que aquella morena desprendía, dejó paso al deseo más grande que jamás haya sentido en mí. Y, casi sin quererlo, empecé a tocarme al mismo compás que ella, imaginando que mis manos eran las suyas, sobre sus pechos, y las suyas las mías, sobre mi órgano.

De pronto paró el movimiento, se rió y me guiñó un ojo. Su sensualidad dio paso a una especie de agitación grosera, que acentuó mi excitación, y agarró con fuerza la minúscula braga que aún llevaba puesta.

Por un instante pude vislumbrar su hermoso pubis, por un solo instante. Luego… la imagen desapareció al tiempo que me llegaba el orgasmo entre mis jadeos y maldiciones. ¡No iba a perder la conexión de Internet el puto ordenador de los cojones!


domingo, 18 de octubre de 2009

Al límite de las gunfias

¿Quién no ha buscado, incluso antes de haber comenzado a leer una novela, el capítulo "caliente", el que más que ningún otro firma el talento y la imaginación del autor? Yo he leído por azar pequeñas pinceladas que me han marcado. Una de estas frases mágicas que lograron despertar mis sentidos pertenece a Bertrand Blier. No recuerdo el título del libro donde aparece, creo que hasta hay posiblidades de que se trate más bien de una película y no de una novela, pero tengo claro que consiguió poner en funcionamiento mi imaginación y, quizás, también mis manos. La frase es la siguiente: "Le unté con crema el ano. Tenía nalgas de ángel. Entré en ella como en una religión". La religión y el sexo anal se ven de manera muy diferente tras leer esta frase y hasta los ángeles empiezan por fin a disfrutar de los placeres terrenales gracias a su genialidad. También ellos se lo merecen.

Otra de mis musas es Gioconda Belli con sus labios seductores, que saben al néctar de las naranjas más suculentas, y su poesía atrevida que invita a descubrir un nuevo mundo de sensaciones. Porque de eso se trata precisamente, de soñar con nuevos olores, sabores, e incluso, de encontrar tiempo para compartir con un botón (la juguetería erótica merece otro post).

Pero si hay alguien que se atrevió realmente a llamar a cada cosa por su nombre, ese fue, sin lugar a dudas, Julio Cortázar en el capítulo 68 de Rayuela:

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias".

¿Qué le hizo por Dios? Que me lo hagan a mí, yo también quiero llegar al límite de las gunfias y gritar con todas mis fuerzas ¡Evohé! Y es que desde que leímos Rayuela todos, tanto hombres, como mujeres, deseamos ser La Maga.

sábado, 17 de octubre de 2009

Una tarde. Dos chiquillos.

- “¡Vamos, devuélvemelo!”- le dijo por quinta o sexta vez.
Él siguió corriendo.
Ella siguió corriendo.
La gente se apartaba por los pasillos.
“¡Qué descuidada!”- se repetía una y otra vez.
Entonces él se metió en un cuarto y ella entró detrás de él.
El cuarto era pequeño y estrecho y no había más luz que la que entraba de la calle por una ventana.
- “Te he dicho que me lo devuelvas”- Volvió a repetir ella extendiendo su mano.
- “No la tengo”- respondió el- “Se la he dado a Jose”.
Ahora sí todo estaba perdido, y se dejó caer en la pared; “¡Qué descuidada he sido!”.
Él se quedó mirándola y al cabo de unos segundos preguntó: “¿Pero tan importante es para ti?”. Ella sólo le miró y volvió a bajar la cabeza. No dijo nada. Estaba allí, sola, con él, y cuántas veces lo había deseado; y en ese momento le odiaba más que a nada, hasta que…hasta que él se apoyó en la pared a su lado.
Despacio y sin saber realmente qué debía hacer, él pasó su brazo por detrás y la rodeó apoyando su mano suavemente en el hombro. Toda la ira que ella sentía dio paso de nuevo a esa adrenalina la había embriagdo minutos antes cuando le persiguía por los pasillos; la estaba tocando y su cuerpo respondía. Casi estaba temblando y no podía decir nada, ni siquiera podía levantar la cabeza.
Él tampoco dijo nada.
Su mano comenzó a acariciarla el pelo y en un instante recorrió su hombro para llegar al cuello. Ella se sentía cada vez más tensa y acalorada mientras notaba como él pasaba la yema de su dedo índice subiendo por el cuello hacia la barbilla. Una vez allí se paró y comenzó a ejercer una ligera presión que acabó por levantarla la cabeza para mirarla directamente a los ojos. ¿Iba a pasar? Ambos sabían lo que querían…
Entonces se perdió en sus ojos penetrantes y sin darse cuenta, la respiración galopaba contra su voluntad. Él se colocó frente a ella y se acercó dejándola acorralada. Se acercó aún más y pegó su torso al de ella. Ésta no sabía que hacer, en su espalda notaba la fría pared que la sujetaba y en su pecho el calor del musculoso cuerpo que tanto había deseado. Él colocó ambas manos, calientes, sobre la cara de la muchacha y comenzó a bajarlas rozando cada línea de su cuerpo. Después se pararon en la cintura y él dejó caer todo su cuerpo sobre ella, que sentía el peso que la presionaba contra la pared, apoyando la cabeza sobre su hombro. Notó entonces la respiración de aquel muchacho en su cuello y nerviosa se olvidó de respirar. Empezó a verlo todo borroso y la cabeza le daba vueltas; no era capaz de mandar a su propio cuerpo que cogiera aire. Se estaba quedando sin oxigeno. Dejó de ser consciente de lo que la rodeaba y sólo podía escuchar el latido de su corazón que se aceleraba cada vez más y más al mismo tiempo que sus pulmones se encogían. Sintió el tacto de esos labios que ahora besaban su cuello dulce y lentamente y comenzó a subirle una gran presión en el pecho provocando un dolor puntiagudo que iba creciendo; una llamarada del fuego más vivo abrasó sus entrañas desde los pies a la cabeza y cerró sus puños fuertemente sin poder hacerse con su propio cuerpo. Él seguía ahí pegado, ella no podía más, y de un beso pasó a atraparla suavemente entre sus dientes. Con un movimiento brusco tomó una bocanada de aire que llenó sus pulmones saciándola como nunca antes lo había hecho.
… pero ninguno hizo nada. Todo fue muy rápido y sin embargo, para ella el tiempo pareció haberse parado en ese instante.
- “Tenemos que irnos”- dijo él.
- “Sí”- contestó ella.

lunes, 12 de octubre de 2009

UNA NOCHE, DOS DESCONOCIDOS



¿Qué puede hacer un hombre cuando todo falla en su vida?
Ni la tierra cambia su giro, ni los mares se secan, ni las estrellas
se revuelven en el cielo. Todo sigue igual y nada es lo mismo.

Por la calle, húmeda del relente de la noche, solo se ve a un gato, negro y flaco, en busca de vete a saber qué. Tal vez algo que comer o quizá un poco de amor. Como él.

Cubierto por una vieja gabardina y un sombrero raído de ala ancha, fuma y camina lentamente. En el cruce de la calle un coche frena con brusquedad y una larga pierna de mujer, enfundada en una media negra y calzada con un zapato puntiagudo y de altísimo tacón, asoma por la puerta que acaba de abrirse bruscamente. El resto de su cuerpo sale del auto y se aleja rápidamente en dirección contraria, justo hacia donde el hombre se encuentra. El la ve acercarse y observa su abrigo de terciopelo y raso, la melena rubia y larga, el pequeño bolso bajo el brazo y los pies casi en puntillas, por los tacones, que repiquetean sobre la acera en el silencio de la noche.

Pasa a su lado levantando una ligera brisa que esparce un delicioso aroma a perfume caro que lo inunda todo y que produce en él un ligero brote de ansiedad y ganas. Siempre ha sabido apreciar cuando una mujer es magnífica y esta lo es.

Del coche parado ha salido un hombre que, visto a distancia, parece maduro y camina rápidamente en pos de la mujer, que ni siquiera gira la cabeza para mirar atrás.

El, sin pensarlo siquiera, sigue a la mujer y la alcanza y tocando ligeramente su brazo, hace que se detenga:

-¿Está Vd. en apuros? ¿Necesita ayuda?

- Ella le dirige una mirada salvaje; echa chispas por unos ojos verdes, ahora borrosos por la ira. Mira por primera vez hacia el hombre que la sigue y tomándole a él del brazo se pega bien a su cuerpo y le dice con voz ronca:

- Vamos.

No sabe a donde le lleva, pero se dejaría ir con ella a donde quisiera llevarle. El perfume que despide lo embriaga y esa mano posada en su brazo le hace sentir un calor que abrasa. Caminan a buen paso, juntos, agarrados como dos enamorados que tienen prisa. En la acera contraria hay una luz encendida en el Bar de Polin. El hombre ha dejado de seguirles, tal vez se ha asustado o quizá ha pensado que no merecía la pena. No necesitan decir nada, como si ese fuera su destino se dirigen hacia el bar, entran y miran si hay una mesa libre. La hay.

Ella no quiere hablar. Y el tampoco. Toman una copa despacio y solo se miran. En su pensamiento, el dibuja con su lengua el perfil de sus labios carnosos y besa suavemente entre el escote abierto de su blusa. Ella parece adivinar lo que piensa y descalzando su pie pasea con sus dedos por debajo del pantalón del hombre acariciando su pierna. El respinga como electrizado, ella sonríe y deja sus labios entreabiertos por donde asuma la punta de su lengua sonrosada y húmeda. Los dedos de él son como metal atraído por un imán. Trepan desde la mano de ella, por el brazo y vuelven a bajar en una suave caricia. Cuando acerca su mano a su nariz, él siente en sus dedos ese aroma que lo enloquece.

En el bar suena una música suave y el hombre la toma de la mano y le ofrece bailarla. Ella se descalza y se deja abrazar estrechamente. Bailan lentamente, pegados, mirándose a los ojos sin pestañear, comiéndose con la mirada. Todo se borra de su entorno, desaparece. No hay nada entre ellos, ni siquiera el aire. O sí, los rodea ese aroma a perfume caro que lo subyuga y el del aliento que brota de su boca cuando respira.

Queda poca noche cuando, por fin, dejan el bar que ya se cierra y caminan por la calle en dirección a alguna parte, no se sabe cual. Juntos. Sin decir nada, sin nombres ni apellidos, sin pasado ni futuro. Llenos de pasión por desatarse. Deseando comerse a bocados. Desesperadamente.

viernes, 2 de octubre de 2009

TAL VEZ RENACER

Hoy apenas puedo pensar, sólo sentir. De la boca de mi estómago irrumpe una corriente de agua que todo lo inunda, deshaciendo suavemente la piedra de sal que alberga. Y el agua salada sube hacia mi garganta ocupando cuantas cavidades encuentra: aurículas, ventrículos, arterias, venas, de un corazón flotante pero palpitante. La garganta se estrecha para cerrar el paso al agua y la boca se seca para no formar palabras; los oídos se tapan con el eco de las aguas y los ojos no ven más que profundidades. Pero hay mensajes flotando, palabras flotando en el silencio. Hay alguien, uno, que se hace presencia, deseo, contacto, único. Tiene un nombre, dos, tres... sabe cosas. Sabe que el fin puede convertirse en principio y que de la muerte se resucita; de lo marchito renace el verde y de un tronco herido nace una flor. Mi alma lo espera, mi cuerpo lo espera, y la espera me hace temblar. Sé que no volverá.


jueves, 1 de octubre de 2009

Tema de octubre '09: Erotismo


Bien, pues, definitivamente subamos la temperatura un poco en octubre, que no hay ganas de invierno, pero ojo, relato erótico no pornográfico... Aunque como siempre tenéis plena libertad, ya sabéis. ¡A escribir!

Estamos en facebook

Hola compañeros, he creado una página del taller para facebook. Si tenéis cuenta os podéis hacer fans y difundir nuestro trabajo allende el cara-libro.

Periódicamente la actualizaré con las aportaciones al blog y con todo lo que pueda ser interesante o que propongáis.

Si alguno no quiere que sus relatos salgan en este nuevo sitio, por favor comentádmelo (aún no subiré ninguno)

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