miércoles, 15 de julio de 2009

El seto

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Los veranos en casa de la abuela de Amadeo tenían la aburrida cuota de unas siestas eternas. Hasta que no pasaba un poco la calor no le dejaban salir de la casa. Pero, después, podía salir corriendo calle arriba hasta un parquecillo que apenas tenía un columpio (en realidad debería haber dos pero uno estaba roto y sólo quedan las cadenas cogando del travesaño metálico) y una resbaleta. De todos modos, tras las horas al sol el asiento del columpio y la chapa del tobogán estaban tan calientes que hacían imposible su uso placentero. El parque, de tierra y gravilla, estaba equipado también con una fuente que servía tanto para beber un caldo caliente como para llenar globos de agua. Había en todo el recinto cuatro de naranjos, uno en cada esquina del perímetro, tan flacos y poco frondosos que apenas proporcionaban sombra. No eran estos, pues, los motivos para que aquél sitio fuera su lugar preferido para pasar las tardes de verano.

El parque estaba cercado por un gran seto discontínuo en el centro de los lados del cuadrado. Y fue allí, en el en apariencia impenetrabale muro vegetal, donde Amadeo encontró un punto de acceso a una fortaleza verde que conformó su lugar de juegos preferido a partir de entonces. Pasaba las horas muertas ahí dentro, imaginando aventuras en su castillo, leyendo alguno de los viejos libros que cogía a hurtadillas a su abuela y que, por lo general, no entendía. Hasta que al atardecer, con la fresca, las vecinas comenzaban a salir a la puerta de sus casas y se reunían con sus sillas, cada una diferente, acorde con su dueña, a charlar ruidosamente. El pequeño a veces escuchaba las conversaciones de las señoras y se reía con sus estridentes risas sin tener muy claro el haber entendido sus chistes. Si no se aburría antes, lo cual no solía pasar, cuando su abuela le llamaba para la cena salía de su escondrijo y, sin que nadie supiera de dónde había salido, corría de vuelta a casa.

No es que no hubiera otros niños en el pueblo, no había muchos, pero sí que los había. De vez en cuando alguno de ellos pasaba con su bicicleta o una pandilla ruidosa se abastecía de globos de agua en la fuente del parque mientras Amadeo permanecía oculto en su insospechado fortín. El problema es que eran bastante más mayores y cuando alguna vez intentó hacerse su amigo terminaron riéndose de él y dejándole solo. Había un chico que sí sería de su edad y que tal vez a solas podría haber sido un compañero de juegos divertido, pero siempre iba con su hermano mayor y éste resultaba ser de los peores (siempre hacía burla de su nombre o de su acento). A veces incluso pasaban un rato en el parquecillo hablando de sus cosas o planeando excursiones al río, fumando sin darse cuenta de que alguien los observaba desde el seto.

Así, entre aventuras imaginadas dentro de su castillo vegetal o inferidas de la boca de los lugareños, se sucedían los días de verano.

2 cinceladas:

Marsa dijo...

Amigo Daniel, "Había en todo el recinto cuatro de naranjos", creo que ese DE te ha quedado del catalán, pero no es correcto en castellano.

Una pequeña observación: "las vecinas comenzaban a salir a las puertas de sus casas y se reunían con sus sillas". Tal vez mejore aclarando que: (...) comenzaban a salir con sus sillas a las puertas de sus casas, donde se reunían (...)

Otra: "Si no se aburría antes, lo cual no solía pasar, cuando su abuela (...)" Mejor sería:"Si no se aburría antes, cosa que no solía pasar. Cuando su abuela (...)

También: "no es que no hubiera otros niños en el pueblo, no había muchos, pero sí que los había". Más sencillo: NO ES (...) OTROS NIÑOS EN EL PUEBLO, QUE LOS HABÍA, AUNQUE NO MUCHOS.

Otra: "El problema es que eran bastante más mayores". Mejor sería: (...) que eran mayores que él y cuando alguna vez (...)

Un texto muy simpático, tiernos recuerdos de la infancia.

Daniel Turambar dijo...

Gracias, Marsa, tomo nota y ya corregiré algunos detalles de los que me mencionas.

Decir que ésta es la primera parte de un relatillo más largo que saldrá en breve en mi blog ;)

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