lunes, 21 de septiembre de 2009

Después de clase





Los rayos del sol se reflejan como un manto sobre las aguas transparentes que esperan apaciguadas bajo mis pies. El calor que emana sobre mi piel me recuerda a aquellas tardes después de las clases, cuando nos escapábamos todos los amigos hacia el lago; desnudándonos por el camino y lanzándonos al agua, sintiéndonos libres de toda hipocresía mundana; de unos padres exigentes y poco tolerantes. Libres de tantas cosas…

Tal vez por esos recuerdos es que vuelvo contigo a nuestro lago, donde me juraste amor eterno y tantas tonterías que solemos decir a los catorce años. Regresar y sentarnos en el manto de margaritas que cubría aquel lugar de ninfas y hadas, con el polen revoloteando en el ambiente me devolvió esa infancia que tanto añoro. Tus miradas tímidas que me enamoraron de ese corazón tan humilde que tienes; aquella flor que me colocaste en el pelo decorando mi rostro; nuestro primer beso lleno de inexperiencia y de vergüenzas ilógicas para una edad que tanto tiene que vivir y ofrecer a los demás. De cómo me animabas a saltar desde aquella roca hacia el agua para sentirme libre como un pájaro, para reírnos de la gravedad y notar esa euforia en el estómago. Recuerdo como te reías porque no me atrevía. Ya sabes, mis miedos absurdos. Esos que ahora te hacen enloquecer de amor por mí.

Entre colores ambarinos volvemos a nuestro lago para intentar aquello que nunca me atreví a hacer, sintiendo el manto cariñoso del sol sobre mis hombros. Ahora que me veo con ganas de enfrentarme a todo, estoy a tu lado sobre aquella piedra que tanto vértigo me causaba; dispuesta a lanzarme como un pichón que salta de su nido para aprender a volar. Bajo mis pies las aguas cristalinas reclaman mi presencia, como voces de sirenas que despiertan en mí el coraje para saltar. Tu sonrisa, a mi lado, me termina de convencer. Acerco mis pies a la orilla de la piedra y siento como tu mano se entrelaza a la mía. Todo está de nuestra parte: las aguas tranquilas, el sol observándonos desde su lugar predilecto; una brisa apenas imperceptible, bailando a nuestro alrededor. Y nosotros, cogidos de la mano para vencer un “no” de mi infancia. Retrocedemos unos pasos y sin soltarnos corremos en dirección a esas sirenas que me llaman; el suelo desaparece bajo mis pies tras el salto y siento como el estomago se vuelve del revés, la adrenalina llega al máximo nivel y grito con emoción antes de ser engullida por ell verde refrescante que tanto marcó mi pasado. Mi cuerpo deja de pesar bajo las aguas y miles de burbujas susurran a mí alrededor tratando de llegar a la superficie para convertirse en aire. Extiendo un brazo y trato de seguirlas, impulsándome con fuerza hacia el exterior para respirar el éxito de mi valentía. Mi cabeza siente de nuevo el calor del sol y puedo respirar los diferentes aromas de las flores silvestres. Aúllas como gran vencedor y nadas hasta mí, abrazándome con emoción. Me besas con dulzura y apartas algún que otro mechón de pelo de mi rostro para descubrir mi sonrisa y alegría por haber saltado una barrera en mi interior. Esa sonrisa será grabada eternamente en mi corazón, cuando me llenaste de valor y me devolviste esa infancia que tanta añoranza quebraba mis recuerdos; ahora devueltos. Nos quedamos nadando hasta que el sol, cansado de tanto observarnos, decidió dormirse y tener sus propios sueños, envueltos con esa aura de verano que me hicieron sentir princesa de cuento. Aquí, en el lago de nuestra adolescencia.

© ® Rebeca Rodríguez, 2006.

Volver.

…Escogió una esquina concurrida donde tocar su guitarra, colocó en la funda unas monedas para ver si alguien picaba… Y disfrazó de melancolía sus acordes al tiempo que se encogía en su cazadora para resguardarse de la eterna humedad londinense. Hacía meses ya que se había echado a la espalda aquellos sentimientos que tanto tienen que ver con el orgullo, incluso con la dignidad, y se había olvidado de ellos. Como había olvidado también que llegó a Londres con sus ansias teñidas de prosperidad, y un contrato de trabajo en la maleta que nunca se cumpliría.

Quizás hoy no llueva, pensó al tiempo que maldecía a quien, días atrás, le había robado su único y viejo paraguas. Pero se equivocó, no hay día que no llueva en Londres. Y se resguardó bajo la marquesina del autobús, la misma marquesina que le había cobijado otras muchas veces, la misma marquesina que presidía la parada del London bus del que bajaban divertidos los turistas y corrían, agachando la cabeza como si más abajo lloviera menos, a resguardarse en el Covent Garden donde podrían tomarse unas pintas o hacerse unas compras mientras aclaraba la tormenta. La misma marquesina de la James Street donde coincidía con Keith cuando la lluvia se burlaba de Londres.

-Te veo mojado, Pepe –bromeó el viejo Keith, un escocés ciego que tocaba la gaita en la esquina opuesta a la que Pepe tocaba la guitarra.

Y charlaron un rato, como tantas mañanas de lluvia, el uno con su inglés acentuado de inflexiones castellanas salpicadas de andaluz, el otro con ese inglés extraño adornado con el duro acento escocés. En medio de los dos, dormitando como una estatua, el viejo Shaggy, el perro lazarillo del ciego Keith, completaba la usual estampa de aquella parada de autobús de la James Street.

Con las últimas gotas de la tormenta, los dos inmigrantes recogieron sus bártulos musicales y se despidieron, como siempre. Sólo que esta vez el adiós no maquilló una despedida.

-Me vuelvo a casa, Pepe. Mi hermana quiere que viva con ella en su casa de Aberdeen. Me cansé de la lluvia de Londres.

-Siempre me dijiste que llovía más en Escocia.

-Pero aquella es mi lluvia, Pepe, es mi lluvia…

Y tras el abrazo, espontáneo y verdadero, una guitarra y una gaita volvieron a sonar en la transitada James Street, cerca del Covent Garden.

Aquella noche, fría y húmeda en Londres, Pepe se tumbó rendido sobre el destartalado mueble con colchón que hacía las funciones de camastro en el desvencijado apartamento que compartía con un negro de Sierra Leona. Y sin echar siquiera de menos una sencilla cena, el sueño le venció y le transportó al prodigioso mundo que dibuja nuestra fantasía. Y soñó. Soñó con volver, bañarse en luz. Soñó que volvía a su rinconcito del Albaicín, allá en Granada. Soñó. Feliz.

Al final de la noche, la triste luz de la mañana le devolvió a su duro entorno. Y el sueño desapareció para escribirse en el libro de los sueños. Y formó capítulo junto a otros que se titulaban así: París, Yamilca sueña con volver a Cuba; Tejas, Pancho sueña con volver a México; Barcelona, Elías sueña con volver a Chile; Lisboa, Natalia sueña con volver a Rumanía; Nueva York, Ángela sueña con volver a España; Palma de Mallorca, Mohamed sueña con volver a Marruecos; Berlín, Amy sueña con volver a los Estados Unidos…

Volver. Este sueño.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Punto de no retorno


La primera vez fue algo simplemente inexperado. Ocurrió sin más. Después, me gustaría decir que nada fue lo mismo, pero lo cierto es que todo siguió más o menos como siempre, al menos durante un tiempo. Y, sin embargo ya no había marcha atrás, ya no sería la misma. Volvimos a hacerlo un par de veces más de manera casual. Sin buscarlo ninguno de los dos, sin pensar en ello. Surgía y era agradable, nada más. Poco a poco comenzamos a buscar la complicidad del secreto para volver a repetirlo a escondidas. Es cierto que la furtividad incrementa la satisfacción. Supongo que la adrenalina y todas esas mierdas ayudan a que todo parezca más intenso, más real. Aún así no era algo habitual, lo hacíamos un par de veces o tres al mes, si acaso una vez a la semana al final. Porque sí, del mismo modo que comenzó, terminó. Y fue entonces cuando descubrí que mi vida había cambiado. Porque aunque intentábamos fingir que nada había sucedido, y realmente nadie supo nada, lo cierto es que a partir del momento en que fui consciente de que nunca más se repitirían nuestros encuentros clandestinos, comencé a obsesionarme. La adicción era meramente psicológica, no había ningún indicio objetivo de que mi cuerpo necesitara de aquello. Por supuesto traté de que mi vida continuara como hasta entonces, que nadie descubriera en qué se ocupaba mi pensamiento en cuanto tenía un instante, que nadie supiera que intentaba revivir aquellas sensaciones una y otra vez, hasta en sueños. Pensé en más de una ocasión en llamarle, decirle que me gustaría continuar con nuestro juego. Pero nunca lo hice. Sabía que para él, lo que hicimos la última vez, había sido demasiado. Nunca hablamos de ello. No hizo falta. Sus mirada fue suficientemente explícita. Nunca más. Pero, en mí nació un vacío que no pude rellenar sola. Llámalo cobardía. Sí, siempre temí que se nos fuera la cosa de las manos y por otro lado lo deseaba, por eso en aquella última sesión hice que fuérmos más lejos que nunca. Bueno, eso ya es historia. El caso es que deseaba, como ya he dicho, volver a revivir aquellas emociones e incluso continuar experimentando. Cruzar una línea solemente sirve para atisbar la siguiente y desear cruzarla. Y era eso lo que me comía por dentro: el deseo. Los recuerdos apenas conseguían aplacarlo, e incluso en sueños, que comenzaron siendo la única vía de escape a tanta frustración, no encontraba más que impotencia e insatisfacción. Y desde entonces el vacío ha seguido ahí, haciéndome compañía fielmente, por temporadas pareciendo menguar, otras revelándose infinito. Por supuesto que volví a cruzar el límite, y muchos más, pero sin encontrar lo que, ahora sé, nunca más podre obtener. Porque para eso tendría que volver a ser la que era antes de que todo cambiara, antes de aquella última vez, antes de la primera. Lo sé, volver atrás en el tiempo, regresar al momento en que todo cambió, es un imposible.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Mi nombre... no importa

Mi nombre... no importa. No lo entenderíais, vivís en vuestras vidas sin mirar alrededor y cuando os dais cuenta escondéis la cabeza bajo la sombra del remordimiento. Llevo tanto tiempo... que apenas recuerdo el pasado. Me quitasteis lo que fui, cuanto soy y mi futuro.

Maldigo la hora en la que caí en vuestras manos. Una luz cegadora brillando sobre un cielo oscuro y un golpe profundo, atronador que retumbaba dentro de mi ser y me hizo estallar en mil pedazos. Solo recuerdo ese leve instante de dolor, porque los siguientes fueron de amargura. Encerrado en una urna de cristal, con luces constantemente iluminándome. Maltrecho bajo los focos incandescentes que me quemaban por fuera, y los murmullos a mi alrededor. Una y otra vez. Cuerpos que se movían entre cortinas. Blancos, rectos, con cabezas cuadradas y un inmenso ojo por rostro. Como cíclopes cruzados con mastodontes envueltos en un rancio hedor: eso es lo que sois.

No podía respirar, por más que el espeso aire intentara llenarme. No podía hablar, por más que me forzara para emitir algún sonido. Intenté recoger fuerzas de todas las partes de mi cuerpo, para que en un momento de valor rompiera los amarres que me sujetaban. No pude, estaba agotado y con miedo. Y vosotros ahí, mirándome, escrutando el más pequeño de los rincones que hallabais en mi cuerpo. Exhausto me rendí, el cansancio doblegó al coraje; el miedo a la esperanza; el sufrimiento a las ganas de existir.

No recuerdo el tiempo que estuve conectado, solo los cables; el frío y pequeño acero cortante; los débiles pulsos eléctricos recorriendo mi interior y la desidia al creerme muerto ¿O tal vez lo estuve? Ya no sé si soy un ser vivo o estoy inerte tumbado en una camilla, esperando ser almacenado como otro más. Ya no sé si escapé mientras apagabais las luces y me transportasteis de nuevo, o soñé que lo hacia al ver el túnel y la brillante luz que me llamaba. Sé que la muerte tiene que ser parecida a existir lejos de los tuyos, escondido entre la podredumbre y sin techo donde cobijarse. Huyendo constantemente de cualquiera que se acerque, apartando la mirada para que no te reconozcan y ocultándome de los días que este extraño Sol obliga.

Ahora estoy aquí, alejado del bullicio de la ciudad y sentado a orillas de este insalubre cauce, donde, durante un breve lapsus de tiempo, imagino que veo entre las estrellas la luz anunciadora de la vuelta a casa.

(Corregido, 20-09-09)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Querido diario:

15-septiembre-2009 08:30

Querido diario:
Hoy es el primer día de clase. Normalmente eso no me haría ninguna ilusión, pero esta vez es diferente.
¿Recuerdas lo que te conté a principios de verano? Bueno ¿cómo no si yo me acuerdo perfectamente? ;D Pues eso, que Rafa se ha decidido ¡al fin! a pedirme una cita... ¡Es tan guapo! Con su pelo rubio y lacio, con sus ojos azules... Pero llegó el verano y mis estúpidos padres decidieron ir de vacaciones a la estúpida cabaña que tenemos en el estúpido lago... Toooooodo el verano observando como mi padre intentaba estrechar lazos con sus hijos a fuerza de caña ¿quién narices querría estrechar lazos con alguien para el que la idea de ocio es sacar peces muertos de agua turbia? Y mientras tanto él aquí, lejos de mí, cerca de Sonia... :S Siempre ha querido lo que yo anhelaba y ahora es él lo que más deseo ¿Qué me dirá Rafa cuándo me vea en el insti?¿Le gustaré?
*Se levanta de un salto rápido y se pone frente al espejo. Observa su rostro: de frente, el lado derecho, el perfil izquierdo. Luego levanta ligeramente el mentón y hace una mueca que pretende ser sensual. Fija ahora sus ojos en su figura y, finalmente, sacude su pelo casi con despreocupación, tras lo que vuelve a tumbarse en la cama con un ligero salto elegante.*
No estoy tan mal para 17 años recién cumplidos... ¡Seguro que él está tan guapo como siempre!
*Su nombre flota desde el piso de abajo, impulsado por una voz enojada.*
Joder, ya está mi madre metiéndome prisa... Bueno, me voy a clase ¡luego te cuento!


19:30

Querido diario:
¡Odio a Rafa! Es imbécil... ha sucumbido a los encantos de Sonia, según él. Pero ¿qué encantos? ¡¡¡Si es más fea que Picio!!! Ya sé yo lo que le habrá dado esa... Dos tetas enormes y una vagina dispuesta ¡eso es lo que le ha dado!
Ha sido el día más horrible de mi vida, me he sentido como una estúpida ¿Por qué le haría caso a ese febo creído? Maldito Rafa...
*Una lágrima de rabia recorre todo el camino desde su rostro hasta el nombre del odiado ex-pretendiente, convirtiéndolo en un borrón ilegible.*
Volver a clase, volver a casa, volver al fracaso... ¿por qué todos los años es lo mismo?
Odio las vueltas. Según mi corta experiencia, las vueltas no deparan nada bueno así que a partir de ahora *llorosa cara de decisión* no voy a volver jamás. No quiero rutinas, no quiero clases, ni trabajos donde tras unas cortas vacaciones tengas que trajearte para hacer lo mismo un día sí y otro también. No quiero tener que preocuparme de chicos, ni chicas ni nada de nada. A partir de ahora sólo voy a ir hacia delante. Todo lo que va a haber desde ya son idas, nada de vueltas. A tomar por el culo volver.
*-Tal vez no puedas hacerlo.
Se gira hacia la derecha apresuradamente y descubre a un chico, casi un hombre, unos años mayor que ella. Observa su cabello oscuro y rizado, su tez tostada por el sol, se pierde en sus ojos color jade, su sonrisa burlona.
- ¿Y tú qué sabes?- responde enojada al tiempo que esconde las hojas en las que vertía su alma- ¿Tienes por costumbre invadir así la intimidad de los demás?
Una risa clara y sincera sustituye a la burla en la expresión del joven.
- Es un riesgo que corres cuando te sientas a escribir en el banco de un parque al lado de un desconocido- responde con sorna.
- Es el riesgo que corro por sentarme al lado de un tío con vocación de maruja querrás decir- le espeta ella mientras él se echa a reír de nuevo- ¿No quedaban trabajos de cotilla en donde vives y has decidido venir a ejercer al parque?
- Suena como si estuviera prostituyéndome- dice aún sonriente- pero te aseguro que nada más lejos de mi intención. Es sólo que leí sin querer un par de líneas y me gustó tu estilo.
- ¿De verdad?- su voz, ahora suavizada por el halago, llena el espacio entre ellos- Vaya, algo es algo...- la mirada del joven chispea complacida y ella nota un cosquilleo que la invade. La curiosidad la corroe- ¿Cómo te llamas?
- ¿Quién invade ahora la intimidad de los demás?- ríe él, contemplando como ella se sonroja- Óscar- responde, no obstante.
- Yo soy Chiara- dice aún tímida.
- Tienes un nombre precioso. Italiano ¿verdad?- ella asiente. Él se levanta alegre y mira con cierta duda el cielo anaranjado- Se está haciendo tarde y debo irme. Pero me ha encantado invadir tu intimidad- le tiende la mano al tiempo que le dedica una sonrisa plena- y también charlar contigo.
- ¿Vendrás mañana?- pregunta ella, ahora ya en pie frente a él- Sólo por curiosidad...
- Vengo todos los días a pasear un rato después de clase. Supongo que si vienes podremos tener otra charla agradable. Te gusta hacerte la difícil ¿eh?- bromea, al ver la reticencia de ella- De acuerdo, una charla y un café ¿quedamos así?
- De acuerdo, pero no sé si podré venir.
- No importa, ya te he dicho que vengo todos los días- su sonrisa perenne llena el ambiente- Me has caído bien- confiesa.
- Y tú a mí. Está bien, intentaré venir.
- ¿Prometido?
- Prometido- es la risa de ella la que ahora flota en el aire.
Se despiden con un apretón de manos y una promesa que entrelaza sus dedos.*

20:30

Querido diario:
El encuentro de esta tarde me ha hecho cambiar de opinión.
Quizá las vueltas no sean tan malas... sobre todo, si te hacen seguir hacia adelante. Al fin y al cabo, sin vueltas no hay idas ¿verdad?
Óscar... suena bien...

viernes, 4 de septiembre de 2009

VUELVE





Abro los ojos, no, ni siquiera los abro del todo. A través de mis pestañas se cuelan los rayos del sol. ¿Dónde estoy? ¡Ah si! En el apartamento de la playa. ¡Todavía!. Un cosquilleo de alegría se cuela por mis piernas hasta subir a mi cabeza. ¡Estoy de vacaciones! Luego, la realidad, que es muy tozuda, me recuerda que hoy es el último día y que tengo que recogerlo todo para irme ya.

No quiero pensar, así que pongo la radio. Bueno, primero la busco, porque, como todos los días, anda perdida entre las sábanas. Me arrepiento a los dos minutos de haberlo hecho. Lo que cuentan es aterrador. Seis mujeres atendidas por malos tratos, dos muertas, en dos días a manos de sus, lo que sean. Y lo cuentan tan tranquilos.

Empiezo a desasosegarme: los colgaría por los huevos y llegarían en esta postura hasta la Navidad. Eso para empezar. Pienso. Pero todo seguido las noticias me llevan a Afganistan. Noventa muertos en un ataque de las fuerzas “pacificadoras”, de los cuales más de la mitad eran civiles. Un ataque a la agrupación española con dos heridos leves. ¡Sinvergüenzas de afganos! Hacerles eso a los que están allí para protegerles.

Pero lo mejor, lo más próximo es que hay tres eres (o como se escriba) en fábricas importantes de mi zona y ha aumentado el paro en proporciones descabelladas. Tal vez vuelvo y mi oficina ha echado el cierre (me digo). Van a subir los impuestos porque no llega, chicos, no llega. Los ayuntamientos se empobrecen, las diputaciones hacen aguas, un desastre. ¿Dónde estará todo el dinero de superávit que había no hace mucho? ¿Alguien ha visto a alguien quemando dinero? ¿A que no? Pues entonces ¿Dónde se ha metido el que no hace tanto había en abundancia?

Pero eso no es todo. El administrador de mi casa dice que hay que poner ascensor nuevo, que este no pasa la inspección. Una derrama que me va a dejar temblando. Y tengo dos caries que me han dado la lata estas vacaciones así que un pico para el dentista.

Pues no, aún no he terminado. Por que ¿Os acordáis de la gripe A? Pues eso, por si no era suficiente todo lo demás, unido a la maravillosa clase política que tenemos y a los medios de comunicación que nos abrasan con noticias y fotos “agradables”, tenemos también un virus suelto por ahí deseando encontrar almas cándidas a las que contaminar.

Así que, si te atreves … vuelve!!!.

martes, 1 de septiembre de 2009

Tema de septiembre '09: Volver

Septiembre, fin del verano, de las vacaciones, vuelta al cole, a la rutina. Pero también posibilidades de volver a empezar, a construir un nuevo mañana. Volver a caer, volver a levantarse, volver a volver.



O lo que os apetezca, ya sabéis.
Buenas letras.

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