miércoles, 26 de agosto de 2009

Mi primera vez.

-¿Mi primera vez? Ayer, contigo.
-Sí, ¡anda tonto!
-Hablo totalmente en serio, fue contigo.
-No será verdad…
-Es verdad. ¿Por qué iba a mentirte?
-¿Me estás diciendo en serio que ayer fue la primera vez que…?
-Sí, contigo.
-Es que… no me lo puedo creer.
-Créetelo, ayer fue la primera vez que hice el amor.
-No.
-Que sí, tonta.
-¿A tu edad?
-¿Tiene eso importancia?
-Hombre, no sé, si hubieses estudiado para cura…
-No entiendo de qué te sorprendes.
-No es normal que con cuarenta y diez, como dice la canción, sea ésta la primera vez.
-Pues no será normal, pero es así.
-¿Y si te digo que no te creo?
-Estás en tu derecho, pero te repito que ayer fue mi primera vez.
-Pues para ser la primera vez, parecías un experto.
-Es que llevaba años follando y practicando para esta primera vez.

jueves, 20 de agosto de 2009

De libretas en blanco

Durante años apunté en una libreta de anillas la fecha exacta de la primera vez que hice algo. Con las primeras excursiones en el colegio, llegaron las primeras roturas de huesos, pero también la emoción de saber que estaba empezando a romper el cordón umbilical invisible que aún me unía a mis padres. Las primeras salidas nocturnas con mis amigas fueron acompañadas, inevitablemente y sin posibilidad de escapatoria, por el primer cigarrillo y la primera cerveza, el extraño sabor de lo prohibido. Cuando cumplí la mayoría de edad me regalaron mi primer voto (a los Verdes) y mi primer trabajo (Monitora de Tiempo Libre). Y cómo no recordar mi primer baile abrazada a un chico, mi primer beso, mi primera caricia... Me sentía extraña después de aquello, me miraba al espejo y me veía la misma de siempre, con la misma cara desde que hice la primera comunión, pero sabía que algo dentro de mí había cambiado. No había perdido nada. No puedo entender que se diga "perder la virginidad" cuando lo único que haces es ganar. Ganas en experiencia, en emociones nuevas y diferentes y, sobre todo, te adentras en el maravilloso mundo de las sensaciones. Algo así como Alicia deslizándose por el gran tobogán que separa el país rutinario del País de las Maravillas.

Las primeras veces son siempre acontecimientos importantes que, para bien o para mal, serán recordados de forma más frecuente que otros acontecimientos de nuestras vidas. La impaciencia, las ganas de que pase o el empeño que ponemos en conseguir nuestros objetivos son los ingredientes perfectos. Otras veces, en cambio, se une el miedo y el estrés ante lo desconocido. Todo forma parte de un conjunto de sensaciones difícilmente perecederas. ¿Quién no recuerda el nombre de su primer amor? ¿O la dirección de su primer piso fuera del hogar familiar? ¿O la primera vez que sopló las velas en una inmensa tarta de chocolate?

Lo que no recuerdo es qué fue de esa libreta. Quizás un día acabó en el contenedor de papel camuflada entre mis viejos apuntes de instituto. Me entristece pensar que, si todavía hoy la conservara, llevaría años cerrada, no tendría nada nuevo que apuntar. Veo a mi sobrino de dos años descubrir cada día el mundo que le rodea: su primer baño en la playa, la primera vez que se lanzó por el tobogán él solo sin ayuda de nadie, su primer día de guardería... ¿Cuándo perdemos la capacidad de asombrarnos ante el mundo? Me parece muy desolador que nos pase eso, es como dejar de regar las plantas, no sonreír durante un día entero o renunciar a bailar con la luz del universo. En mi libro favorito durante mi adolescencia "Rebeldes" de Susan E. Hinton, que más tarde fue llevado al cine por Francis Ford Coppola bajo el mismo título, aparecía un hermoso poema. No recuerdo el autor, pero tengo muy presente su mensaje "Nada dorado puedo permanecer". Me niego a aceptarlo. Seguro que si lo pensamos detenidamente hoy nos ha pasado algo emocionante. A mí, por ejemplo, es la primera vez que un desconocido me desea suerte tras la finalización de una entrevista laboral y se supone que era un rival. También he descubierto que Mafalda se ha traducido hasta al japonés (no he podido resistir la tentación de publicar la viñeta en esta entrada). Y para mañana me he propuesto que sea la primera vez que sonría al conductor del autobús que me lleva cada día al trabajo y puede que hasta me lance con los ojos cerrados y sin manos por un tobogán. Y si no hay primeras veces, ¿por qué no apuntar la segundas veces? ¿Quién ha dicho que no pueden ser iguales o más intensas que las primeras veces? Voy corriendo a buscar una libreta en blanco.

Un primer abrazo con magia.

Era sábado, y un sábado para la cultura. Dos estupendas actividades: una reunión de aficionados a la escritura creativa y una pequeña peregrinación a Valldemosa repartidos entre dos automóviles y a través de campos de almendros en flor. El motivo de la peregrinación era ver y oir una manifestación poética: la lectura de poemas, por sus autores; algo de danza y un cantautor con su guitarra. Nosotros, los peregrinos que viajábamos en uno de los coches, pudimos disfrutar poco de la poesía: éramos tres forasteras y un mallorquín medio sordo, y aquella poesía, creada en cerebros mallorquines y en su lengua, sólo nos llegaba a ráfagas. La danza tuvo su encanto, y la canción perdía interés por su desafinada interpretación. Y todo terminó con un “pa amb oli” con su chicha, y sin una pizca de alcohol: cervezas sin y zumo de tomate. Rico y barato, pero mejor aún, buen humor y destellos de ingenio.
La vuelta, con revuelta. Un poco perdidos, conseguimos llegar a nuestras casas algo más tarde de lo que esperábamos.
¿Dónde apareció la magia?.
Durante la reunión, con un buen ambiente, y con “el duende” (¡es mucho duende!), que si acude lo noto: mi decir se hace arte en cierta manera y surge sin esfuerzo algo así como una buena expresión con un toque de buena interpretación (hace demasiado tiempo que no tengo abuela). Y cómo aquel ser y aquel estar exigían respuesta y la hubo, surgió el encantamiento.
En el espectáculo de Valldemosa: sus luces y sus sombras; la cena encantadora, el viaje de vuelta muy divertido con carcajadas constantes entre las mujeres y “morritos”, también constantes del conductor.

Una vez en casa y a solas, como brotes tiernos de un árbol, fueron surgiendo emociones indescriptibles. Mi cuerpo parecía una caja pequeña, o no lo suficientemente grande, para albergar mi respiración, mi circulación, la vorágine de mis pensamientos y los latidos de mi corazón, ya bastante renqueante, pero empeñado en latir lo más fuerte y acelerado posible.
¿Qué era aquello?. ¿Qué me estaba pasando?.
En medio de todo aquel tornado, aparecía un nombre y una imagen: los del mallorquín medio sordo y conductor de la expedición. ¿Cómo era posible?.
Pánico, sentí pánico. Aquel hombre me gustaba, me gustaba muchísimo, ¡podía enamorarme de él!. ¿Yo?, ¿a mi edad?. ¿Qué haría con todo lo demás?. Oí la voz de aquella mozuela, la Chincueti, que cantaba: “no, no ne l’etat, no ne l’etat per amarti” y el miedo se hizo inaguantable. No pegué ojo en todo la noche. Tenía los pies helados y las axilas me sudaban. Fui a mirar el calendario y vi que teníamos luna llena desde hacía dos días. La redondez de la luna contrastaba con las aristas de mis sentimientos. Ella estaba influyendo de forma negativa en mi ánimo. ¡Lo que me faltaba!.
Esperé y esperé, esperando con desesperación toda la noche, para poderle llamar y expresarle mi angustia. Lo desperté a las ocho y media con un caudal de palabras sin aparente sentido: sorpresa, miedo, edad, no planeado, inesperado. Pero no debían ser tantos los despropósitos porque a pesar de haberlo sacado del sueño, captó la situación y mi estado.
-No te vas a volver loca -dijo. Lo entiendo, lo comprendo todo. Vas a tener una semana para aclararte. Podemos tener una amistad “preciosa”. Un fuerte abrazo.
El primer abrazo era por teléfono, pero fantástico.
Casi me quedé sin voz:
-¡Vale!. Ya veremos. Un abrazo -le contesté
Mi abrazo era pequeño y asustadizo, pero lleno de magia.

La magia duró un año. Fue demasiado "vivir sin vivir en mí" como para convertirse en hábito. Pero fue.

miércoles, 19 de agosto de 2009

San Martín de 1989

Yo era uno de esos niños cojoneros que durante la semana remolonean en la cama pero que el sábado están arriba a las ocho viendo los dibujos en la tele mientras sus padres intentan seguir durmiendo. Pero aquél sábado mi padre se me anticipó y no hubo dibujos sino un desayuno rápido y al coche con el frío que se anticipaba al invierno. Fuimos a la casa de mi abuelo. El portalón de la cochera estaba abierto, los coches fuera, una gran mesa de madera en el centro, todo el suelo cubierto de serrín y al fondo, en una esquina, la chimenéa encendida con un fuego muy vivo. Alrededor mis abuelos, tíos y tías, mis primos mayores con cara de sueño. Todos con un café en la mano, espectantes. Me fui con uno de mis primos y empecé a preguntarle qué eran y para qué servían los recipientes de madera que había en un rincón. Con desgana me dijo que eran los cacharros para la matanza, que qué iba a ser, y con una colleja se fue a por una tostada de aceite y ajo. A sí, claro, la matanza. Desde hacía unos días los mayores venían hablando de ella. Que si ya tenían el cerdo, que, que si habían comprado las tripas, que si darle castañas para que supiera mejor, que si el pimentón no parecía muy bueno, que si al final iba venir el gordo a matarlo...


El día había llegado, y allí estába toda la famila lista para comenzar con aquello que no tendría nada que ver con lo que hubiera imaginado. Todos estaban de buen humor, reían, bromeaban y nos anticipaban a los más pequeños tareas a realizar más adelante, como agarrar el rabo al cochino, limpiar las tripas o amasar el chorizo. Ninguna me parecía demasiado agradable, la verdad, y tras cada gesto involuntario de mi naricilla rompían a carcajadas y soltaban la coletilla: pues luego bien que te comerás los bocadillos de morcila... Y con gran gusto los comería. La verdad es que los bocadillo de morcilla frita me encantaban. Y si ese era el objetivo de la matanza bien estaría. Mi predisposición mejoraba. Me fui otra vez donde mis primos con una tostada de mantequilla y les pregunté si ellos habían echo todo eso el año pasado. Simplemente se riéron sin maś. Salvo una prima mayor que me dijo que procurara no ponerme en medio y no molestar.

Poco después, con un gran ruido, llegó mi tío en su máquina excavadora con la pala en alto. Salimos todos corriendo a la calle. Se oían también unos gritos muy agudos. Al bajar la pala pude ver al enorme cerdo. El animal intentaba escaparse pero resbalaba y caía dentro otra vez. Bajó mi tío sonriente y nos dijo que le echáramos uno ojo a guarro, que no dejaba de gritar, mientras entraba dentro a, seguramente, comer algo. Se me ocurrió tirarle un trozo de mi tostada a ver si así se calmaba un poco el bicho. En cuanto el trozo de pan salió de mi mano volví a ser acollejado.
- ¿Qué haces idiota?, no le puedes dar de comer -. Otra vez mi querido primo.
- ¿Por qué?
- Porque no. Tira dentro anda.


Pero en lo que entraba salían todos los hombres fuera. Mi padre me cogió por el hombro y nos quedamos a un lado de la puerta. Mi tío subió de nuevo a la excavadora y bajó poco a poco la pala mientras otros dos se preparaban para coger al cerdo. Llevaban unos garfios enormes. Salieron también mi abuelo y mis tías, todos los primos estaban alrededor, incluso algunos vecinos salieron a ver cómo era el cerdo que matábamos ese año. Llamaron a mi padre y antes de ir me dijo que me quedara ahí y que no tuviera miedo. Miedo ¿de qué?, solamente era un cerdo ya había visto muchos.

Fue horrible. Mi abuelo se acercó y dio instrucciones a mi padre y mis dos tíos sobre dónde colocarse y qué hacer. La pala bajó y el cerdo trató otra vez de escapar, chillando como si conociera su destino. Pero no podría saberlo. Ni siquiera yo que estaba viéndlo supe anticiparlo. En un rápido movimiento mi padre clavó el garfio bajo la mandíbula del cerdo mientras sus hermanos lo agarraban por las patas traseras. La pala bajó del todo. Aún ensartado el animal seguía gritando y tratando de escapar. Mi padre tiró de él y el cerdo no pudo más que entrar al patio, dejando un rastro de sangre y gritos. Yo lo ví todo desde un lado de la puerta sin saber qué hacer, con los ojos bien abiertos, casi más que la boca. Apenas oía algo que no fueran los chillidos del animal cuando entre cuatro hombres los subieron a la mesa y lo agarraban con fuerza. Mis primos reían, mi abuela llamó a mis tías y se puso a darles órdenes. El cerdo seguía debatiéndose sobre la mesa, gritando hasta quebrar su voz y yo en la puerta sin poder moverme.

Entonces llegó el gordo con un cuchillo enorme. Mi prima mayor puso una artesa redonda a un lado de la mesa, junto a la cabeza. Y cuando los gritos del animal no podían ser más desesperados, el gordo le clavo el enorme cuchillo en el cuello y, con el último y más terrible grito, un gran chorro de sangre comenzó a salir del cerdo, cayendo en la artesa, mientras mi prima la removía con un palo. Poco a poco el guarro dejó de moverse. Mi padre me dijo que me acercara, negué con la cabeza. Dejaron a mi prima removiendo la sangre que aún salía humeante y se pasaron la vota de vino que sangraba directamente en sus bocas.

Mi prima me dijo que no tuviera miedo, que me acercara a remover. Volvía a negar con la cabeza. El resto de mis primos estaban alrededor del animal , mirándolo. El mayor cogió un soplete y hacía como que lo quemaba. Su padre, que lo vio, se acercó y le preguntó si quería hacerlo. Él dijo que sí, encendió la llama y con cuidado se dejó guiar por su padre. Si los gritos del cerdo antes de morir fueron aterradores, el olor a pelos y piel quemada formarían parte de mi nariz durante semanas. Mi prima removiendo la sangre, mi primo quemando el animal guiado por su padre, rascando con una paleta la piel quemada que caía al suelo, los demás alrededor del fuego bebiendo vino y comiendo como si el nauseabundo olor no los alcanzara.

No pude evitarlo: vomité allí mismo, en la puerta de la cochera. Alguno de mis primos se riéron de mí. Una de mis tías vino y me llevó dentro de la casa y me dijo que me acostara un rato en el sofá. Cerró la puerta y me dejó solo. No me atreví a encender la tele. No me atreví a hacer o decir nada. Pero al menos dentro de la casa el aire podía respirarse y los sonidos llegaban amortiguados. A cada poco llegaba una tía perguntando si estaba mejor o algún primo a comentar que estaban abriendo en canal al cerdo, o que le habían dejado cortar el corazón, que si quería probar un poco de carne recién asada...

Mi madre llegó a la hora de comer. Me llevó de nuevo fuera. No quedaba nada reconocible del cerdo. El animal estaba despiezado en artesas. Nada que no se viera en una carnicería. El olor a chamusquina aún permanecía en el hambiente, mezclado con el de la hoguera, y la carne que se amontonaba en todas partes. Entonces vi la sangre negruzca que aún removía mi prima. Es para hacer la morcilla, me dijo con una sonrisa. La sangre, que teñía el palo de púrpura, que contenía el último grito del animal, sería encebollada y embuchada al día siguiente para dejarse secar hasta que fuera comestible. Y en cada bocado estaría ingiriendo la desesperación del gorrino. No lo aguanté. Me marché corriendo. Mi madre vino tras de mí y, sin decir nada, me llevó a casa.

Pasé el día sin comer, viendo la tele. Pasé varias semanas con pesadillas, soñando que yo era el cerdo, que mi padre clavaba el garfio en mi boca, que el gordo atravesaba mi cuello, que mi prima removía mi sangre. Pasé varios meses sin quere probar el chorizo, el salchichón, o hasta el choped de cerdo. Pero todo paso. Ni qué decir tiene que volví a comer bocadillos de morcilla frita.

El año siguiente me quedé con mi madre hasta que todo lo desagradable hubo pasado y acudimos a la matanza después, para ayudar a hacer los embutidos. Por la noche tuve que soportar alguna broma a propósito de mi escapada del año anterior, alrededor del fuego. Pero no fui el único: por lo visto, mi primo, el de las collejas, llegó a desmayarse en su primera matanza.
- Era pequeño -. Se excusó.
- Más pequeño era yo -. Contesté y le di, por primera vez, una amistosa colleja.

viernes, 14 de agosto de 2009

Lágrimas de San Lorenzo

No se asomaba la Osa Menor cuando fuimos al camino que unía la casa con los animales del abuelo. Mi padre llevaba una silla en una mano y un granizado en la otra. Yo lo acompañaba un poco asustada mirando a los alrededores. Le pedí que volviésemos porque tenía miedo y el me contestó su letanía habitual: conmigo nunca debes tener miedo, yo siempre te protegeré. Se sentó en medio del camino y yo encima de él, dejando que su barba cosquilleara mi oreja. Le dije que tenía un poco de frió y colocó los brazos como un manto sobre mi cuerpo. Me deslicé levemente para cobijar la cabeza entre el bíceps y el pecho. Llevaba una camiseta de tirantes, y yo otra, y la sensación fría y suave del músculo me agradaba. Le di un beso y él me beso la cabeza. Entonces levantó la mano y señaló las estrellas. Cuatro en forma de cubo y tres más que hacían de mango: la osa mayor. Me dijo que también había una osa menor con su famosa Polaris, la estrella polar, pero esa noche no la vimos. El miedo había desaparecido, entre sus brazos solo sentía calor, pero no como el de la tarde cuando nos zambullimos en la piscina para refrescarnos; era el calor agradable que me dormía por las noches.

Le pregunté por mas estrellas y me señaló Alioth y la brillante Arturo. Me contó su historia como guardián del oso y me habló de Régulo en la constelación del León. Me quedé sorprendida al enterarme de nombres como Hércules, Dragón, Cisne o Can Mayor con la imponente Sirio, la estrella más brillante del cielo, pero esa noche no la pudimos ver. No sé cuanto tiempo transcurrió, lo cierto es que se pasó en un momento, hasta que una estrella fugaz cruzó delante de nuestros ojos. Mi padre saltó y exclamó: ¡la has visto!. Si, la vi. Vi un destello aparecer entre las estrellas y apagarse en un suspiro. Pedí un deseo, pero no me dio tiempo a solicitarlo antes de que desapareciera. Así que me preparé para la siguiente, esta vez lo pediría con mayor rapidez, la suficiente para que se cumpliera. Pero la segunda estrella fue tan fugaz como la primera y dos más que apenas parecían un destello en el cielo.

Elevé la mano y dije: ¡papa una!, y como un torrente desbocado pensé en el deseo; pero otra vez me equivoqué. Mi padre me enseñó a diferenciar las estrellas de los aviones. Decidí desear siempre lo mismo: una DS con cámara. Mi padre y mi madre también lo hacían, siempre deseaban salud para mi y la familia. La noche fue mágica, llena de historias y estrellas, en el camino, detrás de la casa, acurrucada en los brazos y mirando el cielo. Vimos cinco estrellas fugaces, pero no nos quedamos hasta más tarde cuando mejor se verían. Los ojos se me entornaban y mi padre estaba agotado de doblar el cuello.

Aquella fue la primera vez que vi las Lágrimas de San Lorenzo y una lágrima en el ojo de mi padre cuando le di un beso por la maravillosa noche que me había enseñado.

(Corregido, 24-08-2009)

jueves, 6 de agosto de 2009

LA PRIMERA VEZ DE LAURA




Laura tenía 17 años cuando lo hizo por primera vez, David tenía 19 y él ya era un experto. Fue por ello que animo a su amiga a hacerlo y se ofreció voluntario para enseñarla.

Hablaron de ello durante días. Laura tenía muchos reparos: que era demasiado joven, que no estaba bien, que si les pillaban se iba a armar la gorda; pero David, cuando quería sabía ser muy persuasivo y finalmente logró convencerla.

Hicieron planes. El conocía un sitio tranquilo, sin peligro, donde podrían hacerlo sin llamar la atención y concretaron el día y la hora. Laura, desde ese momento y mientras llegaba la hora, ya no pudo dormir en paz, tal era el nerviosismo que la dominaba.

Pensaba en ello mientras estaba en clase. Solo de imaginarlo, las piernas le temblaban de la emoción. No estaba segura de nada, sobre todo dudaba de su habilidad cuando llegara la hora. Pero también se decía que si todo el mundo lo podía hacer, ella también podría.

Por fin llegó el día. David vino a buscarla en su viejo coche de tercera mano y se fueron derechos al lugar que habían acordado. Laura tenía pensamientos encontrados mientras iban, por un lado sentía tal pánico que casi hubiera preferido volver a casa, ya. Pero, por otro se decía que ¿por qué no? Sentía algo así como vértigo. No solo le temblaban las piernas, sino que tenía las manos sudorosas.

Ya no podía echarse atrás, había llegado el momento. Se colocó donde y cómo David le indicaba, y fue haciendo lo que le decía.

- Primero ve despacio, así, poco a poco. ¡Cuidado! No aprietes tanto. Pon ahí la mano y no la quites, ahora aprieta un poco, ¡adelante! Bien, bien.

Ella, obediente, hacía lo que le decía. Miraba hacia delante pero no estaba segura de ver nada. La voz de David era su guía y ella confiaba en sus palabras, era el experto.

De pronto a él le cambió la voz y oyó que, nerviosamente le gritaba:

- Acelera, acelera ahora. ¡Venga, no pares! ¡ No quites tus manos de ahí ¡

Y así fue como ella, perdidos ya los nervios, piso el acelerador con tanta furia que acabaron en la cuneta.

Afortunadamente no se hicieron nada, apenas unos rasguños y un bollo en la aleta delantera del coche, uno más de los muchos que ya tenía.

- ¡Ya te lo decía!- gimoteaba Laura – ¡por poco nos matamos! Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a la autoescuela, y aprender allí.

- ¡Joder, Laura! No se pueden quitar las manos del volante cuando aceleras. La primera vez que se conduce un coche todo el mundo lo hace con un amigo. Para ir a la autoescuela siempre hay tiempo.

Rosg.

sábado, 1 de agosto de 2009

Tema de agosto '09: La primera vez

Agosto es el mes de vacaciones por escelencia en este país, crisis mediante, y las vacaciones son bastante propicias a las primeras veces. Un entorno distinto, gente nueva, cierta sensación de irrealidad... Y zás, una nueva experiencia que guardar, para bien o para mal, en el saco de la memoria.

Primeras veces, no tiene que ser en verano claro está ya sabéis que aquí prima la libertad que el tema es orientativo, una sugerencia que intenta removeos y, con suerte, sacar de vuestra mano un relato con el que entretenernos y aprender a golpes.



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