miércoles, 29 de julio de 2009

MUY DENTRO

De repente sentí como mi cuerpo y mi esencia se separaban y me vi a mí misma en la distancia, cara a cara, como en un espejo, pero real.
Y entonces empequeñecí.
Me quedé parada con la vista fija en mi figura que se veía enorme y grandiosa desde mi posición.

Fui trepando por mi cuerpo, de los pies a la cabeza, mirándome de cerca, con lupa, y de un modo como nunca antes lo había hecho. Así, llegue a la parte más alta del cuerpo.
En la cabeza, entre una mata de pelo frondosa y oscura a través de la cual era imposible ver nada, encontré por casualidad un pozo de borde escurridizo por el que caí como por un tobogán hasta una cueva viscosa con fango en la superficie. Me adentré en dicha cueva con dificultad, los pies se pegaban al suelo a cada paso que daba. Había lianas que parecían cobrar vida a mi paso y se aferraban a mis extremidades de la misma manera en que un depredador se aferra a su presa. Tuve que atravesar, escalar y traspasar una serie de pasadizos estrechos, oscuros y húmedos que me llenaron de ansiedad. Me sentí en un laberinto del que no iba a poder salir. Los nervios a flor de piel, el cansancio, la amargura de ver esos oscuros caminos que eran parte de mi ser…todo me estaba tentando a volver…pero quise seguir un poco más. Notaba cómo mi corazón latía cada vez más deprisa y cómo mi respiración se iba acelerando. El pánico se apoderaba de mí.
Y corrí.

Llegué a una cavidad algo más amplia dónde finalmente pude respirar con un poco de tranquilidad aunque todo seguía húmedo y oscuro.
Cuando me sentí con fuerzas suficientes como para concentrarme en lo que tenía ante mis ojos, quedé decepcionada. En el lado derecho, estaba teniendo lugar una violenta trifulca entre dos seres, ni siquiera seres, dos siluetas de humo que se gritaban y propinaban algo que se podría comparar con latigazos rebosantes de energía, incluso yo podía sentir su ira; a la izquierda, otra de esas siluetas lloraba desconsolada hasta tal punto y con tal fuerza que me dio miedo siquiera acercarme; un poco más atrás, yacía otra silueta que parecía totalmente sedada y que guardaba en su regazo, apretándola contra su pecho una botella de alcohol que debía de haber sido su acompañante en las últimas horas. Yo no entendía nada.
En ese momento todos fueron conscientes de mi presencia, y comenzaron a acercarse a mí pidiéndome algo que no era capaz de descifrar.
Sentí miedo y cerré los ojos al mismo tiempo que agachaba la cabeza e intenté concentrarme para no escuchar las voces, aquellos ruidos agudos, que perforaban mis tímpanos y se introducían atropelladamente en mi cabeza.
¡NO! Ya no más, ya no quería ver más, sólo quería escapar de allí, salir corriendo… pero sentía que no podía hacerlo. Había algo que decía que debía ver un poco más.
Apreté los puños con todas mis fuerzas y levanté la cabeza, poco a poco abrí los ojos. "Esfuerzate un poco"- me dije.

Todos estaban delante de mí pero ahora no se escuchaba nada, sólo estaban allí, en frente, mirándome. Me miré la mano y la alargué despacio hasta que se topó con una de esas criaturas que comenzó a sonreír en el mismo instante del contacto.
Aún con miedo y sorprendida, me eché hacia atrás hasta chocarme con la pared y, cuando la toqué, desde ambos lados de mi cuerpo, salieron dos destellos blancos que recorrieron las paredes de la cavidad hasta juntarse al final del recorrido dejándolas de un color blanco resplandeciente. Asombrada, me miré las manos y despacio me agaché para colocarlas en el suelo; el efecto fue exactamente el mismo. Todo brillaba ahora.
Deseé que el que lloraba riera y en cuestión de segundos me sentí contagiada por su risa, deseé que todos rieran y así fue. Deseé ser feliz y se me concedió el deseo y entonces di gracias por no haber huido de mí misma cuando tuve oportunidad de hacerlo. Ya estaba lista para volver a ser yo.

Porque todos poseemos un lugar mágico, aunque a veces cueste encontrarlo.

martes, 21 de julio de 2009

FILMANDO

Anochece. El submarino, con todos a bordo y dentro de una burbuja mágica vuela sobre el monte Fuji y silenciosamente, tal como vuelan las burbujas, se va acercando a la ciudad de Tokio, que rebosante de luz, como un ascua inmensa, parece ser ella la que se acerca lentamente a nosotros. El momento es mágico, suena una flauta nipona acompañada de un suave tan-tan, recibiendo a la nave envuelta por un fino cristal, en su vuelo hacia la ciudad.
Tomamos tierra. Con gran estruendo se rompe en un millón de pedazos la gran bola mágica y, como pequeños espejos que reflejan las luces de los flasch de los fotógrafos, caen suavemente, como caen los copos de nieve sobre el submarino y sobre la muchedumbre que nos rodea.
Del interior de la nave salimos todos, vistiendo cada uno su kimono de seda bordada: lindas pagodas, grandes flores y terribles dragones. Un haiku como bandera de paz y buena voluntad a los buenos japoneses y sobre todo a las hermosas japonesas (estupendas bailarinas de flamenco), que nos esperaban y con los alegres colores de sus batas de cola bailan y bailan por soleá, por peteneras, por seguidillas y por fandangos, en festiva bienvenida a nuestra llegada.

Ruedo y ruedo cuanto puedo, desde todos los ángulos, en todos los planos posibles. Las chicas están bellísimas y emocionadas. Ataco los primeros planos: esos rostros cubiertos de lágrimas que lucen sus mejores sonrisas. Sudo como una condenada pero, ¡cómo disfruto!. El ministro de Cultura se acerca a saludarnos, nos felicita y nos ofrece 1.000.000 de yenes por la primicia del estreno. Tenemos que pensárnoslo porque queremos ser independientes y que el estreno sea en todo el mundo el mismo día.

Se acabó la pesca de la ballena, se acabó la matanza de focas. ¡Nuestra pericia ha vencido!. ALELUYAAAAAAAAAAA

miércoles, 15 de julio de 2009

El seto

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Los veranos en casa de la abuela de Amadeo tenían la aburrida cuota de unas siestas eternas. Hasta que no pasaba un poco la calor no le dejaban salir de la casa. Pero, después, podía salir corriendo calle arriba hasta un parquecillo que apenas tenía un columpio (en realidad debería haber dos pero uno estaba roto y sólo quedan las cadenas cogando del travesaño metálico) y una resbaleta. De todos modos, tras las horas al sol el asiento del columpio y la chapa del tobogán estaban tan calientes que hacían imposible su uso placentero. El parque, de tierra y gravilla, estaba equipado también con una fuente que servía tanto para beber un caldo caliente como para llenar globos de agua. Había en todo el recinto cuatro de naranjos, uno en cada esquina del perímetro, tan flacos y poco frondosos que apenas proporcionaban sombra. No eran estos, pues, los motivos para que aquél sitio fuera su lugar preferido para pasar las tardes de verano.

El parque estaba cercado por un gran seto discontínuo en el centro de los lados del cuadrado. Y fue allí, en el en apariencia impenetrabale muro vegetal, donde Amadeo encontró un punto de acceso a una fortaleza verde que conformó su lugar de juegos preferido a partir de entonces. Pasaba las horas muertas ahí dentro, imaginando aventuras en su castillo, leyendo alguno de los viejos libros que cogía a hurtadillas a su abuela y que, por lo general, no entendía. Hasta que al atardecer, con la fresca, las vecinas comenzaban a salir a la puerta de sus casas y se reunían con sus sillas, cada una diferente, acorde con su dueña, a charlar ruidosamente. El pequeño a veces escuchaba las conversaciones de las señoras y se reía con sus estridentes risas sin tener muy claro el haber entendido sus chistes. Si no se aburría antes, lo cual no solía pasar, cuando su abuela le llamaba para la cena salía de su escondrijo y, sin que nadie supiera de dónde había salido, corría de vuelta a casa.

No es que no hubiera otros niños en el pueblo, no había muchos, pero sí que los había. De vez en cuando alguno de ellos pasaba con su bicicleta o una pandilla ruidosa se abastecía de globos de agua en la fuente del parque mientras Amadeo permanecía oculto en su insospechado fortín. El problema es que eran bastante más mayores y cuando alguna vez intentó hacerse su amigo terminaron riéndose de él y dejándole solo. Había un chico que sí sería de su edad y que tal vez a solas podría haber sido un compañero de juegos divertido, pero siempre iba con su hermano mayor y éste resultaba ser de los peores (siempre hacía burla de su nombre o de su acento). A veces incluso pasaban un rato en el parquecillo hablando de sus cosas o planeando excursiones al río, fumando sin darse cuenta de que alguien los observaba desde el seto.

Así, entre aventuras imaginadas dentro de su castillo vegetal o inferidas de la boca de los lugareños, se sucedían los días de verano.

sábado, 11 de julio de 2009

SUBIR AL CIELO







Hay lugares que, solo con verlos, ya nos resultan mágicos e inolvidables. Lo que transforma un paisaje o un rincón en único y personal puede no tener nada que ver con su belleza, o las maravillas arquitectónicas que se encuentren en él: somos nosotros los que los transformamos en especiales debido a lo vivido en ellos y cómo y con quién lo hicimos.

Subiendo por la cuesta, cargada con mi mochila y sudando la gota gorda, yo supe que aquel lugar era mágico nada más respirar el primer soplo de aire. Llegó hasta mi garganta, desde mi nariz, cargado de deliciosos aromas a hierbas silvestres, a frondas frescas, a gotas de agua salpicando en la cascada río abajo, a musgo, a hongos. Y en mis ojos titilaban pequeñas motas de luz bailando entre las hojas de los grandes árboles, acompañando el vuelo de pequeños insectos en su ir y venir frenético.

La cuesta era empinada, las raíces de los grandes árboles asomaban por el suelo en busca de espacio para seguir creciendo. Caminábamos hacia arriba y el río, por llevarnos la contraria, tal vez, murmuraba en su caída casi en picado y suspiraba en los remansos, como dormido. Tardamos horas en llegar a la cima. Pero nuestra meta era gloriosa. El gran circo se extendía hasta perderse de vista, un valle de hierba rala entre roca, con una preciosa cascada cantarina al fondo. Los altos montes aún subían hacia el cielo, a pesar de la altura a la que habíamos llegado. Algunos valientes continuaron su camino en busca de la cumbre. Yo me desplomé sobre la verde pradera, junto al río; boca arriba y tapando mis ojos con la mano, contemplé el azul intenso del cielo sobre mí. Luego los cerré y dejé que todos los sonidos y los aromas llenaran mis sentidos. Fue como volar. Como salir de mi cuerpo y ser flor, y nube, sol y agua, brisa y ave, tierra cálida y roca fría.

Me olvidé de todo, lo que era yo se hizo naturaleza y las dos fuimos una. Creí que no podía desear nada más pues ya lo tenía todo. Pero no era verdad. Antes de abrir mis ojos algo se interpuso entre el sol y yo y se hizo la sombra. No me dio tiempo para pensar. Sentí un roce cálido en mis labios, leve, dulce. Necesité un segundo para darme cuenta de que era un beso. Cuando abrí mis ojos contemplé otros, tan cerca, que parecían un reflejo de los míos. En ellos pude ver pintada alegría, un poco de ternura y algo de guasa. Lo abracé y resbalamos por la hierba entre risas.

De vez en cuando, algún olor, algún brillo entre las hojas de los árboles, me recuerda aquel día. Y si cierro mis ojos, vuelvo a vivir aquel momento en aquel lugar, que se transformó en mágico gracias a aquel beso sorpresa, de alguien de quien yo hacia tiempo que lo esperaba.

viernes, 10 de julio de 2009

El viaje

En Ceuta pude costearme el pasaje en un barco genovés, cuyo destino final era Alejandría. Al capitán no le importaba trasladar pasajeros creyentes mientras pagasen con buenas monedas, y yo no tenía reparos en ir en compañía de infieles mientras pudiese llegar cómodamente a Egipto.

La primera noche traté de entablar amistad con el capitán. El genovés no reparaba en preguntar con escaso árabe y yo lo entendía perfectamente, gracias al empeño de mi padre en que aprendiese la lengua del Profeta para leer las palabras directas de Dios. En mí se despertó el interés por asimilar el genovés que el capitán hablada con su tripulación. Lo primero que me enseñó fue la dirección en la cual navegaba el barco y el lugar donde nos avituallaríamos.

En Cerdeña el capitán permitió que lo acompañara mientras buscaba las provisiones y mercadeaba con otros genoveses. Hablaban muy rápido y apenas conseguía entender alguna de las palabras con las que nombraban las mercancías.

Al atardecer un templario se nos acercó. Sentí miedo al ver su cruz paté roja sobre el pecho; y extrañeza al ver con qué reverencia el capitán lo atendió. No supe qué se dijeron, pues la lengua me era desconocida, más tarde el capitán me diría que hablaban en franco. Rehusó decirme más de la conversación y yo no quise mostrarme descortés preguntando.

A la mañana siguiente en el barco nadie preparaba su salida del puerto. El capitán anduvo gimoteando de punta a punta todo el día. El segundo día me enteré que esperábamos unos pasajeros. Entrada la noche llegaron. Eran tres fuertes hombres bien cubiertos y escondiéndose de ojos indiscretos. Uno de ellos mostraba cansancio al andar y tosía constantemente. El capitán se alteró al verlos, disimulaba el nerviosismo y el malestar por el retraso. Días después me revelaría el miedo de no cumplir con el templario el trato que tenía para el viaje. Los tres extraños partirían con nosotros hasta Sicilia. Con la noche bien entrada el capitán decidió salir sin demora. En alta mar me despertó.

Uno de los pasajeros que recogimos estaba enfermo. Como yo le había comentado mis conocimientos de la medicina de Avicena, el capitán esperaba que examinase al enfermo y le dijese que tenía. Cualquier enfermedad contagiosa arruinaría su viaje y el pasajero era demasiado importante para morir en su barco.

Los dos acompañantes del enfermo no objetaron de que un creyente examinara a su compañero. El capitán les informó que yo era un afamado médico andalusí y podría curar al enfermo. El Misericordioso permitió que mis manos curasen al infiel, años más tarde entendería por qué.

Cuando los dejamos en Sicilia al menos ya no tosía y su color se había repuesto un poco, la demora de un día también hizo efecto. Esa fue mi primera sanación y la primera gran recompensa del viaje en el que me había embarcado.

(Corregido, 13-07-2009)

sábado, 4 de julio de 2009

EN JAPON

EN JAPON

Este día está resultando para mí bastante enfollonado.

Cuando terminé la limpieza de mi casa, que ¡aquel zoquete me la dejó como me la dejó!, sentí la llamada del espíritu Zen; me puse mi kimono nuevo, mi hermosa peluca adornada de flores de almendros (para conjuntar con el kimono), y me fui en busca de mi pretendiente; ya sabéis, el señor Kakuzo. Lo busqué en la pagoda, en el pabellón de bambú, en el palacio de malaquita, debajo del puente de madera de sándalo, y bastante asustada decidí buscarlo en el fondo del estanque; me desvestí (me quedé sólo en camisa de fina seda color mandarina), y me arrojé al agua. Estuve buceando, mirando por si se había ahogado el más sensible de los humanos, pero nada, mi adorador no aparecía.
Yo no sabía que los peces de colores son tan brutos, ¡qué voraces los tíos!; salí del agua mordisqueada como la manzana de un colegial, despellejada como una anguila...¡todo por salvar la vida de mi amigo Kakuzo!. La camisa de seda color mandarina estaba hecha un trapo, me la quité detrás de un macizo de hortensias y empecé a llamar quedamente: KAKUZO, KAKUZO, KAKUZOOOOOOOOOO.


Al principio no me atrevía a gritar, por aquello de resultar ordinaria, pero estaba hasta los mismísimos. Con lo arregladita que me había puesto, ¡cómo había terminado! De los polvos de arroz no me quedaba nada, la pintura de los ojos y la boca, corrida; la piel carcomida... ¿hay que hacer todo esto por un enamorado? Me senté en la piedra angular de la cueva del Drac y llorè, y llorè, y llorè (bueno, tanto no), y como los sentimientos se trasmiten por ondas expansivas, ¡AL FIN! me oyó el pobrecito.

-Rosa, Rosa, estoy aquí, bajo las hojas de otoño: las rojas y las doradas que, esparcidas por el viento, se asemejan a pensamientos. Ven adorada. ¿Qué te ha ocurrido que te veo demudada? y... ¿qué tienes en la cara que irritada se te ve?

"Viste el rey ropas brillantes y luego hace desfilar cuatrocientos elefantes"... (¡Ay! eso no es de aquí). Pero sea de aquí o sea de allá, el alterado Kakuzo me llevó al templo y me ha tenido todo el santo día meditando. Ahora he podido escabullirme y aquí estoy como veis.

M.R. COMAS

miércoles, 1 de julio de 2009

Tema de julio '09: Lugares mágicos


En julio los días son largos y algunos afortunados comienzan a disfrutar de sus vacaciones. Después de la introducción al verano que hicimos el mes anterior este os propongo adentrarnos en las oportunidades que nos dan las vacaciones para encontrar esos lugares especiales. ¿O tal vez los encontrásteis huyendo del calor, buscando un lugar fresquito donde refunfuñar al poder ir a ningún lado? O, tal vez...

Lugares mágicos, valga esta imagen como inspiración.

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