jueves, 28 de mayo de 2009

UNO

UNO


- Verá usted: dicen que salió del mar. Apareció de pronto en el pueblo sin que nadie supiera de donde venía ni cómo llegó hasta aquí. Como hacen los cangrejos ermitaños, buscó cobijo y se alojó en una casa abandonada; una auténtica ruina que encontró en el olivar; donde duerme sobre un lecho de algas secas. No sonríe y habla poco; de noche, como a las criaturas marinas, sólo le acompaña la luna.
Ya lo ve: delgado como una anguila; calcinado de tanto sol, que no parece le moleste y del que nunca se cobija; usted lo puede comprobar; en pleno día se tumba sobre una piedra y no se quema. No, el calor no le molesta.
Se alimenta de pescado y pequeños crustáceos que él mismo se procura y sólo bebe agua del torrente, eso sí, pura y fresca.
Va casi siempre descalzo, con el mismo y viejo pantalón sujeto a la cintura por una cuerda y una camisa sin botones.
A veces le llaman para algún trabajo que requiera fuerza: varar algún barco viejo; descargar la pesca cuando es abundante; cosas similares. Es un puro nervio. Hace como un buey: agacha la cabeza; clava los talones en la arena; tira con el cuerpo tensado, poniendo todas sus energías.
Los niños de este pueblo son muy crueles; son auténticos verdugos para los que no conocen ni comprenden; se divierten burlándose de él cuando lo ven. Cuando salen de la escuela se llegan hasta su casa y si no está: tiran piedras a su puerta o escriben algún insulto que él borrará en silencio. No saben los críos que se ríen de aquello que temen: la indigencia.
Y ahí lo tiene: vestido como de fiesta. Se ha cortado la melena; se ha afeitado; lleva un traje completo, con camisa y con chaqueta… aunque ¡mire cómo le queda!, ¡cabría otro dentro! Se ha calzado y se ha calado un sombrero hasta las orejas.
Lleva así junto a la cancela desde muy temprano; todo el día sin moverse; como una piedra embreada. Y claro, al principio la gente lo miraba y se reía; luego le hicieron mofa. Anocheciendo, la plaza se fue quedando desierta. Pero al ver que continúa de la misma guisa, unos han vuelto a salir de sus casas y otros se asoman a las ventanas. Ni el cura ni el alcalde han podido disuadirle, ni con amenazas ni con promesas, para que vuelva a su madriguera. Nadie sabe qué le pasa; nadie entiende por qué tanta comedia.

Desde lejos miro al hombre. Tiene las piernas muy abiertas intentando afianzarse; los puños cerrados con fuerza; y la mirada muy alta sobre las ventanas de los curiosos y sobre sus tejados. Sin verlos.
El silencio se hace pesado y denso como la niebla. Inesperadamente me mira, luego baja la cabeza y doblando las rodillas cae sin fuerzas. Su sombrero rueda y su cara golpea sobre las piedras con crujir de huesos rotos. La sangre fluye empapando la tierra como una roja siembra. Por un momento todos quedan inmóviles y enseguida, poco a poco se van acercando, pero vuelven a alejarse con el espanto pintado en sus caras. El hombre está muerto.

Nadie pronuncia su nombre...
- ¿Cómo se llama? – pregunto.
Me miran, y nadie contesta.

M. R. Comas (Palma 1992 y corregido el 02-06-2009)

7 cinceladas:

Gabriel Frau dijo...

Ayer por la noche leí un par de veces tu escrito. Sobre las 6 de la mañana he vuelto a hacerlo. Y ahora lo he releído otra vez.

No voy a corregirte las expresiones, porque, aunque yo lo haría de otra forma, son tuyas, y eres tú quien las escribe. Están, así, perfectas. Tampoco voy a hacerlo con los signos de puntuación, pues aunque alguno clame a gritos un punto en vez de coma, o parecidos, siempre he creído que es el propio autor quien marca las pautas que cree oportunas. En cuanto a faltas de ortografía, aparte de un acento olvidado en el penúltimo "que" antes de dejar un espacio entre párrafos, no he encontrado nada más.

La historia es deliciosa. Me encanta tu manera de introducirnos en el tema. La ambientación está cuidadísima. Y el personaje de indigente, a pesar de lo ajado del mismo, me resulta interesante.

Pero... siempre he creído (y constatado varias veces) que soy de entendederas más bien cortitas. Necesito que me mastiquen un poco las cosas para entenderlas. Necesito más pistas para saber qué pretendes decirme con tu historia.

Si de lo que se trata es de imaginar, te voy a hacer una pregunta: ¿te espera a ti?

Marsa dijo...

Hola Gabriel, pienso que tus entendederas son perfectas. UNO quiere ser una historia de denuncia del rechazo a las diferencias, de la insensibilidad humana, de la soledad extrema de quien ha elegido un pueblo, comunidad pequeña donde la integración podría haber sido más natural y dispone el momento de su muerte en la plaza del pueblo, ante todos los vecinos como respuesta. Han contado con él cuando lo necesitaban y el resto del tiempo lo ignoraron, no sabían nada de su origen ni siquiera su nombre. Creo que existen demasiados seres humanos rodeados de personas que se sienten solos y marginados. Su muerte ante todos fue su última batalla.

Como dices, cada persona se expresa según su mismidad. Mi forma de decir, con mis palabras y mis gestos, sin ahondar mucho, es la que establece por una parte, las diferencias de genero que han dado lugar a poder hablar de una literatura femenina. Las diferencias de sexo generalmente conllevan diferencias en el cómo de muchas cosas. También por el barroquismo de mi cuna y de mis genes andaluces.

En cuanto a la puntuación sé que soy de pocos puntos y muchas comas, y no tengo la menor idea de por qué. Leeré este relato y me fijaré bien en este aspecto. Corregiré lo que descubra.

Con la ortografía, a veces me despisto y he de asegurarme con un diccionario y los acentos suelo colocarlos donde tocan, corregiré ese qué: "Nadie sabe qué le pasa
(...)"

No he entendido muy bien la frase tuya sobre el personaje:"a pesar de lo ajado", ¿te refieres a su aspecto o a cómo lo construyo?.

Nunca habían corregido un escrito mio tan minuciosamente y estoy muy contenta.

Muchas gracias Gabriel.

Marsa dijo...

Además, tu última pregunta tampoco la he entendido (¡ay mis entendederas!), "¿te espera a ti?" dices... ¿me espera qué?

Si me la aclaras podré contestarla.

Gabriel Frau dijo...

Si te espera a ti... no sé, siempre tiene que fluir en mí este halo romántico a lo "West side story", es decir, a lo ñoño, a lo "Romeo y Julieta". El personaje de tu relato se muere justo después de verte... ¿No puedes ser tú el desencadenante de su soledad, de su pena, de su vida rota?

Por otro lado, hay un par de cosas que no te comenté pero que al leerlas me resultaron contradictorias. La primera es que hablas del sin nombre como alguien que es puro nervio, y aludes a un buey. El buey es un animal con una fuerza brutal, pero sin ningún tipo de nervio. Normalmente están reñidos el nervio y la vigorosidad con la fuerza. La segunda es que, cuando el indigente cae, se rompe la cara contra las piedras y luego la sangre empapa la tierra. ¿En qué quedamos, cae sobre piedras o sobre tierra? Que sí, que ya sé que pueden haber piedras sobre la tierra, pero en el texto me resultó incongruente.

Marsa dijo...

¡Jajajajaja! Son dos observaciones muy divertidas. Cuando lo escribí me pareció que siendo un pueblo, podía haber canto rodado sobre la tierra, esas piedras que dejan crecer hierba entre ellas, además la frase "como una roja siembra" me pareció muy alegórica, con significado de que su muerte, así como estaba sucediendo, podía remover las conciencias de los vecinos, una lección para otros acontecimientos similares.

¿Era yo la que precipitó su muerte? jajaja. No creo, tal vez no transmití mi pensamiento, pero si el narrador recibe la información de uno del pueblo y al final pregunta por su nombre, deduzco que el narrador no conocía al muerto. Yo pienso, pero cada lector puede pensar lo que quiera (muchas veces un relato, o un cuento, puede tener tantas versiones como lectores, nos pasa también cuando varios ven un película, y al terminar hablan de ella y las interpretaciones son diferentes). Mi versión: aquel día el hombre se sintió morir, se aseó y vistió de aquella manera tan ridícula y se colocó en el centro de la plaza, dispuesto a reivindicar su pertenencia al grupo y socializar el último acto de su vida.

En cuanto a la descripción del personaje el narrador cuenta que le llaman para alguna tarea "que requiera fuerza (...)pues es un puro nervio PUNTO Como un buey, agacha la cabeza"... Explico dos cosas: el hombre ES un puro nervio y HACE como un buey, "agacha la cabeza, clava los talones en la arena..." NO dice que, como un buey sea un puro nervio.
A ver, un águila poderosa puede picotear el grano caído en el suelo como una gallina, y ¿que poder tiene una gallina?. Jajajaja

Muy divertida la cuestión.

Diegus dijo...

A mi también me pareció un asunto de enamoramiento sin medida. El cuento está bien, lo leí dos veces, no por obligación, por placer.
Ahora la crítica, en plan pragmático, práctico. ¿En serio se muere sólo por caerse al suelo? Es difícil de creer. Sobre todo por que lo describes como una fuerza de la naturaleza, como un puro nervio. Veamos, está junto a una cancela ¿no? ¿No podría tirarse desde algún lado? O si la muerte es por pura fuerza de voluntad, como podría ser tranquilamente, ¿no se podría indicar de algún modo?
Lo he leído otra vez, para asegurarme de que no lo indicabas en ningún lado. Un placer.

Marsa dijo...

Diegus, siento no haber contestado a tu cincelada, no lo he leido hasta hoy.

Creo que este cuento deja mucho a la fantasía del lector, tal vez haya narración entre líneas. Imagínate: por causas que desconocemos este hombre llega a un pueblo con una gran herida sicológica. Se busca la vida como puede porque no le gusta pedir. Los vecinos lo encuentran raro y lo rechazan (lo llaman para tareas que requieren fuerza), él necesita de todo lo material y desea pertenecer a un grupo (como todo ser humano).Vive pobremente y muy solo. Pasa el tiempo y esta situación no mejora; un día se siente morir (¿suicidio?: no se sabe. No se sabe casi nada de él, ni siquiera su nombre), y como respuesta a la indiferencia de todos en aquel tiempo, decide hacer de su muerte un espectáculo: se acerca a sus vecinos en su muerte, porque ellos no se le acercaron en vida. Tal vez quiso poner ante el pueblo su muerte, como una tragedia griega. Un acto de venganza y pérdida de su propia intimidad... ¡Yo qué sé, no estaba allí!

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