jueves, 6 de agosto de 2009

LA PRIMERA VEZ DE LAURA




Laura tenía 17 años cuando lo hizo por primera vez, David tenía 19 y él ya era un experto. Fue por ello que animo a su amiga a hacerlo y se ofreció voluntario para enseñarla.

Hablaron de ello durante días. Laura tenía muchos reparos: que era demasiado joven, que no estaba bien, que si les pillaban se iba a armar la gorda; pero David, cuando quería sabía ser muy persuasivo y finalmente logró convencerla.

Hicieron planes. El conocía un sitio tranquilo, sin peligro, donde podrían hacerlo sin llamar la atención y concretaron el día y la hora. Laura, desde ese momento y mientras llegaba la hora, ya no pudo dormir en paz, tal era el nerviosismo que la dominaba.

Pensaba en ello mientras estaba en clase. Solo de imaginarlo, las piernas le temblaban de la emoción. No estaba segura de nada, sobre todo dudaba de su habilidad cuando llegara la hora. Pero también se decía que si todo el mundo lo podía hacer, ella también podría.

Por fin llegó el día. David vino a buscarla en su viejo coche de tercera mano y se fueron derechos al lugar que habían acordado. Laura tenía pensamientos encontrados mientras iban, por un lado sentía tal pánico que casi hubiera preferido volver a casa, ya. Pero, por otro se decía que ¿por qué no? Sentía algo así como vértigo. No solo le temblaban las piernas, sino que tenía las manos sudorosas.

Ya no podía echarse atrás, había llegado el momento. Se colocó donde y cómo David le indicaba, y fue haciendo lo que le decía.

- Primero ve despacio, así, poco a poco. ¡Cuidado! No aprietes tanto. Pon ahí la mano y no la quites, ahora aprieta un poco, ¡adelante! Bien, bien.

Ella, obediente, hacía lo que le decía. Miraba hacia delante pero no estaba segura de ver nada. La voz de David era su guía y ella confiaba en sus palabras, era el experto.

De pronto a él le cambió la voz y oyó que, nerviosamente le gritaba:

- Acelera, acelera ahora. ¡Venga, no pares! ¡ No quites tus manos de ahí ¡

Y así fue como ella, perdidos ya los nervios, piso el acelerador con tanta furia que acabaron en la cuneta.

Afortunadamente no se hicieron nada, apenas unos rasguños y un bollo en la aleta delantera del coche, uno más de los muchos que ya tenía.

- ¡Ya te lo decía!- gimoteaba Laura – ¡por poco nos matamos! Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a la autoescuela, y aprender allí.

- ¡Joder, Laura! No se pueden quitar las manos del volante cuando aceleras. La primera vez que se conduce un coche todo el mundo lo hace con un amigo. Para ir a la autoescuela siempre hay tiempo.

Rosg.

3 cinceladas:

Marsa dijo...

Muy bueno amiga. Un equívoco perfecto para el lector. Me has hecho reir. Besitos.

Daniel Turambar dijo...

Como diría un amigo este es un relato trampa. A mí me gustan, que conste. Pero creo que has dejado alguna migajilla que al menos a mí me dieron por pensar que lo era. Por ejemplo al decir "se ofreció voluntario para enseñarla". ¿Enseñarla? O sea que no es del todo lo que parace, para eso no se dice te voy a enseñar... En este caso habría omitido el dato o habría escrito algo como "le dijo que lo haría" o algo así.

Rosg dijo...

Jajaja ... sí, creo que conozco a tu amigo, ese de la trampa. En cuanto a esa frase que dices, es cierto, pero yo quería dejar claro lo que dicen. Y así y todo nuestra mente nos lleva a donde ... nos lleva.

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