jueves, 28 de mayo de 2009

UNO

UNO


- Verá usted: dicen que salió del mar. Apareció de pronto en el pueblo sin que nadie supiera de donde venía ni cómo llegó hasta aquí. Como hacen los cangrejos ermitaños, buscó cobijo y se alojó en una casa abandonada; una auténtica ruina que encontró en el olivar; donde duerme sobre un lecho de algas secas. No sonríe y habla poco; de noche, como a las criaturas marinas, sólo le acompaña la luna.
Ya lo ve: delgado como una anguila; calcinado de tanto sol, que no parece le moleste y del que nunca se cobija; usted lo puede comprobar; en pleno día se tumba sobre una piedra y no se quema. No, el calor no le molesta.
Se alimenta de pescado y pequeños crustáceos que él mismo se procura y sólo bebe agua del torrente, eso sí, pura y fresca.
Va casi siempre descalzo, con el mismo y viejo pantalón sujeto a la cintura por una cuerda y una camisa sin botones.
A veces le llaman para algún trabajo que requiera fuerza: varar algún barco viejo; descargar la pesca cuando es abundante; cosas similares. Es un puro nervio. Hace como un buey: agacha la cabeza; clava los talones en la arena; tira con el cuerpo tensado, poniendo todas sus energías.
Los niños de este pueblo son muy crueles; son auténticos verdugos para los que no conocen ni comprenden; se divierten burlándose de él cuando lo ven. Cuando salen de la escuela se llegan hasta su casa y si no está: tiran piedras a su puerta o escriben algún insulto que él borrará en silencio. No saben los críos que se ríen de aquello que temen: la indigencia.
Y ahí lo tiene: vestido como de fiesta. Se ha cortado la melena; se ha afeitado; lleva un traje completo, con camisa y con chaqueta… aunque ¡mire cómo le queda!, ¡cabría otro dentro! Se ha calzado y se ha calado un sombrero hasta las orejas.
Lleva así junto a la cancela desde muy temprano; todo el día sin moverse; como una piedra embreada. Y claro, al principio la gente lo miraba y se reía; luego le hicieron mofa. Anocheciendo, la plaza se fue quedando desierta. Pero al ver que continúa de la misma guisa, unos han vuelto a salir de sus casas y otros se asoman a las ventanas. Ni el cura ni el alcalde han podido disuadirle, ni con amenazas ni con promesas, para que vuelva a su madriguera. Nadie sabe qué le pasa; nadie entiende por qué tanta comedia.

Desde lejos miro al hombre. Tiene las piernas muy abiertas intentando afianzarse; los puños cerrados con fuerza; y la mirada muy alta sobre las ventanas de los curiosos y sobre sus tejados. Sin verlos.
El silencio se hace pesado y denso como la niebla. Inesperadamente me mira, luego baja la cabeza y doblando las rodillas cae sin fuerzas. Su sombrero rueda y su cara golpea sobre las piedras con crujir de huesos rotos. La sangre fluye empapando la tierra como una roja siembra. Por un momento todos quedan inmóviles y enseguida, poco a poco se van acercando, pero vuelven a alejarse con el espanto pintado en sus caras. El hombre está muerto.

Nadie pronuncia su nombre...
- ¿Cómo se llama? – pregunto.
Me miran, y nadie contesta.

M. R. Comas (Palma 1992 y corregido el 02-06-2009)

sábado, 23 de mayo de 2009

Memoria

Afila la memoria, rapaz, escucha en calma,
recuerda los momentos vividos en la plaza,
alzaste la bandera vibrante de victoria,
hiciste gestos regios y alardes arrogantes.

Victoria es una diosa que mira con dos caras,
si no lo ves ahora, recuérdalo mañana.
Recuerda, por los dioses, porque tu trayectoria
no sea la del vano y cegato petulante.

¿Recuerdas el momento en que no sabías nada,
aquel en que la lucha seguía equilibrada,
aquel en que no existen el cielo ni la gloria?
Tú conjuraste el miedo huyendo hacia delante.

Recuerda a aquel soldado de lúgubre mirada,
el que en aquel instante tenía en paz el alma,
que sustentó tu fuego, que fue tu palmatoria
y que dio forma y fruto a tu furia extravagante.

Recuerda, por los dioses, idiota, o te nos marchas
a Elíseos estúpidos forrados de medallas
en donde los mendrugos escriben nuestra historia
con cínicas mentiras y sucia propaganda.



Bueno, esta es mi presentación. Leyendo el relato "Por las calles" me salió esto. Vengo siguiendo una fila de miguitas de pan que dejó Oniria en uno de sus espacios de la red, jaja y me ha llevado aquí. Lo menos que puede decirse de este blog es que provoca... cosas buenas. ¡Salud!

Mi batalla

En ocasiones, sobre todo cuando la lluvia y el frío hacen su aparición de repente, sin previo aviso, me siento como una vieja casa abandonada, con el continente hecho trizas y el contenido saqueado.


En las vitrinas llenas de polvo pueden verse los restos de mi naufragio: un candelabro de plata vieja sin velas, el jarrón azul quebrado, una caja de madera con cartas de amor desordenadas, flores prensadas entre las hojas de los libros y fotos antiguas olvidadas en los cajones.


Tengo pendiente rellenar mi hoja de ruta. Siempre pienso que los lunes no son el mejor día para tamaña empresa. Es preferible comenzar una nueva vida cualquier martes. El próximo martes sin falta encontraré el equilibrio entre lo que debo hacer y lo que quiero hacer, sin que me arrastre la corriente o me paralice el remordimiento. Comenzaré haciendo ejercicio a diario, comiendo de forma más equilibrada, durmiendo ocho horas, dejando definitivamente de fumar y, quizás, hasta me atreva a decirle que le amo.


Llevo en los bolsillos versos de mis poetas preferidos para leerlos en los momentos de mayor desánimo; piedras que recogí del río como amuletos para atraer la buena suerte; jirones de nubes con formas extrañas; y mi colección de instantes mágicos para aliviar mis días grises.


Algunas veces salgo de mi fatigado cuerpo para observar mis sueños no cumplidos desde arriba, mientras abajo, agarrados a la silueta de mi otro yo, me hacen burla mis inseguridades y mis miedos.


Mi corazón es un titiritero que se cuelga de la lámpara y baila por los tejados cuando la melancolía me atrapa sin posibilidad de escapatoria. Esa melancolía propia  de los músicos callejeros o de los que acudimos solos a ver películas a la filmoteca.


A veces no puedo evitar preguntarme en qué vuelta del camino se quedó la mujer luchadora que yo era, aquella que tenía la convicción que con sólo desear intensamente que sus sueños se cumpliesen era suficiente para que empezasen a hacerse realidad. Quizás esa  mujer nunca llegó a perderse, siempre estuvo aquí a mi lado, pero yo prefería interpretar el papel de víctima.

 

Ahora, que el sol y la primavera lo invanden todo, estoy encontrando nuevas fuerzas en mí, que tal vez siempre tuve, pero que no conocía porque hasta ahora no me ha visto en la necesidad de utilizarlas. Gandhi dijo: “No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna”. Y es esa libertad interna a la que me refiero, ser dueño de todos tus pensamientos y de todas tus acciones te hace libre. A pesar de mis naufragios, mis desilusiones, mis justificaciones o mis deudas me siento dueña de mi destino, de la tierra que piso, de mi futuro y, sobre todo, de mi propia e irrevocable libertad.

viernes, 22 de mayo de 2009

SOLO UNA MUJER

Yo no soy más que una mujer. Durante toda mi vida me he dedicado a esas cosas que dicen que son de mujeres. Nací y me crié obedeciendo, con más o menos gusto, las normas de la sociedad y la familia. Y así ha transcurrido mi vida.

Y ahora que parece que el mundo se ha vuelto loco y desea destruirse por completo, sigo siendo sólo una mujer y por ello debo asumir que vendrán y me arrebatarán mis hijos, sin una explicación, o bajo la excusa de que son necesarios a la Patria. Como siempre, nadie me preguntará si me son necesarios a mí, o simplemente si no deseo verlos caminar hacia la muerte o verlos volver destrozados anímica y físicamente.

Hijos que nacieron por que los deseamos y nunca nadie vino a preguntar si eran felices, si tenían lo necesario o si había algo que ellos desearan. Cualquier desdicha o preocupación fue siempre nuestra. También la felicidad de sus alegrías.

Y ahora vivo pendiente del telegrama que tal vez me avise de que han muerto, y pienso en su sufrimiento matando y pudiendo morir cada minuto. Y aún yo tengo suerte, porque conservo algunas de las cosas que nos son necesarias: comida y ropa y calor relativo en la casa; ellos pasarán hambre y frío y sobre todo su corazón morirá poco a poco viendo sufrir a otros que, como ellos, se ven obligados a matar por no morir. Pero sé de muchas otras mujeres que han de mendigar por el alimento para ellas y los ancianos a su cargo, que han de improvisar refugio y calor como buenamente pueden, y, por desgracia, algunas incluso han de perder su vergüenza para conseguir lo necesario; nadie se preocupa de los que se quedan, de los que viven en el desorden, de los que corren por la noche cuando el cielo se incendia.

Yo no soy más que una mujer que ha visto partir a sus hijos, esos que aún no eran más que niños, llenos de ardor patriótico exacerbado, enviados por los que dan órdenes desde sus cómodos despachos, y luego cuelgan medallas en los pechos de los familiares que lloran a sus muertos, como premio por una acción heróica.

Cuando los vi subidos en lo alto del edificio ondeando la bandera, triunfantes, llenos de gozo por la batalla ganada, pensé en su ceguera y su inocencia. Yo, precisamente porque solo soy una mujer, no me sentía victoriosa, ni tenía sensación de haber ganado nada. Solo pensaba en las miles de madres que, en ese instante, lloraban la ausencia eterna de sus hijos, en uno y otro bando, y pensaba en cuánto y en qué cambiaría el mundo para que costara un precio tan caro.

Pero yo, no soy más que una mujer. Y de guerras y muertes no entiendo nada, como no sea para llorar por las vidas que solo fueron utilizadas como carnaza por la ambición de unos pocos, esos que siempre desean más.

Rosg. Zara_x

miércoles, 20 de mayo de 2009

Currículum para la Paz.

Cuando era muy crío, en aquellos tiempos en que recibíamos ayudas lácteas de los americanos (a cambio de prestarles las bases que todos conocemos), cuando el régimen franquista iniciaba sus últimos años de vida y un cantante loco nos anticipaba un relato pacifista bajo el título de “La huerta atómica”, era una costumbre de mi colegio la de celebrar el fin de curso mediante una serie de tablas gimnásticas para goce y babeo de madres y padres varios y orgullo docente de profesores y maestros. Evidentemente, como no podía ser de otra manera (Dios nos librara de mariconadas tales), las tablas de gimnasia aderezadas con algún que otro paso de ballet eran ejecutadas por las niñas de la clase. Para los niños, los varones, el orgullo patrio, la cúspide de la pirámide machista, estaba reservado el cenit del espectáculo infantil: el desfile.

Ataviados con camisetita blanca y pantaloncitos cortos azul marino, los niños ensayábamos durante semanas un símil de desfile militar, con su firmes y su descansen y su derecha e izquierda y su vista al frente, y aquellas bambas azules de puntera blanca que llevábamos en las clases de deporte. Practicábamos con mangos de escobas, para cambiarlos, sólo el día del desfile, por los fusiles de juguete que nos dejaban los Reyes Magos para emule de John Wayne y similares.

Aquel año me eligieron a mí para ser el capitán de las valerosas tropas de artillería del colegio de mi pueblo. Los altos mandos de mi escuela (sobre todo la Madre Superiora y mi tía Sor Isabel) habían apostado por mí para convertirme en el capitán Plutarquete. Y este nombramiento aparejaba una ardua, bravía y, sin duda, valiente tarea: recitar de memoria un discurso militar elaborado para tan castrense ocasión. Y ello debía hacerlo ante mis tropas, mis valerosos soldados, ante los padres, las madres, los maestros… ante mi primo, que se consumía de envidia por no ser él el capitán del más grande de los ejércitos. “-Soldados, amad a España y obedeced a España, jurando con atención su bandera; respetad y obedeced siempre a vuestros jefes…”

Imagino a mi padre recomponiéndose, orgulloso, en su asiento; a mi madre disimulando, con el pañuelo, esa lagrimilla intrusa que siempre aparece en las escenas con carga emotiva; a las monjitas sacando fotos para venderlas luego a los gozosos padres; a Don Francisco, el entrañable curita de mi pueblo que durante tantos años me tuvo de monaguillo, sonriendo feliz con su vieja sotana negra… Eran ilusos tiempos de gloria, sueños de grandeza… de un chaval de cinco años.

Con el paso de los años, y muy a mi pesar, me nombraron cabo del ejército español, cabo de la batería Regimental del Regimiento Mixto de Artillería Palma 91 (esos ascensos que otorgan a los reclutas forzosos para delegar en ellos el mando de tropa), título glorioso de la mili que a punto estuvieron de quitarme cuando, a la pregunta de un alférez chusquero, orgulloso por haberme presentado voluntario en un servicio de extinción de incendios forestales (entiéndase por pregunta: “-Cabo, si en vez de ser un incendio hubiera sido una guerra, ¿se hubiera presentado usted voluntario?”), contesté con una frase de aquel loco de "La huerta atómica" que reza: “-Si me lo preguntan, les diré que hagan la guerra sin mí”.

Atrás quedaron mis cinco añitos, ahora… soy un voluntario de la paz.

Cuando pugnaba, junto a otros actores, por consolidar mi carrera teatral, escribiendo e interpretando obras que forman parte de mi auténtica historia, un día cualquiera nos visitaron dos locos encantadores que respondían a los nombres de Gioia y Richard, un peculiar matrimonio, curioso y extravagante, que nos expusieron una idea tan original como platónica: fundar una Universidad para la Paz. Su idea se resumía en un plan de estudios tan sencillo como maravilloso: basar toda la historia de la humanidad en la paz, pautar las efemérides sociales e históricas en hechos de paz, nunca esquematizar el pasado o el presente como siempre se ha hecho: en base a las guerras y a las grandes catástrofes.

Aquellos grandes proyectos jamás pasaron más allá de los cajones de los escritorios de los políticos en uso, pero la singular pareja jamás se dio por vencida, y organizaron fiestas y eventos varios con un solo fin: ir formando un Currículum para la Paz.

Gioia y Richard encontraron un grupo de teatro abierto a sus ideales, ilusionados por participar en este Currículum, por escribir unas letras en este imaginario libro que queríamos hacer grande. Y así, en una noche de verbena, en medio de la actuación de algunos grupos musicales, disfrazados de soldados y guerreros de distintas épocas, empuñando fusiles y blandiendo puñales, espadas y algún tridente, tomamos al asalto la Plaza Mayor de la ciudad, primero disparando a traición a la población civil, para pasar, después, al arresto de las autoridades del sitio. El capitán Plutarquete volvía a la carga. Pero no encontramos resistencia en las tropas locales, y, aburridos, no podíamos olvidar que éramos soldados ávidos de acción, empezamos a luchar entre nosotros: disparos, cuerpo a cuerpo, fusilamientos… degollamientos.

De pronto, un combatiente, cansado y horrorizado, decidió sentarse y encender una hoguera. Un enemigo, extrañado, se acercó, y al calor de la lumbre se sentó junto al soldado sacando una botella de vino de su mochila. Otro guerrero se acercó a la pareja de enemigos, y al ver que no había peligro, tirando su fusil al fuego, extrajo un trozo de pan que ofreció a los sentados. Lentamente se fueron acercando todos los combatientes, y fueron echando sus armas al fuego. Y al haber liberado sus manos de los artefactos de matar, las utilizaron para compartir sus humildes manjares con todos los demás. Las autoridades fueron liberadas, y las gentes del pueblo fueron invitadas a compartir nuestro pan y nuestro vino.

Escribimos otras páginas del Currículum. El recluta Plutarquete, nombrado cabo en la mili y capitán en el cole, fue encumbrado en la ficción teatral hasta el cargo de ministro de defensa. Fue una obra de teatro realizada a base de sketchs, en la que me disfrazaba de Narcís Serra, en una divertida parodia de cuando veraneaba en Mallorca y se escondió debajo de la mesa de un restaurante al oír el estruendo de unos petardos verbeneros, sin duda creyéndose víctima de algún atentado. La obra se cerraba cantando todos, entrelazadas las manos y repartiendo brotes de olivo y paz al público.

Los sueños de grandeza del capitán escolar han cambiado. La vida, la sociedad, la puta realidad, me han cambiado. Un día soñé con ser el capitán de todos los ejércitos. Hoy sueño… que no hay ejércitos. Hoy sueño que todas las armas de la tierra se quemaron en aquel fuego que encendimos en aquella Plaza Mayor. Hoy sueño que Bagdad sigue siendo el de las mil y una noches, que en Nueva York no existe zona cero, que Madrid tiene 190 ciudadanos más, que Londres nunca tuvo un atentado en el metro... Hoy sueño que de la ETA, del GRAPO, del IRA, de Al-Qaida, del MKO y de tantos grupos terroristas, bandas paramilitares, entidades armadas, ejércitos USA, artilleros españoles, COES, la legión, Napoleón, Jhon Wayne, capitanes Plutarquete y otros tantos, sólo resta una breve reseña en los libros de historia de una Universidad por la Paz. Hoy sueño que estos mismos libros de historia, lejos de glosar las guerras mundiales, lejos de hablar de nuestra fratricida guerra civil, lejos de elucidar las gestas del Mio Cid, lejos de aclararnos la historia de la Armada Invencible, nos presentan al político que hizo historia: aquel que pionero fue de la reconversión del presupuesto militar en ayuda al tercer mundo. Hoy sueño que después del último mohicano existe un apartado para el último terrorista.

Hoy siento que aquello que hice (hicimos) para elaborar el Currículum para la Paz, suple con creces mis servicios como capitán de un ejército imaginario. Hoy siento que aquel día metido en el fuego forestal que quemó mis galones de cabo, suple los desfiles y las guardias que hice vestido de soldadito. Pero también siento que no es suficiente. Siento que debo hacer más cosas por la paz, y siento que debo involucrar a más gente para seguir incrementando este utópico e iluso Currículum que un día, quizás no muy lejano, debe servir de cartilla a nuestros párvulos, de enciclopedia a nuestros bachilleres, y de oración a todos nosotros. Debemos todos participar en aquel sueño de dos locos encantadores: Gioia y Richard.

Hoy, la cicatriz que estos hijos de puta se han dedicado a grabarme a fuego lento en mi corazón, está sangrando. Y ésta, mi sangre, se une a la de las víctimas de los vencedores y a las de los vencidos en una guerra de la que ni se sabe qué bandera va enarbolarse mañana. Porque aunque puedo ver la imagen enarbolando una bandera, me imagino que la están quitando para echarla al fuego de la plaza con el resto de las armas. No más banderas. No a la guerra. No al terror.

-Si me lo preguntan, mi alférez, les diré que hagan la guerra sin mí.

...he caminado por senderos desolados con los voluntarios de la paz…

¿Qué recibió la mujer del soldado?

¿Qué recibió la mujer del soldado?


¿Qué recibió la mujer del soldado
desde Praga, la vieja capital?
De Praga recibió un par de zapatos,
un saludo y zapatos de tacón.
Eso de Praga recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
de Varsovia, cruzada por el Vístula?
Recibió de Varsovia una camisa
de lino con un hermoso color.
Eso de Varsovia recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
desde Oslo, bañada por el Sund?
De Oslo recibió un cuello de piel,
un buen regalo de Oslo recibió.
Eso de Oslo recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
de la rica ciudad de Rotterdam?
Un hermoso sombrero recibió
¡y qué bien sienta un sombrero holandés!
Eso de Holanda recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
desde Bruselas, la bella ciudad?
De Bruselas, preciosos encajes,
lo que toda mujer siempre soñó.
Eso de Bruselas recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
desde París, la ciudad de la luz?
Un vestido de seda recibió
-¡qué envidia sus amigas!- de París.
Eso de París recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
desde Trípoli, en la Libia lejana?
De Libia, una cadena y amuletos,
la cadena de cobre recibió.
Eso de Libia recibió.

¿Qué recibió la mujer del soldado
desde Rusia, el país interminable?
El velo de viuda recibió
de Rusia para ir al funeral.
Eso de Rusia recibió.

(De Schweyk en la Segunda Guerra
Mundial, 1942)

(lo supongo conocido. Pero por si acaso ...)

Pero la historia nada nos contó

—¡Como me pesa esta bandera, cargada de sangre y de libertad! Pero he de mantenerla izada al viento, que todos vean que por fin la libertad llegó a nuestro país, que hoy es día de gloria —pensaba Yuri mientras sus ya pocas fuerzas aun mantenían en alto aquel símbolo de una revolución que después de tres años de guerra fraticida, se había impuesto al totalitarismo capitalista del zar para, en pocos años, pasar al totalitarismo de un régimen dirigido por personas como él, sin ambiciones, sin deseos de poder pero que, una vez al mando, comprobarían que la única forma de controlar un país de las dimensiones del suyo era con la fuerza.
¡Sí, Yuri, todo aquel esfuerzo, toda aquella sangre vertida, todas aquellas muertes innecesarias, toda aquella destrucción, solo llevaban a cambiar las personas que ocupaban el poder! Aun es pronto para saberlo pero cuando lo descubras tendrás que tomar otra muy difícil decisión.
Y la mente de Yuri recordó. Recordó aquellos meses viviendo a escondidas, preparando una revolución necesaria, justificada, justa y oportuna. Y no pudo evitar que el recuerdo de Alexei, su gran amigo, su compañero de andanzas políticas, volviese en esos momentos a su mente; y el recuerdo le dio las fuerzas que necesitaba para levantar con mayor fuerza el mástil de la bandera de la libertad y agitándola al viento de la nueva república, hacer que todos la admirasen y a sus mente volviese la memoria del camarada que una bala equivocada le quitó la vida que la revolución necesitaba. En sus brazos murió, pidiéndole que nunca perdiese el norte de aquel levantamiento, que nunca fuese infiel a sus juramentos de entrega por el país, por el pueblo, por la justicia y, olvidándose del embriagador aroma de la victoria, se sumió en la pena de la pérdida de su único y gran amigo.
De sus ojos brotaron lágrimas de tristeza, justo en el momento en el que aquellas lágrimas deberían haber sido de desbordante alegría. Y su mente nunca lo pudo entender.
Luego llegó la toma del poder, la realidad, y un nuevo totalitarismo, aunque con diferente sentido político. Pero la historio nada nos contó.

martes, 19 de mayo de 2009

Derrota

– Hemos de asumir la situación – dice, a mi espalda. Yo continúo mirando por la ventana. ¿Para qué voy a volverme? En la consulta todo es tan blanco, tan luminoso y pulcro, que las luces consiguen anular cualquier resquicio de detalle. ¡Como si eso fuera una virtud…! La vida es suciedad; la vida es arruga, es polución, sangre, vómito y mugre. Cada vez que vengo, tengo la impresión de que aquí no hay nada vivo. Ni gérmenes, ni ese médico, ni yo...

Y, fuera, llueve sobre mayo.

Pongo la mano en el cristal, intentando alcanzar la ciudad borrosa, gris, que diviso al otro lado. Lo siento frío, duro, suave. No se ve, pero está. Es una barrera infranqueable No me permite tocar el mundo.

– Adela, ¿me escucha? – pregunta el médico – Lamento mucho tener que decirlo, pero negar la realidad nunca trae ninguna ventaja, como nos dicta la experiencia. Tiene que aceptar la situación, asumir el fracaso del tratamiento, y...

– ¿Cuánto?

No pide aclaraciones. Sabe de inmediato a qué me estoy refiriendo. Normal. No hay pregunta más importante, en todo el universo, en este mismo momento.

– Unos tres meses – se da cuenta de que sonrío – Lo sé, lo sé, irónico, y tremendamente injusto… Es poco probable que pueda estar presente en la celebración oficial. De verdad que lo lamento. Yo soy un patriota, un soldado a mi manera, y usted ha hecho mucho por todos nosotros. Tras tanto luchar por la revolución, tras arriesgar la vida tantas veces en nombre de la causa, ahora que hemos conseguido la victoria, que hubiera debido cosechar el fruto de ese esfuerzo… – un segundo de silencio. Qué alivio. Agradezco que comparta mi desolación, pero no quiero oírle, y él no puede alcanzarme, aquí, donde estoy. Me siento como debió sentirse Moisés. Esa ciudad borrosa que se burla de mí a través del cristal, rota por la guerra, engalanada por la esperanza, es la Tierra Prometida. Y yo no podré disfrutarla – De verdad que lo siento. La ciencia ha hecho todo lo humanamente posible, pero… la enfermedad nos ha derrotado. Aunque, si seguimos el tratamiento, es posible que ganemos otros tres meses, no con la misma calidad de vida, claro, pero…

Ya no le escucho más. ¿Para qué? Ha llegado el tiempo de las mentiras piadosas, farragoso terreno en el que no quiero perderme. Me da igual, todo me da igual.

Pienso, con cierta sorpresa, que es curioso, ya no dejaré de sentir, en ningún momento, esta presión en el pecho, este miedo, este pánico total, esta angustia que se desliza venenosamente, reptando por mis venas. En otras épocas no lo sentí, en otras épocas ni siquiera se me ocurrió pensar cómo sería sentirse así, imaginar que alguien pudiera estar tan asustado. Tanto. ¿Tanto? No. Nunca, ni en las barricadas, ni en el frente, cuando vivíamos en un paisaje convulso de explosiones y fuego, y la muerte silbaba burlonamente a nuestro paso, sentí tanto miedo.

Los males que vienen de fuera provocan menos impresión. Pocas veces son una certeza, y siempre cabe la opción de escapar.

Pero no puedes huir de tu propio cuerpo.

Llueve sobre mayo, mi último mayo. Mayo, que se me escapa de entre los dedos, al otro lado de este cristal.

Tres meses. Toda una vida…

domingo, 10 de mayo de 2009

Una historia entre muchas

-Esto no te sacará de ésta ¿Lo sabes?

En una oscura habitación, dos individuos se miran cara a cara. Uno arrodillado y con los brazos en cruz, ensangrentado y, sin embargo, arrogante. El otro, con la cara tapada por un pasamontañas, firme, con las piernas abiertas, lo apunta con una Schwistz, de corto cañón, pero gran alcance. La última innovación de los amigos del régimen. Sólo se pueden ver sus ojos, de color azul eléctrico, brillando en la oscuridad de su atuendo.

-¡Cállate!- ruge con voz amortiguada-No tienes ni puta idea de lo que estás hablando- el nerviosismo se apodera de la figura, que comienza a temblar ligeramente al tiempo que aparta su vista del reo. Lleva su diestra a la sien mientras con la izquierda sigue apuntando al hombre de manera precaria.

-Sé lo que veo- su sonrisa se deja ver entre sus dientes teñidos en rojo- Y lo que veo es un muchacho inseguro que aún ni siquiera tiene voz de hombre. Un chico que juega con un arma que no puede comprender, alguien que quiere esconderse detrás de un pasamontañas y unas lentillas ridículas- el muchacho se vuelve a mirarlo de nuevo, con ojos escandalizados. La risa del hombre se acentúa aún más- Lo que veo es alguien que se esconde del régimen haciéndose pasar por uno de ellos.

-¡He dicho que te calles!- grita el muchacho, acercándose un paso a su interlocutor- Puede que pienses que no entiendo esta pistola, pero- amartilla el arma, y la apunta directamente a la cabeza del hombre- estás muy equivocado.

-¿Y tienes la suficiente sangre fría para matarme? No creo

-Tú no tienes ni puta idea- repite- de lo que yo soy capaz. Ten por seguro que te mataré.

-Chico, yo puedo ayudarte- dice, algo menos seguro de sí mismo- Somos contrarios al régimen y debemos estar juntos ¿no lo entiendes?- lleva una mano a su pecho, lentamente, sin llegar a tocarse- Puedes confiar en mí.

-¿Confiar en ti?- escupe con desprecio antes de echarse a reír. Es una risa cristalina y ligeramente desequilibrada. Se lleva la mano a la cara y le tira algo al regazo: las lentillas. El hombre puede ver ahora sus ojos negros- ¿Confiar en ti?- repite mientras se quita el pasamontañas y deja que su melena oscura caiga en cascada sobre sus hombros- ¿Y por qué extraña razón crees que debería confiar en ti?

-Tú- murmura el hombre observando con sorpresa la mujer ante él.

-¿Creíste que te habías librado de mí?¿Crees que huyo del régimen?- su carcajada se oye sonora por toda la habitación- Estoy en contra de esta guerra. Estoy en contra de ellos. Estoy en contra vuestra. Pero, sobre todo- hace una pausa y sonríe- estoy en contra tuya- dispara a una pierna y el hombre chilla encogiéndose sobre la herida- Estoy en contra de los que utilizan su título de soldados para robar y violar- dispara de nuevo, esta vez a un hombro, mientras se acerca unos pasos, acompasados por los gritos y sollozos del hombre que repta intentando alejarse de ella- Estoy en contra de los cabrones que entran en mi casa y matan a toda mi familia después de profanar sus cuerpos- saca un cuchillo de monte de su bota y le clava el brazo que aún tiene sano a la viga de madera sobre la que se recuesta, apoyando el cañón del arma en su garganta, justo debajo del mentón- y pretenden hacer lo mismo conmigo.

-No, no... - ruega el hombre, lloroso y débil.

-Pero no morí- ríe mientras juguetea con el pelo sucio del hombre- No conseguiste acabar conmigo y ahora, te vas a arrepentir.

-¡No, por favor!- el pánico tiñe su voz y nota cómo su vejiga se vacía en sus pantalones. En todo el tiempo que había estado luchando, nunca había sentido tan cerca la muerte.

Ella observa divertida el desahogo de su prisionero y le da una pequeña palmada en la mejilla.

-Tsk, tsk, tsk... Chico malo...- una pequeña risita escapa a sus labios- ¿No te dijo tu madre que no debes hacerte pis encima?

Aún se puede escuchar un sollozo ahogado, junto a un balbuceante “No, no por favor, lo siento” antes de que el sonido del disparo llene el aire, ahogando todos los demás.

Después, una risa febril y enloquecida y un segundo disparo.

Y el silencio.

Por las calles

Nos dijeron que aguantásemos en la barricada, que los rusos no llegarían hasta la posición. Nuestro cabo insistió en la defensa a toda costa: que la posición era fuerte y nada podría con ella. No nos dijo nada de un tanque apuntándonos. En el primer disparo cayó. Lo tuve delante, con su cara inexpresiva frente a la mía. Al segundo disparo todo cambió, mis oídos dejaron de oír y el montón de sacos donde me resguardaba saltaron dejándome la visión del grupo de asalto abalanzándose disparando con sus metralletas. Salí corriendo, sin mirar atrás.

Corría de un lado de la calle a otro. El pelotón donde me asignaron había caído, y los pocos que sobrevivimos a los disparos del tanque nos dispersamos entre las calles protegidas por la barricada. Hui, no miré quién de mis compañeros aún quedaban en pie, sólo reaccioné a recoger el fusil y el casco y salir corriendo. Tras de mí, los disparos de las ametralladoras me silbaban en los oídos y las balas se incrustaban en las paredes de los edificios. Tuve suerte de no resultar herido, aun sintiendo las esquirlas del cemento golpeándome en la cara. Al terminar la calle me libré por completo del grupo de asalto, pero el ruido era ensordecedor y no sabía por dónde correr.

Desde la mañana las calles estaban completamente vacías, los pocos habitantes de los edificios se escondían en los refugios antiaéreos; mis padres también, o por lo menos eso me dijo el cabo, cuando pregunté por ellos. Tenía miedo, corría de una puerta a otra, intentando encontrar alguna abierta donde cobijarme. Los pocos edificios en mediano estado las tenían cerradas y los otros daba igual: nos dijeron que no sería seguro refugiarse en ellos. El día anterior un compañero intentó guarecerse durante el bombardeo en un edificio medio derruido. Él aseguraba que los aviones no malgastarían sus bombas apuntando a un lugar en ruinas, en contra de los reiterados sermones del cabo, que conseguía la atención con un vergonzoso tirón de orejas. Las bombas no cayeron sobre él, pero el edificio terminó derrumbándose por las sacudidas de las caídas en los alrededores.

Tenía sed y no me quedaba agua. Por las calles del este empezaron a aparecer los rojos. Me escondí en un pequeño portal, intentando que los rusos al principio de la calle no me viesen. Dispararon a una puerta y entraron en la casa. Sabíamos que asaltarían casa por casa, matando a los viejos y tullidos y violando a las mujeres: les daba igual que fuesen niñas que viejas. Yo aproveché mientras estaban entretenidos para salir corriendo en otra dirección. Llegué exhausto hasta la gran vía que daba al Reichstag; al fondo, los comunistas enarbolaban la bandera roja y los tanques se exhibían a uno y otro lado de la avenida. No parecía que quedase nadie. Me dejé caer apoyado en la pared, sentándome con las rodillas recogidas hacia el pecho. Me tapé los oídos para no oír el estruendo de las bombas y el afilado corte del aire de las balas. Entonces miré mi fusil en el suelo y lo cogí. Lo coloqué entre las piernas, con el cañón apoyándose en la pequeña nuez, empujando tan fuerte que sentí la falta de aire. Llevé el dedo hasta el gatillo acariciándolo suavemente, como el cabo nos había dicho, y apretando los párpados cerrados pensé: ¡dispara con todas tus fuerzas!.

Sentí un golpe seco en la mandíbula, el cañón me empujó la barbilla hacia arriba y choqué la cabeza contra la pared. Abrí los ojos y observé a un viejo gritándome con mi fusil en su mano. Me cogió del abrigo y tiró con vigor levantándome casi en peso; no es que necesitara mucha vitalidad para enviarme de un empujón a la otra orilla de la calle; durante quince días apenas habíamos comido algo decente y mi altura no llegaba a la media de los jóvenes de mi edad. Me llevó hasta una puerta abierta y nos introdujimos en el interior. Tenía un sótano alejado de la entrada y los muros parecían fuertes; las bombas resonaban débilmente en su interior, se notaba que lo habían preparado.

Al entrar, vi muchas personas, la mayoría mujeres, entre jóvenes niñas y ancianas; también había hombres y jóvenes como yo. Me empujó a un rincón, junto a una anciana. De repente se oyó una algarabía en la entrada: ruidos, disparos y gritos. La vieja me agarró y empezó a quitarme el abrigo y el uniforme, los tiró y me recogió entre los brazos. En la puerta el anciano, que me había levantado, alzó las manos balbuceando algo que apenas logré entender, se apartó y un sargento ruso entró, nos apuntó con su revólver y miró en derredor. La escasa luz que iluminaba el sótano daba sobrada cuenta de cuantos estábamos recluidos. Lo miré fijamente mientras notaba los brazos de la anciana que me acurrucaban en su regazo. No experimenté miedo, no sabía que estaba diciendo, y, aún así, no sentí miedo. El sargento hizo entrar un soldado con un fusil y se retiró. El soldado era de la edad de mi hermano, que poco tiempo atrás habíamos enterrado. Como él, lucía un imberbe rostro y aires de gallardía; aunque parecía más asustado que nosotros.

Durante un momento el techo dejó de temblar, los voces de los pisos superiores dejaron de entrar por la puerta del sótano y el ruido de la balas dejó de oírse en mi cabeza; se hizo un silencio sepulcral y, entonces, me dormí.

Vacía victoria.


Observo la ciudad desde la cornisa de uno de sus edificios más altos. Hay algunas ventanas iluminadas. Algún insomne, algún madrugador. El tráfico no ha parado de fluir por las venas de este gran animal que nunca duerme. Apenas llegan ya sonidos de sirenas. El aire viciado de finales de julio se da un respiro en forma de suave brisa.


– ¡Ah, estás ahí!

– Míralos, duermen como niños. La mayoría no sabrá nunca que han estado a punto de desaparecer.

– Pero tú nos salvaste a todos, ¿no es cierto?, y esta vez parece que para siempre. Los chicos de la central estarán bastante ocupados las próximas noches rematando el trabajo, pero tú te has ganado unas vacaciones. ¡Alegra esa cara hombre!

– De verdad crees que todo ha terminado.

– Bueno, ya sabes, hasta Audrey Hepburn se limpiaba el culo. Y, aunque nunca va mal tener un héroe vigilando, creo que nos apañaremos una temporada sin ti.

– Siento que si me voy no volveré. Y en cierto modo no estoy seguro de haber terminado mi tarea.

– En serio. Has cumplido con tu deber más de lo que nadie podría pedirte jamás y más de lo que sabrán agradecerte. Estamos en deuda contigo. Solamente espero que hayamos sido merecedores de tu esfuerzo.


No contesto. En breve amanecerá y todos volverán a sus vidas como si nada hubiera ocurrido. Scott me tiende la mano como despedida, aunque algo le dice en su interior que esto no será un adiós definitivo. Mañana será un nuevo día. Esperanza, es lo que nos queda tras la victoria. Tal vez comiencen a creer en sí mismos de nuevo. Tal vez no vuelvan a necesitarme más. Así sea.


– He de marcharme. Ya no me queda nada más que hacer por aquí. Cuida de ellos.

– Lo haré.


Ahora podré ser uno más, anónimo y pequeño. Debería sentirme en paz. Mi labor ha terminado, si bien no puedo dejar de añadir un suspicaz, de momento…

jueves, 7 de mayo de 2009

Tema de mayo '09: Última batalla

Mes de mayo: mes de flores y también mes de revoluciones. Sea esta imagen, estímulo evocador para mil palabras o las que surgan, el tema del mes.


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Tomadla como si hubiérais entrado al despacho del loquero quien os ha sacado unas cartulinas con foto para que largéis. Hablad del Reichstag en 1945 o de los destrozos del alma despues de una derrota, cualquier derrota. Comparadla con la foto de Iwojima del mismo año. O fijaos en el paisaje desolado al fondo, abajo, como si fuera una ilustración del reino de Mordor (Tolkien no andaba lejos de aquí cuando escribió lo suyo). Victoria, derrota, desolación, renacer, esperanza, desasosiego, revolución, sumisión, o cualquier imagen que la fotografía traiga a vuestras seseras pasadas al formato escrito.

viernes, 1 de mayo de 2009

Sobre las etiquetas

No caí en el uso de las etiquetas para con los relatos. Bien, me gustaría proponeros lo siguiente:

1 .- Las etiquetas entre corchetes las usaré para temas de administración, por favor dejadlas estar.

2 .- Entre comillas habrá una etiqueta para identificar el tema de cada mes (el de este lo he venido a llamar "Última batalla", si se os ocurre algo mejor me lo comentáis).

3 .- Además de la etiqueta del tema correspondiente usad "Libre de culpa" si queréis subir un relato fuera de tema, o "Consagrados" para etiquetar citas o textos de autores que pongáis a modo de ejemplo (recordad citar autor y obra, y que os hacéis responsables de la cita, no nos vayan a encalomar alguna multa o acusación de plagio)

4 .- Añadid las que creáis necesarias de entre las que existan o creando nuevas, para definir vuestro relato (preferiblemente no más de cuatro o cinco).


Otra cosa, he puesto una encuesta con cuatro temas preseleccionados para el mes que viene. Si tenéis alguna preferencia hacedla notar.

Finalmente agradecer vuestra participación. Creo que ésto va funcionando, despacio pero con paso firme. Veremos hasta dónde nos lleva. No molesto más, que hay relatos nuevos que niquelar.

Nos leemos.

Escritorzuelos: ¿y esto qué es lo que es?


Escritorzuelos, quiere ser un punto de encuentro de juntaletras con ánimo de superación. La idea es sencilla: escribir y corregir. Cada mes se propondrá un tema acerca del cual cada escritozuelo que tenga algo que decir escribirá lo que dé de sí. Después, si es valiente, lo pondremos en la plaza del pueblo para sacar los fallos a su criatura, de manera que ésta se defienda o adapte, evolucione y crezca, sea pulida en definitva, brillando finalmente con luz propia.

El inicio: cualquier escrito, incluso sin ajustarse al tema propuesto, si bien sería deseable.

El proceso: escribir, publicar, (leer, aprender, retocar, cincelar, lijar, burñir, pulir, acariciar) tantas veces como sea necesario.

El resultado: un escritorzuleo que lo será menos y un texto mejor, listo para enfrentarse al mundo.



La forma de participar como escritorzuelo es sencilla: tener una cuenta de google y solicitar al administrador del blog acceso como autor, indicando la dirección de correo electrónico a la que enviar la invitación y opcionalmente una dirección web del autor para el blog-roll.

Para criticar basta con tener una cuenta (no se permiten los comentarios anónimos) y dejar la cincelada que mejore el relato. Eso sí, no se permitirán comentarios publicitarios ni aquellos que no aporten nada cara a la mejora de los textos, o a remarcar aspectos que pudieran ser didácticos para otros lectores (siendo claros: un me gustó mucho este cuento no es un comentario válido si no se dice al menos por qué).


En todo momento los autores conservan todos los derechos y deberes derivados de sus obras. No se admiten obras anónimas. Se supone cierto decoro y sentido común a los participantes, aún así, la administarción del blog se reserva el derecho a eliminar entradas y comentarios (incluso a explusar a escritorzuelos) si lo considera oportuno y sin previo aviso (sí, esto no es una democracia). Así mismo la administración declina toda responsabilidad de lo publicado por el conjunto de autores y comentaristas ajenos a la misma (ver Aviso Legal, más abajo)

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