domingo, 14 de junio de 2009

Tormenta de verano.

Aquí se puede fumar, y que sea lo que Dios quiera. De tal manera rezaba el simpático cartelito que, a modo de anuncio y con el dibujo de un humeante cigarrillo, había sido colgado en una de las columnas de un conocido bar donde me estaba tomando un reconfortante y fresquito vaso de horchata de almendra. Había entrado en él para no seguir calándome con el agua que estaba cayendo a primeras horas de la mañana en el centro de la ciudad de Palma. Era agosto, y nadie podía prever que estaría lloviendo en aquellos momentos, sólo el hombre del tiempo lo había anunciado.
Contemplé durante unos instantes la curiosa forma de agachar la cabeza que tiene la gente que no lleva paraguas. Nunca he creído que más abajo llueva menos. Terminé el imbebible brebaje que me habían servido y seguí contemplando cómo la gente iba dando saltitos entre los charcos mientras los coches buscaban aparcamiento.
La calle Jesús, en su intersección con las Avingudes, era un constante ir y venir de coches y otros vehículos. Parece ser que los habitantes de Palma utilizan sólo los transportes públicos cuando tienen el vehículo propio en el taller, y tal afirmación es entendida debido fundamentalmente a dos motivos: la pésima calidad del mencionado servicio, y el hecho de que los autobuses de la EMT (y muchísimo más en los meses estivales) aglomeran tal masificación de turistas y estudiantes de bachiller en busca de playas, que no sólo resulta pesado para el viajante, sino incluso insalubre y altamente perjudicial para la vista si es usted caballero, pues la generosidad en el vestir que distingue a las muchachas mallorquinas cuando se acerca el verano se contagia también a las cientos de miles de turistas que año tras año visitan la isla (aunque posiblemente en el caso de las extranjeras el hecho de vestir con cortas y escasas vestimentas se deba a la incomodidad que tiene que ocasionar una ropa más decente sobre los quemados cuerpos que resplandecen en la oscuridad cual brasa no apagada en la chimenea). Y si todos los palmesanos y palmesanas optan por circular en coche por la pequeña ciudad, no menos avispados son los habitantes de otros pueblos cercanos que se desplazan hasta la capital para trabajar, y hay que tener en cuenta que en Mallorca todos los pueblos son cercanos a la capital. Si a todos estos automóviles les sumamos los coches patrulla, las ambulancias, los coches de alquiler (esos que vienen de cinco en cinco o de diez en diez y que parecen hormiguitas siguiendo a la guía), los taxis, los coches de los turistas semi-residentes (los que aprenden a hablar castellano y un poquito de mallorquín, y que ya saben que sus congéneres guiris se desplazan en los autobuses), los Renault-19 de los buenobonitobarato, las furgonetas de reparto y las que no lo son, los servicios discrecionales, los de recogidas de basuras, limpieza de calles y mantenimiento de contenedores y otras hierbas, y los autobuses repletos de guiris y estudiantes de bachiller que se fullan de las clases del Ramón Llull, del Joan Alcover y semblantes, amén de las motos, motocicletas, vespas, vespinos, bicis, bicicletas, un par de sidecares y algún velomar despistado, nos encontramos con una ciudad intransitable donde, por lo pequeña, es aconsejable siempre y en todo momento circular a pie. O mejor, utilizar los transportes públicos. Y, lógicamente, si todos estos coches circularan, la ciudad de Palma se convertiría poco menos que en una gran urbe en miniatura: atascos, retenciones, colas... Por ello, los palmesanos y los visitantes habituales de esta ciudad, quizás más avispados que los catalanes y los madrileños, optan por aparcar todos estos vehículos, pero parece ser que sólo lo consiguen unos cuantos privilegiados, que se pasean por las aceras con las llaves de su coche en la mano para que los demás ciudadanos sepan que ellos han conseguido aparcar, el resto sigue circulando con su vehículo por las angostas calles de Palma invocando a San Emilio Bendito, patrón de los aparcamientos.

sábado, 6 de junio de 2009

Deméter y Core

Hace mucho tiempo, nuestra Gran Madre Deméter, cultivaba la cebada con la que alimentaba a sus siervas. Las doncellas le cantaban y ofrecían su virginidad para que la Gran Madre sustentase nuestro pueblo. Fueron tiempos dichosos, de gran prosperidad para nosotros. Teníamos tanto alimento que crecimos bajo su protección.

Una noche el cielo oscureció más de lo normal. Ni la Luna, ni las estrellas iluminaban el techo que nos cobijaba. Supimos que era un mal presagio. A la mañana siguiente los valles se despertaron cubiertos de una capa gris: en cenizas; como si las plantas hubiesen ardido. Nuestra Madre Deméter sabía que la cebada moriría y a sus doncellas, que alegremente le bailaban, se les acabaría marchitando el corazón. Por más que lo intentó no conseguía liberar a la Tierra de su manto gris. Invocó al Dios de la Lluvia y al Dios del Viento, sin encontrar descanso en su amargura por nosotros. El constante trabajo para reverdecer de nuevo los campos melló el cuerpo y el ánimo de la Gran Madre.

Aunque nosotros nos ofrecíamos a ayudarla, ella se sentía afligida por el escaso aporte. Decidió pedirle al Dios de las Tormentas una hija, y este se la otorgó. Core nació tan esbelta como su madre y con el vigor de su padre. Con su ayuda, las dos, trajeron la felicidad a nuestros campos; a nuestros valles; y a nuestras montañas. La cebada volvió a brotar como nunca antes lo había hecho.

Era el atardecer, mientras las doncellas de la Gran Madre preparaban el altar con las libaciones y untaban sus cuerpos de aromático aceite, cuando Core se quedó mirándolas, observando los bellos cuerpos desnudos y relucientes; contemplando el delicado contoneo consagrado a su madre; deseando el chorro de agua de cebada derramado en el suelo. Entonces la envidia del padre emanó de sus ojos.

Core esperó toda la noche rumiando sus celos y, al llegar el Dios Sol, que abrasa la piel, del día siguiente, fue, llena de cólera, a exigir a la Gran Madre la libertad de la que ella carecía y a nosotros nos daba. Deméter la intentó apaciguar; pero la hija se enfureció de tal manera que la tierra se calentó a su alrededor y los ríos se secaban. Los animales como nosotros mismos, comenzamos a respirar un aire asfixiante.

Deméter pidió la ayuda del Dios de la Tormenta para que apaciguase a la hija. Después de un día de furia del padre la hija cesó su cólera, sin aplacar su enfado. Entonces urdió dejar sin hojas unos árboles y a otros no se las quitó; así la madre recordaría su enojo. Deméter comprendió que Core no deseaba hacernos mal alguno: éramos los amados de la Gran Madre; ni quería impedir que las doncellas del templo dejaran de presentar sus ofrendas. Solo ansiaba la libertad para lograr sus propias doncellas y recibir sus alabanzas.

Unos dicen que Core terminó escapando y Deméter sembró la tierra de nieve para que las pisadas de Core la delataran. Otros dicen que fue el Dragón Illuyankas quien trajo las nieves del norte para esconder la huida. Se enteró de los anhelos de la hija: del reino que pretendía, y le ofreció el suyo, donde las nieves son perpetuas y el frió congela los ríos. Al final, Deméter se enteró de que su hija marchó con el Dragón y entristeció.

La Gran Madre dejó que las cosechas se secaran; que las montañas se cubrieran de nieve y los ríos se congelaran; que los osos entraran en un sueño profundo y la cebada se perdiese. Mi pueblo se sintió muy afligido por la tristeza de la Gran Madre.

Entonces fuimos nosotros quienes decidimos pedir ayuda al Dios de las Tormentas. Aunque antaño el Dragón lo había vencido, su poder iba cada vez en aumento. Montado en su carro recorría toda la Tierra derrotando cuantos dioses le presentaban batalla, incluso la Gran Madre al concebir a su hija le permitió ser el Señor de todos los dioses.

Las doncellas del templo eligieron a un sacerdote que le ofreciera libaciones al Dios de las Tormentas. Durante los fríos días impuestos por Illuyankas, mi pueblo permaneció suplicando la intervención del Gran Dios. Nuestras peticiones fueron escuchadas.

Una gran nube cerró el cielo, tapando al Dios Sol y oscureciendo la Tierra. Los rayos y truenos iluminaban las montañas, las cabras y ovejas rompieron los rediles, los lobos se escondieron en las cuevas, y los toros y asnos huyeron de las riberas de los ríos. Nosotros nos refugiamos en el templo, sabíamos que el Dios de las Tormentas nos había escuchado y estaba luchando duramente con el Dragón.

Durante unos días, los de mi pueblo, se quedaron mirando cómo el sacerdote elevaba las plegarias, hasta que la tormenta amainó. Terminó exhausto, con un único aliento para contarnos lo sucedido.

El Dios de las Tormentas sentió tristeza por Deméter y nosotros. Sabía que, si la Gran Madre no alegraba su corazón, no tendríamos cosecha al año siguiente y mi pueblo moriría de hambre. Así que decidió luchar. Illuyankas, vanidoso por la victoria anterior, se confió al aceptar la invitación del Gran Dios.

Durante la cena, el descuidado Dragón, se atiborró de cuantos alimentos llenaban la mesa, sin percatarse que, una vez en su estómago, estos empezarían a crecer y crecer y demandarían grandes cantidades de agua. Cuando estuvo bien orondo, el Dios de las Tormentas, se abalanzó contra él con unos grilletes de duro bronce. Lo amarró fuertemente a la silla mientras Core los miraba asustada. En un descuido, el Dragón, aprovechó su larga cola para golpear al Dios de las Tormentas, romper el respaldo de la silla y saltar volando buscando la huida. El Dios de las Tormentas cogió su carro tras él, y en los cielos combatieron ferozmente.

Después de largos días sin descanso el Dragón cedió y reconoció el poder del Dios de las Tormentas, quien, aún siendo el vencedor era magnánimo y sabiendo que la separación de la pareja perturbaría a los dos, le ofreció un trato: Core repartiría el año entre él y su madre.

Así cada año, cuando Core regresa con Deméter la tierra florece y los campos se llenan de cebada. Al terminar la siega el Dios Sol, amigo del Dios de las Tormentas, vigila a la inquieta doncella desde lo alto del cielo. Pero Core vuelve a recordar a su madre el trato, dejando algunos árboles pelados de hojas. Entonces regresa Illuyankas para llevársela a su reino. Conforme pasa el tiempo el frió se hace más helador, Deméter empieza a entristecer y el Dragón, reconfortado por su breve triunfo, se muestra pletórico inundando los campos de nieve. Hasta que los Dioses del Viento y la Lluvia, enviados por el Dios de las Tormentas, llaman en las puertas del reino del Dragón exigiendo que Core retorne con su madre.

(Corregido, 12-06-2009)

martes, 2 de junio de 2009

EL MAR NUESTRO

Esta mañana me bañaba en una playa cercana a Palma, a cinco minutos de casa, en coche. Una playa en un barrio del cinturón de la ciudad con pocos turistas, y a esas horas poca gente.

Hasta las once más o menos, el agua suele estar transparente hasta el fondo y rizada en su superficie. El color se reparte entre: espacios de arena que dan al agua un suave verde aguamarina; y espacios de piedras planas cubiertas de musgo, que las colorean en verdes oscuros y acarician los pies de los que las pisan.

Peces de varios tamaños, de diez a treinta centímetros, nadan curiosos a mi alrededor y, tal vez, familiarizados con la presencia de los humanos, se acercan casi siempre por mi espalda; todos plateados.Una de las dos especies que me rodean, luce un anillo negro en la parte más estrecha de la cola. Como un estandarte.
Huele a sal marina y a algas que llegaron a la orilla durante todo el invierno y ahora se secan al sol. Ya han empezado a amontonarlas para dejar la playa limpia de cara a la mayor afluencia de bañistas.

A unos cien metros de la orilla y paralelo a ella, sobresalen en la superficie del agua las últimas piedras de un muro de rocas; un muro de unos doscientos metros de largo. Sobre estas piedras he llegado a contar hasta diez y siete cormoranes; con las alas abiertas rozando las piedras, secando sus plumas, muy quietos y dando la espalda al sol de levante.

A lo lejos: la ciudad con su hermosa catedral en el centro, sobre la alta muralla renacentista; en alto, expuesta a las miradas de todos los que caminan bordeando la extensa bahía. En todo su perímetro y en sucesivos puertos, comerciales y deportivos, atracan grandes barcos de pasajeros y carga, acostumbrados a un perpetuo viaje; y pequeños veleros en constante juego con las olas.
Al final de la ciudad y sobre un monte de pinos, el castillo medieval de Bellver de planta circular y torre cilíndrica; y detrás de las montañas, el deslumbrante azul de un cielo limpio de nubes.
Y yo pequeña: una cabeza para ver, oír, oler y admirar; y un cuerpo sumergido e ingrávido.
Cada día los peces, con vocación de delfines, saltan sobre la superficie; los balandros, con vocación de grandes veleros, afrontan las embestidas de las olas; y el mar, con vocación de madre, lo abraza todo.

M.R. Com

LA CASA DE MI ABUELA

Hay una imagen en mi mente cuando pienso en verano: la preciosa higuera, de aroma exquisito, en el rincón trasero del jardín. La fila de pequeños y robustos perales, haciendo sombra y el columpio colgando de dos de ellos, bajo el que había surgido un hueco en la tierra.

La gran casona que había sido el hogar de mi abuela desde su infancia, estaba rodeada de toda clase de árboles y flores y pequeñas veredas de losetas de piedra por las que caminábamos, patinábamos e incluso andábamos en bici.

Guardo maravillosos recuerdos de cada uno de los veranos que viví allí con mi familia, pero sobre todo los que aún me emocionan son los que se fraguaron de la convivencia con mi abuela.

Se quedó viuda demasiado pronto, con un negocio en el que solo había hombres y además ocho hijos, algunos aún niños, de los cuales cinco eran varones. Tuvo que tener mucha fuerza y mucho amor para salir adelante y además conseguirlo manteniéndolos unidos a todos.

Por la casona, en verano, siempre había niños corriendo, llorando o riendo. Sobre la gran mesa de mármol de la cocina, hileras de pan que se troceaba en porciones iguales para untarlo de mantequilla o de nata sacada de la leche después de hervirla. En la cocina económica, una chocolatera con su mango largo cocía muy despacio el chocolate del desayuno haciendo que su aroma se extendiera por toda la casa.

Y los domingos. La misa en la iglesia del pueblo, los reclinatorios con el nombre de cada una de las personas mayores. Los hombres a un lado y las mujeres al otro, sin mezclarse, sin mirarse. Las mantillas negras, los trajes de la boda, antiguos y recién planchados. Y después las conversaciones de los mayores en voz baja, aprovechadas por nosotros, los niños, para corretear por entre los árboles y para ir a gastar la paga del domingo a la tienda de Carolina: regaliz de palo, pirulís, chicle de fresa, chufas mojadas en agua.

Un día mi abuela decidió morirse. Perdió de pronto el interés por la vida. No era muy mayor, según lo vemos en estos tiempos, pero para ella ochenta y seis años, decía, eran ya demasiados. Se fue tranquilamente, de manera sosegada y casi sin avisar. Con toda la vida que le quedaba brotando de sus pequeños y vivarachos ojos azules y una sonrisa bondadosa en la cara.

Yo ya empezaba a ser una mujercita (eso decía) y pude darme cuenta de lo que su muerte significaba para todos sus hijos. La casona continua en pié, ahora más bonita que antes, tal vez, por que ha sido remodelada y puesta al día. Sigue siendo de una parte de la familia y aún vuelvo allí, de vez en cuando. Pero ya no es igual. Me gustaba más cuando era una casa de pueblo, rústica y envuelta en el misterio de su jardín, donde yo dejaba pequeños altares en mis rincones secretos; donde enterraba en tarritos de cristal mis primeros poemas; donde estaba mi abuela.

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lunes, 1 de junio de 2009

Diario de una pubertad

Navegaba el chaval entre dos aguas, transparentes y calmas, pero su inocente entender aun no sabía diferenciar; el tercer año de pubertad y el primero de juventud. Cuando la cruel guerra, entre el acné y la vellosidad, aun andaba dudando a qué bando ayudar, las dudas existenciales, la bidireccionalidad del sexo y el desconocimiento del lugar que cada cual debe ocupar en las relaciones entre un hombre y una mujer, seguían siendo incógnitas irresolubles para una mente que dedicaba más tiempo en entender los cambios que día a día iban aflorando a su externa apariencia que en comprender que, en muy poco tiempo, la vida y su propia evolución le iban a convertir en otro ser muy distinto.

No entendía por qué, pero desde hacía algún tiempo, todo le eran dudas. ¿Salir con Luis, su amigo de siempre, o con Miguel y esas niñas que nunca había podido soportar?. ¡Siempre hablando de muñecas y trapos!. ¡Claro, hacía tanto tiempo que no hablaba con ellas, que no podía tener conocimiento del enorme cambio hacia el futuro que, las “odiosas chicas”, hacía más de un año habían dado!.

Algo le pasaba a su pubis porque desde un tiempo a esta parte le molestaba mucho, igual que a sus axilas. La cara, como un cuenco lleno de arroz, llena de indecisiones, como su alma. Finalmente, decidió escribir en su “diario” todas sus preguntas y, aquella tarde de viernes, se encerró en su cuarto y comenzó lo que en los próximos cincuenta años se iba a convertir en su verdadera vocación.

Así nace a la luz el “Diario de una pubertad”.

6 de Julio de 1.956. Hoy viernes comienzo a escribir todo lo que me está sucediendo y que me preocupa porque mis amigos, no todos, me están dejando de lado. Ya no les gusta jugar al balón; hablan de cosas que no entiendo; miran a esas estúpidas chicas que siempre nos hemos reído de ellas. Les salen pelos por todos lados y a mi me llaman marica. Y como a mis padres no les pregunto porque viven en otro mundo y no me entienden, anotaré todos los cambios que observo en los demás y en mi; si a lo largo del verano veo que soy yo el raro, entonces determinaré qué hacer.

11 de Julio de 1.956. He ido a la piscina del club Nazaret y me he tenido que pelear con Alvaro porque el muy tonto pretendía que me quitase el bañador delante de todos para verme los “pelos sexuales”. Yo no sé aun que son los “pelos sexuales” pero cuando me entere que es una trola, se va a enterar el imbécil ese. Me tuve que ir de la piscina porque como ahora están siempre entre niñas y Luis no ha podido ir hoy, me cansé de nadar y me vine. En casa, me metí en el baño y me miré “abajo”, pero yo no he visto nada, excepto una pelusilla, como la que tengo en los brazos y la cara. ¡Bah! La misma de siempre.

18 de Julio de 1.956. Como hoy era lunes pero fiesta nacional, nos hemos ido toda la familia a la playa. Allí, en la caseta que tenemos, hemos estado con los Campoy y los Vergara. Tremendo día de playa. Mi hermano pequeño y yo y las siete niñas de los amigos de mis padres. Ana, que solo sabía subirse el pecho empujándose el bañador continuamente. Cristina, preguntándome por qué no tengo barba, ni pelo en el pecho. Además, esta niña es tonta en especial; me pidió que nos bañásemos juntos. Cuando estábamos en el agua, me dijo que le enseñase a nadar y me puso una mano en sus muslos y la otra en su pecho; después, riéndose de no sé qué tonterías, hacía como la que nadaba, bateando los brazos y haciendo la tonta. Claro, se escurrió de mis manos y se fue al fondo. Salio pegando esos grititos que tanto me molestan y se me abrazó, quedando su cara a la altura de mis muslos y me tocó por “ahí” y noté una cosa muy rara. Era como una cosquilla que me subía por el estómago. No sé lo que pasaba pero me gustó y me puse muy nervioso. La tuve que empujar porque mi coleta se estaba poniendo muy grande y yo aquello no lo había sentido nunca. A las niñas cada día las odio más.

20 de Julio de 1.956. Hoy me he levantado muy temprano y me ha pasado algo tremendo. He amanecido completamente mojado en la cama. Pero no es “pis”, porque huele fatal y la “coleta” parece que me va a reventar. He soñado con esa tonta de Cristina. Estábamos en la playa de nuevo y volvía a tocarme. Lo que más me molesta es que me gustaba que lo hiciera, pero verle esos ojos de niña espabilada mirándome sonriendo mientras lo hacía, no puedo soportarlo; cada día la odio más. Mi madre, cuando ha descubierto cómo he dejado la cama, en vez de castigarme, me puso la mano en la cabeza y se sonrió. Los mayores ya se sabe...

25 de Julio de 1.956. Ayer, en la radio, me enteré que indultaron a un preso amigo de los Vergara; un tal Calvo Dolz. Dicen que había sido condenado solo porque querían hablar de libertad. Franco estuvo hablando por la radio, aunque no le entendí nada porque mi cabeza solo pensaba en que el domingo 29 iríamos a la playa de nuevo, con los Vergara y la odiosa Cristina.

29 de julio de ...

Amor de verano

Una suave y cálida caricia en ráfagas alegres y bailarinas. La luz blanca: omnipresente, el cielo azul: límpido, el césped esmeralda: brillante, su ser bronceado: perfecto. Infantiles gritos líquidos, quejas de agua desalojada a golpe de piel, un murmullo metálico y distante, borbotones de conversaciones cruzadas, vuelos de moscas perturbando su sueño. Cloro gobernante, hierba recién cortada sumisa, crema solar conquistadora, cerveza, bocadillo de salchichón y helado de vainilla invitados, el aroma de su cuerpo que sólo yo percibo. El recuerdo del sabor de sus besos. Despierta.


– ¡Cooo-ño qué calor! ¡Mira que te dije que no me dejaras dormirme! Bueno, voy mojarme un poco y de paso echo un meo, que estoy que no m’aguanto. Mientras venme a por una laigt que vuelvo en na’, ¡pero que te la den bien fría y sin yelo!


Esa es mi chica…


– ¡Ah, y unos pepinillos o algo pa’ comé!


...única creando hermosos momentos.

Tema de junio '09: Summer time

Vosotros lo habéis querido :-)


Como bien comentaron, Summer time: tiempo de verano. Junio nos abrirá las puertas del estío en cuanto nos descuidemos. No añadiré mucho más para el tema de este mes. Prefiero que lo haga Ella...





Recordad añadir la etiqueta "Summer time" a vuestros textos.
Libres relatos y justas cinceladas.
Nos leemos.

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