martes 8 de diciembre de 2009

Gusta/No gusta

Al pequeño duende mágico le gusta pisar las hojas caídas de los árboles; salir corriendo en cuanto pone un píe en la calle; escuchar el sonido del viento; ponerse nuevos retos subiendo escalones cada vez más altos; estrujarle las orejas a su peluche de Mickey Mouse; probar nuevos sabores de yogures; la gente que baila y canta, aunque no sea al compás; contemplar el agua de las fuentes de los parques; soñar con que un día será tan alto como para alcanzar las piñas de los árboles; imitar la forma de andar de los patos; perseguir pompas de jabón; desvestir a los muñecos; buscar las ilustraciones en los libros; tener dos cucharas cuando come, una para su uso tradicional y la otra para hacer música golpeándola en la mesa; encender todas las luces de la casa sin ayuda; que le aupen para mirar por las merillas de las puertas...

No le gusta que le hablen alto cuando acaba de despertarse de la siesta; que no le permitan probar algo que ha visto comer a los adultos; los niños que no comparten los juguetes; que no le dejen pintar en cualquier espacio en blanco disponible; no encontrar su chupete cuando más lo necesita; que le suban la cremallera de la chaqueta hasta arriba del todo y no le dejen respirar; los gorros de lana que pican; el sonido de los globos cuando explotan; que se le arrugen los dedos después de haber pasado mucho tiempo en remojo dentro de la bañera; el champú dentro de sus ojos; el color gris; que sus pies no alcancen el suelo cuando está sentado en la silla; vestir a los muñecos, los botones y los ojales no son compatibles; las señoras gordas que le achuchan en el momento menos inesperado, que apenas le empujen en los columpios...

lunes 7 de diciembre de 2009

EL MUÑECO



No recuerdo bien desde cuando, pero yo siempre creí en los Reyes Magos. En mi casa, entonces, no sobraba el dinero, pero ese era un día especial. Mis hermanos y yo, ese día, dormíamos en la misma habitación y el mayor de nosotros, que seguramente, era ya el menos inocente nos contaba fantásticas historias sobre los tres hombres mágicos que subían por los tejados con sus capas de armiño, acompañados de sus pajes y que se comían los dulces que habíamos guardado para ellos y de camellos que bebían el agua de las palanganas que quedaban en la cocina con ese fin, llenas hasta el borde.

Era tal la fantasía de mi hermano que escuchábamos los ruidos extraños de la noche y todos tenían que ver con la llegada de los Magos. Mi mayor ilusión, año tras año era un hermoso muñeco que solía ver en un comercio cercano. Era lo más parecido a un bebé. Con su boquita abierta donde reposaba un chupete, sus mollas en las piernas, sus mejillas sonrosadas, con unos hermosos ojos azules con párpados con pestañas que se cerraban y abrían al acostarle o levantarle. Estaba hecho con un material de casco que si lo golpeabas se rompía en pedazos. Lo pedí en mi carta durante dos años seguidos y cada vez me dejaron otras cosas diferentes, pero el muñeco no llegaba.

Mi amá me explicaba con santa paciencia el por qué de que no llegara aquel tesoro que yo deseaba tanto y siempre conseguía convencerme de que era mejor para mí que esperara un poco más, aunque supongo que tenía que adivinar mi decepción infantil.

La Navidad en que yo acababa de cumplir los seis años recibí ¡por fin! Mi codiciado regalo. Me sentí la niña más feliz del mundo. El muñeco venía vestido con un maravilloso faldón de tela fina con sus entre dos y bordados de Valenciennes, una chaquetita de punto con lacitos a juego y una capotita y patucos, como si de un niño se tratara.

Mi muñeco duró toda mi vida infantil, lo cuidé como el tesoro que para mí era, lo vestía y desnudaba, ya que cada Navidad los Reyes aumentaban su ajuar con ropas nuevas. Cuando perdí la inocencia supe que mis padres compraron aquel juguete con algún sacrificio, ya que era caro y raro, y que una de mis tías, hermana de mi aita, le hacía la ropita todos los años para que pudiera cambiarle cuando lo deseara.

Un día me casé y me fui de casa de mis padres. Mi habitación allí, permaneció tal cual durante mucho tiempo, tanto que nació mi hija; mi muñeco seguía sentado en su estantería, con su armario al lado y sus ropitas dentro como si fuera el primer día, la sillita de comer, la de paseo. Todo lo había conservado mi amá allí y yo adoraba entrar a verlo cuando iba de visita a su casa.

Cuando mi hija tuvo una edad parecida a la mía cuando recibí mi regalo, me pidió que le dejara jugar con mi muñeco, un día que estábamos en casa de la amama, cuidando de mi aita que estaba ya enfermo. Pensando en que la niña se entretuviera le dejé mi preciado tesoro que apareció, al poco rato, tuerto y sin un brazo y ya, una vez llegados a ésto, decidí que tal vez era el momento de que mi bebé pereciera a manos de mi hija, que se encargó de reducirlo a añicos en muy poco tiempo. Y así acabó la historia de mi mejor regalo de Reyes, al menos el que mejor recuerdo dejó en mí.

sábado 5 de diciembre de 2009

EXTRAÑOS REYES MAGOS

Por aquellos tiempos, años de postguerra, todo nos parecía normal.

Normal para nosotros, que no teníamos que lamentar ningún muerto ni preso en la familia, que no habíamos pasado hambre, que vivíamos casi en el claustro materno y sobre todo que teníamos muy pocos años. El pan amarillo era normal, las colas de abastecimiento, las cartillas de racionamiento, todo era normal. Nuestro padre iba al trabajo cada día, nuestra madre cantaba o escuchaba la radio mientras cosía. Dos mujeres trabajaban para nosotros, Pepa, la cocinera, cuyo marido había muerto internado en un manicomio y que dedicaba su escaso sueldo a la crianza de un hijo de nuestra edad, al cuidado de sus abuelos, y María la de los dos colores; la llamábamos así porque toda su piel repartía la melanina, de forma desordenada, en extensas manchas blancas y marrones, llenando su cabeza de mechones blancos. María lavaba a mano ingentes montones de ropa con agua fría, muy fría en invierno, dentro de una pila de cemento gris, en un cuartucho de la azotea. Restregaba y restregaba, soleaba y volvía a lavar. Mi madre era muy exigente con la blancura de la ropa, todo se lavaba dos veces y a veces se hacía la colada en una cesta de caña con el agua hirviendo y cenizas de carbón de la cocina. Mamá hacía el jabón de la casa con restos de aceite y sosa cáustica, la masa hervía en un lebrillo grande de barro vidriado y luego se vertía en una caja de madera plana, con separaciones que marcaban el tamaño de los tacos de jabón. Quedaban listos al enfriarse y endurecerse. Aquel jabón servía igual para lavar la ropa, para fregar cacharros, o para el baño y el lavado del cabello de la familia. No eran tiempos de lujo y todo aquello parecía normal.

Aquella Navidad mi madre tenía una pierna escayolada, había resbalado con una ramita del romero que trajeron para montar el belén y se la había roto. Aquella funda blanca y dura, sólo dejaba fuera sus dedos, que así vistos resultaban bastante raros, parecía una tortuga de cinco cabezas. Nos dejaba tocarlos, eran suaves y sonrosados, ella reía porque le hacíamos cosquillas.

Para la cena de Navidad, vestida de raso negro, con su pelo formando una corona de la que escapaban ricitos castaños...¡parecía una princesa! Había adornado el bastón en el que se apoyaba, con una serie de lacitos rojos. Nosotras teníamos vestidos nuevos que ella había cosido durante semanas. Mis pelos eran finos y lacios, los de mi hermana castaños y rizados, mucho más bonitos, así que, como siempre que querían verme guapa, rizaron mis cabellos empapándolos en agua y vinagre y enrollándolos en bigudíes de plomo, mechón por mechón; al secarse, se retiraban los bigudíes y aparecían tirabuzones secos y duros que terminaban de peinar dándoles forma con un palito de madera.

Era Navidad, habría pollo para cenar. En el nacimiento, los tres reyes magos aún estaban lejos del portal, cabalgaban en sus camellos, llevados de las bridas por tres pajes, sobre montañas de corteza de alcornoque, nevadas de harina. Cada noche movíamos estas figuras acercándolas al Misterio. La noche del cinco de enero, antes de irnos a dormir, los dejábamos ante el portal, adorando al Niño.

El día de Año Nuevo se escribían las cartas a los Reyes: “Queridos Reyes Magos: Creo que este año me he portado bien, a pesar de que voy al cine todos los domingos con Pepa , ya sabéis que papá tiene un pase y no tenemos que pagar por las entradas. Las monjas dicen que ir al cine es pecado. Los lunes, la Hermana de mi clase manda que nos pongamos en pié las que fuimos al cine en el fin de semana, y a todas las que nos levantamos nos castiga a los últimos bancos durante toda la semana. Yo me paso la vida en los últimos bancos y creo que cumpliendo el castigo se me perdona el pecado. Me peleo poco con mi hermana porque mamá dice que cuando una no quiere dos no riñen y que la más buena es la que cede. Como soy la mayor, me toca ceder a mí siempre. Ya tengo siete años y medio, el muñeco del año pasado está nuevo, lleva sentado en mi cama, junto a mi almohada, desde que lo trajisteis, porque hemos jugado todo el tiempo con el de mi hermana, que ya está destrozado, así que este año no necesitaré otro, por eso os pido que me traigáis una bicicleta, con dos ruedecitas pequeñas, para aprender sin caerme. Me da igual el color. Muchas gracias y muchos besos”.

Mi padre era el encargado de llevar las cartas a correos.

Era una noche de ilusión y miedos. La causa del miedo era que aquellos reyes magos entraban por los balcones y ventanas, sigilosamente, y los niños tenían que estar dormidos, si no, tan silenciosamente como habían entrado, se volvían a marchar. Una gran excitación nos impedía dormir, aunque cerrábamos fuertemente los párpados; cuanto más fuerzas hacías, menos probabilidades tenías de dormir. Cualquier ruido de la casa hacía latir el corazón con desenfreno. Pero por alguna razón desconocida, al fin te dormías, y al despertar sabías de inmediato que los reyes habían estado y tu regalo estaría en la sala, junto a tus relucientes zapatos.

¡Oh maravilla!, frente al belén había dos flamantes bicicletas, una roja y otra azul, la roja algo más pequeña sería para mi hermana, así que la azul, ¡era para mí! ¡Que día pasamos! casi enteramente en la Alameda aprendiendo a montar. Aquella bicicleta era increíble, con su color azul metalizado y su timbre. Mi hermana me seguía a timbrazo limpio por donde yo fuese, dando vueltas y vueltas. Y al día siguiente igual, y al otro igual. Aprendimos rápidamente. Al tercer día, al levantarnos pensando que tal vez podríamos montar sin las ruedecitas, mi bicicleta no estaba y la de mi hermana tampoco.

- Mamá, mamá, ¿y las bicicletas?, no están en su sitio.

Nuestra madre tomaba tranquilamente su taza de café, nos miró muy seria y unas extrañas palabras salieron de su boca:

- Los Reyes se han llevado las bicis porque no habéis sido tan buenas como decíais en las cartas, las han cambiado por unos zapatos para cada una y un paquete de caramelos.

La miré con los ojos llenos de lágrimas, pero comprendí que los magos lo saben todo y yo no había sido tan buena como para merecer un regalo así.


martes 1 de diciembre de 2009

Tema de diciembre '09: Cosas de niños

Bien, reconozco que no he sido muy original en este mes, al menos no demasiado. Porque haber puesto relatos navideños habría sido demasiado, pero ceder el testigo a los que más suelen disfrutarla nos permitirá aproximarnos al tema para aquellos que así lo deseen :-) Además enlazamos con el libro solidario y todo queda la mar de hilado. Así, pues, ya sabéis relatos cuyos protagonistas sean menores de... pongamos... ¿doce años?. Aunque ya sabéis que siempre hay libertad. Cosas de niños, adelante.



(y una nota importante en el primer comentario...)

martes 24 de noviembre de 2009

La guerra de los Unos

Nadie sabe cuando empezó, posiblemente nos tendríamos que remontar al origen de los tiempos para saber desde cuándo estamos aquí y creíamos que siempre estaríamos aquí. La única verdad era que nuestro tiempo acababa y nos negábamos a aceptarlo.

Durante multitud de unidades habíamos convivido plácidamente con el resto, disfrutando con la generosidad de nuestro número y sin preocuparnos por quienes intentaban dominar pequeños reductos de tierra. Muchos pensábamos que había espacio para todos, y a otros no les importaba mientras no perturbaran el orden establecido.

Dicen los más viejos que aquí, en nuestra tierra, se impuso la formación más eficaz de nuestros ejércitos. Tras largos periodos de incursiones desordenadas y luchas sin control el Gran Uno estableció el orden definitivo. Nunca tanto esplendor había brillado en un campo de batalla. Pero los tiempos cambian y la decisión del Gran Uno de retirarse nos sumió a todos en un largo periodo de laxitud.

Los rumores comenzaron a llegar de oriente. Nadie prestaba suficiente atención, pues eran pocos y mal organizados. Al principio no se entrometían en nuestras actividades, pero cada vez llegaban más y ocupaban pequeños barrios de nuestras ciudades.

Algunos pusieron el grito en el cielo con la primera incursión a gran escala. Fue en la falda del Monte Horadado donde se celebró el primer cónclave. Los más ancianos criticaron la dejadez del Consejo ante la incursión. El Consejo estimaba la opinión de los ancianos, pero cuestionaba la importancia del suceso que ocurría en un lugar tan distante. Es más, conocíamos que en Oriente habían otros pueblos diferentes y nunca supusieron un problema para nosotros. Sin embargo, en una cosa tenían razón: los pueblos orientales nunca había llegado hasta nosotros, estos sí.

"Nunca", la repito tantas veces que ya no sé su sentido. La hemos dicho tantas veces que ya nadie sabe su sentido. Pero dejadme que os siga contando, que os cuente... lo que "nunca" creímos que nos iba a pasar.

El consejo accedió a incrementar la vigilancia y a establecer un censo de cuantos estaban ya con nosotros. Censo que no resultaba difí ... Es igual... Da lo mismo cómo se comportaban, como vivían... Los informes del Este no dejaron lugar a dudas: guerra. El segundo cónclave se reunió con urgencia y esta vez los más beligerantes ganaron la partida.

Se envió un ejército al Este con legiones de aquí más otras que se unirían en el camino; un ejército suficiente para asestar un duro castigo; un ejército que nos mostraría el principio de nuestro fin. Lloramos amargamente la derrota y nos enjuagamos con agua salada nuestras heridas. Habíamos ido a restablecer el orden y volvimos dejando el camino libre hasta el corazón de nuestras tierras.

Rápidamente se organizo el mayor ejército que jamás había existido. Se constituía de poderosas unidades V, X, L, C, D y M, que conformaban las legiones de Unos invictas desde la llegada del Gran Uno. En un movimiento estudiado fuimos a su encuentro en Llanura Central, donde el despliegue de los cuerpos permitiría un fácil desbordamiento de los flancos. Esta vez no infravaloraríamos al enemigo.

Yo comandaba una unidad M encargada de cubrir el vado rió arriba, mi misión era evitar que cruzaran el río y nos atacaran por la retaguardia. De nuevo nuestra principal estrategia consistía en alargar el frente de batalla, cuanto más extendiéramos las líneas sin dejar huecos más aprovecharíamos nuestro número: la baza que nos enseñó el Gran Uno. Con el rió a la izquierda, los encerraríamos en una hábil maniobra envolvente, obligándolos a luchar apiñados o morir ahogados.

Qué estúpidos fuimos pensando así, su disposición se adaptaba mejor a los nuevos tiempos; su formación acrecentaba la fuerza por la colocación en vez de por el número, con los mismos cuerpos cubrían amplios espacios sin una fisura entre ellos. Sólo necesitaban de nueve cuerpos para cubrir todos los frentes. El cuerpo 1 era tan maniobrable como nuestras unidades. Algunos decían que estaban formados por renegados nuestros. El 5 equivalía a nuestra unidad V y el 9 era tan poderosa como la X. Pero había una gran diferencia: la unión de dos de ellas podía hacer frente a varias de las nuestras. Y, de manera incomprensible, dependiendo del flanco que ocupaban su fuerza crecía. La unión 19 hacia frente a dos de nuestras X, pero en un cambio de flanco, la unión 91, los convertía tan poderosos como nuestra C.

Lo más extraño era su cuerpo fantasma 0. Ante nosotros se colocó un cuerpo 1. Mis unidades me solicitaron salir y acabar con el, era sólo un 1 y nosotros mil unidades. Envié una unidad X y, de repente, junto al 1 apareció un fantasmal 0 que repelió el ataque. No lo podía creer, de la nada había aparecido 0 y al colocarse junto a 1 incrementó sus fuerzas. Envié una unidad C y al momento dos fantasmales 0 se colocaron junto a 1 y detuvieron el ataque. En ese instante comprendí que la guerra estaba perdida: no sólo sus cuerpos eran tan fuertes como nuestras unidades, además sus fantasmales 0 no tenían igual.

La guerra de los Unos terminó por extenuación, por más que añadíamos unidades en el frente, ellos cambiaban de colocación o añadían algún fantasmal 0. No quisieron acabar con nosotros, nos permitieron compartir la misma tierra, pero relegándonos a cuestiones leves o incluyéndonos en su cuerpo 1.

Yo decidí dedicarme a los siglos, a los años en algún documento importante y, de vez en cuando, a contar esta historia a quien desee escucharla.

Epílogo
En 1202 un joven italiano publica Liber Abaci, donde introduce una nueva forma de entender el uso del ábaco. Durante su estancia en los países musulmanes ha aprendido un nuevo sistema de numeración y una nueva escritura numérica basada en la notación posicional. Hasta ahora pocos escritos occidentales se habían fijado en este descubrimiento, sólo las traducciones que llegaban desde Toledo. A partir de este momento las escuelas, que empiezan a enseñar con este libro, ofrecerán mejores capacidades a los comerciantes italianos. Es el comienzo de una nueva era en las matemáticas, trasladando el centro del conocimiento desde oriente a occidente.

lunes 16 de noviembre de 2009

UN MATEMÁTICO PERSA. (versión corregida)

Aquella mañana Abû Jafar Mohammad salió a la calle después de desayunar con Asram y Fatima, sus esposas. Había dormido con Fatima, la más joven y la que había llegado a su hogar hacía sólo dos años; así y todo ya tenía de ella un hijo de un año, fuerte y hermoso, que empezaba a dar los primeros pasos y alegraba los corazones de todos. Con Asram tenía tres hijas dulces y muy cariñosas, que llenaban la casa de risas y parloteos. A Fatima tenía que darle el lugar de honor en la casa por haberle dado un hijo varón, pero Asram era la mujer de su juventud, de sus primeros deseos masculinos y de las primeras y maravillosas sensaciones de tener una mujer que le amaba y a la que él amaba. Este amor seguía vivo en lo más profundo de su ser.

Pasó delante de la puerta del sastre que en silencio y doblado sobre sí mismo confeccionaba una chilaba, del taller del grabador de metales con su campaneo y sus risotadas y del fabricante de chirimías y laúdes gran músico y mejor amigo.Todos se levantaban a su paso deseándole un buen día bendecido por Alá, Grande y todo Poderoso. Abû respondía con una sonrisa y saludaba llevándose su mano derecha a la frente, al pecho y a la boca, para terminar con el ritual y pequeño vuelo de su mano hacia el infinito.

En su camino hacia la escuela coránica cruzó el zoco. Hombres y mujeres: campesinos, pastores y pescadores ofrecían los productos de sus respectivos trabajos y a grandes gritos los acercaban a los posibles compradores, persiguiéndolos una distancia prudencial para no perder de vista sus puestos. Especias de las montañas, dátiles e higos secos, almendras, miel, aceite y olivas en barricas, partidas y aliñadas y los animales vivos para sacrificar en casa: corderos y cabras, pollos y palomos, en sumiso ofrecimiento a Alá. Un encantador de serpientes entretenía a pequeños y grandes,haciendo sonar su chirimía. El aguador gritaba su fresca venta sonando una campanilla y repartiendo el contenido de su odre en un vasito de latón encadenado al mismo. Un pastelero estiraba trozos de masa entre sus dedos, que luego freía en una gran sartén, sobre un anafre lleno de ascuas de carbón y a continuación cocía en agua-miel. Por mucho que conociera el mercado: sus sonidos y olores, sus personajes y productos, siempre le traían recuerdos de su infancia... Tendría unos cinco años (lo recordaba con toda nitidez), su padre lo llevaba de la mano recorriendo el zoco, le iba explicando lo que iban viendo y respondía, como siempre hacía, a todas a sus preguntas. De pronto oyeron gritos y vieron que cerca de ellos se había formado un cerco de personas que alteradas veían pelear a dos hombres, jóvenes y fuertes, que se golpeaban sin piedad. El pequeño Abû le preguntó a su padre:
- Padre ¿qué está pasando?
- Pues no sé hijo, veo dos hombres que están pegándose, pero no conozco el motivo ni sé cual de los dos es el causante de esta forma tan desastrosa de comportarse.
Su padre se paró, se agachó y mirándole a los ojos le dijo:
- Las diferentes opiniones no se deben dirimir a golpes, para discutir como seres humanos tenemos la palabra.Vámonos de aquí.
Recordaba el gran matemático que al llegar a su casa le contó a su madre: Cuando íbamos por el zoco vimos dos hombres y cada uno pensaba distinto; uno quería pelear y el otro no, pero el que quería pelear empezó a pegarle al que no quería, y de pronto los dos se pegaron. Pienso que si no discutieron y sí se golpearon fue porque eran mudos.

Cuando llegó a la mezquita, a la que pertenecía la escuela. El viejo maestro en temas coránicos estaba esperándole, se saludaron, se besaron en ambas mejilla y el anciano le invitó a entrar. En el patio, sentados sobre alfombras, se encontraba un numeroso grupo de niños y jóvenes, y como habían instalado una tarima, también alfombrada, a ella subieron ambos maestro. El anfitrión presentó al brillante sabio, enumerando sus numerosos trabajos.

Abû escuchó en silencio, dio las gracias y acercándose a un muro preparado a tal fin y pintado en parte de negro, cogió un trozo de yeso de una cajita de madera y con voz serena y trazo firme comenzó a explicar los principios de uno de sus extraordinarios descubrimientos matemáticos.

M.R. Comas (noviembre - 2009)
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“No poseemos, desgraciadamente, más que muy pocos detalles sobre la vida de Abû Jacfar Mohammad bin Mûsâ al-Juârizmî .Ignoramos todo de su parentela. Su nombre, sin embargo, nos dice que era originario de una provincia persa relativamente alejada del Dâr Al-Islâm pues estaba situada al Norte del Irán actual, en Asia Central: la antigua Juârizm. En la actualidad, ésta se encuentra repartida entre Uzbekistán, Turkmenistán y Karakalpacia. (…)¿Quién era Al-Juârizmî?. Un sabio. Ciertamente, pero aún era más. Un genio, evidentemente. ¿Pero no fue algo más? ¡Seguramente!. Nuestro héroe brilló en cinco dominios, y con tal destello, que hicieron de él un excelente compañero de las ciencias. En efecto, este persa de expresión árabe fue todo a la vez, astrólogo, astrónomo, geógrafo, historiador y sobre todo matemático. La extensión de sus trabajos en el arte del cálculo abrieron el camino de extraordinarios progresos. Y en adelante, cuando volamos por los cielos se lo debemos en gran parte a él. Si nos curamos en tantas ocasiones de enfermedades y retrocedemos tanto cuando Thanatos, después de haber arrancado un mechón de cabello a un pobre mortal lo lleva junto al Aqueronte, podemos agradecérselo a él. Cuando nos maravillamos, con toda razón, de las fascinantes posibilidades de los ordenadores (que no son sin embargo más que unos aritmógrafos perfeccionados), se lo debemos siempre a este Persa. Pues en el origen de estos milagros y de todos los prodigios que han dado lugar a las tecnologías modernas, existe todo un maravilloso oficio en subtítulos, en fórmulas mágicas y en seductoras curvas. Fue el arquitecto de las cifras. Solamente el matemático está inspirado como el poeta. Con sus versos, uno nos lleva a un sueño; el otro transmuta el ensueño encantador en realidad virtual antes de hacer de ello una evidencia totalmente concreta. Acordémonos de los Griegos, que imaginaron unas alas de cera para el hijo de Dédalo, mientras que Clemente Ader nos transformó a cada uno de nosotros en Ícaro triunfante. Del deseo a su realización, a menudo no existe más que el arte del cálculo.Si la vida de Abû Jacfar Mohammad bin Mûsâ al-Juârizmî, carece de testimonios, permanece bastante oscura, su obra en cambio es muy conocida. Sus escritos, en lo esencial, han sido conservados y, mucho mejor para Occidente, traducidos pronto al latín, tras su introducción entre los Moros de Al-Andalus. Pero, actualmente, burlémonos de Chronos e inmovilicemos su guadaña parar remontarnos por el hilo del tiempo unos mil cien años….”
Emmanuel H. de BRYE-DONNELLY - LES CAHIERS DE L'ORIENT 1er trimestre 1998

domingo 1 de noviembre de 2009

Tema de noviembre '09: Matemáticas

Antes de nada os doy las gracias. Este mes pasado estuve ausente por falta de tiempo pero me ha alegrado ver que el taller no me necesita para seguir funcionando y hacerlo con un buen nivel. Gracias. Vamos al turrón.

Siguiendo la sugerencia del colega Jesús, me atrevo a lanzaros este reto. Relatos matemáticos.
Y es que los números, las matemáticas, no son el némesis de la literatura, de las letras. Es más en las primeras lenguas las letras eran números y los números letras. Y durante mucho tiempo la poesía fue pura matemática, a la hora de cuadrar metro y rima.
Pero tenemos mucho más: relatos progresivos, en los que cada frase tiene una palabra más o sigue una serie como la de Fibonacci; relatos irracionales en los que cada palabra tiene el número de letras de un número irracional; relatos fractales, autorepetitivos y con permutaciones... Por no hablar de las paradojas lógicas (sí, la lógica forma parte de las matemáticas). O, en un contexto más tradicional las historias apasionantes que encierran las biografías de muchos de estos genios de los números.



Como siempre tenéis plena libertad (sí, se puede usar calculadora).
Buenas letras.

Para cualquier duda sobre el tipo de relato que he mencionado o conocéis/se os ocurre algún otro juego matemático-literario, usad los comentarios de esta publicación como punto de encuentro.

domingo 25 de octubre de 2009

Sus ojos

Sus ojos me miraban. Sí, fijos, sin moverse, deslizándose entre las cabezas de mis compañeros para centrar su mirara en mi. Lo sentí en el mismo momento que llegamos, cuando, el más adelantado del grupo, nos llamó con cara de asombro y nos insistió para que lo siguiésemos. Ella lo sabía. Sabía que la mirábamos, desde la esquina, aparentando desdén a nuestro alrededor, pero fijándonos lividinosamente en su cuerpo.

Lo primero, sus ojos. Y me miraron como yo a ellos. Sí, fijos, sin moverse pero atravesando las miradas de mis compañeros. Yo..., con vergüenza. Era mayor y nunca había visto una mujer desnuda. "¡Está desnuda!", ese fue el grito silencioso que nos hizo correr a todos. Y todos la miramos. A distancia, escondidos entre la esquina y el poste.

Avancé con los ojos sobre sus labios: carnosos, sensuales, esbozando una leve sonrisa, segura de que su cuerpo excitaba las miradas. No le vi el cuello. Primero pensé que era debido al tonto que me tapaba la vista, levantándose por encima de los demás y no dejándome ver. Pero no, escondía su cuello tras la barbilla y un mechón que caía sobre la axila.

¡No tenían pelo! Las axilas imitaban una cueva donde cobijar los besos; una cueva blanca, reluciente y llena de esponjosa carne. Aparté la cabeza de otro de mis compañeros para descubrir sus pechos. Por un momento, escondí la mirada, avergonzado, pero ella nos miraba y sabía que la estábamos mirando.

El derecho, casi colgando y, tras apartar otra de las cabezas, el izquierdo, erguido ante quienes le estábamos observando. Nunca había visto unos senos tan redondos, como meloncillos, relucientes salvo por un reducido dátil estriado. Parecían quererse mover al acompasado crepitar de los latidos. Pero no era su sangre la que parpadeaba, era la mía que afloraba por mi piel, enrojeciendo mi rostro y apretándome los vaqueros.

Agache la mirada y me mordí la lengua para controlar mis instintos. Apreté los puños clavándome las uñas, pero el dolor no cedía ante el pensamiento. La veía desnuda en mi mente, esperando que descubriera todo su cuerpo. Le gustaba que la mirásemos y no se escondía, aún conociendo que quienes la escudriñábamos eramos unos lampiños. El pelo... El pelo.

Lancé la mirada ladeando el brazo de otro de mis compañeros para adentrarme el la profundidad de su ombligo, recostado, ligeramente oscurecido y apretado por una tersa cintura almidonada. Los almohadones que la soportaban no parecían sufrir el peso de su carne, como la espuma de mar no se allana ante la diosa Afrodita. Una diosa vestida y desnuda para nuestro gozo.

Sólo necesitaba un empujón más, un apártate que me toca a mí, un descaro animal, un ...

Pero esta no es una típica historia que sale bien, es la típica historia que acaba mal. La típica historia de un joven que apunto de descubrir la visión que ansiaban un fuerte dolor se apoderó de él. Algo en su interior luchaba por estallar y no sabía qué, hasta recordar todo el anterior tiempo deseando ir al lavabo. La vejiga no aguantaba más. La excitación se confundió con el dolor y el dolor acrecentó la excitación. La alocada carrera entre los pasillos esquivando las personas para llegar al lavabo no mitigó nada ninguno de sus deseos, y al final..., ¡qué remedio!, si el agua quiere fluir hacia arriba... pues que fluya.

Muchas veces la he vuelto a ver y, siempre, cuando siento sus ojos mirándome, la cara se me sonroja y el corazón se acelera.

viernes 23 de octubre de 2009

Bocas rojas



De nada sirven a veces la buena voluntad y las promesas de enmienda,
Lo tengo comprobado, cuanto más me propongo mantenerme libre de pensamientos que no me convienen, más caigo en ellos.

Yo quiero mirar a las mujeres como miro los cuadros en el Museo: como la maravillosa obra de arte que son. Y casi siempre lo consigo. Pero hay días, últimamente muchos, en que, con solo ver sus hermosas bocas, jugosas por esas cremas rojas que se ponen en ellos y su lengua húmeda asomándose discretamente entre ellos, ya siento que el torrente de mi sangre viene y va más rápido de lo habitual.

La otra tarde, sentada en un alto taburete en la Pastelería, una bella mujer, ya madura, de piernas largas, que se cruzaban sabiamente para aparecer modosa y justa, bebía café, saboreándolo y con delicadeza tomaba un bombón tras otro de un platito de loza floreada.

Yo esperaba mi turno y la miraba discretamente. El simple recorrido por sus piernas, enfundadas en unas medias transparentes y ligeras y la observación del hueco oscuro que se perdía entre ellas, fue para mí como el gusano que comienza a horadar el agujero donde refugiarse. Pero lo que acabó por llevarme de nuevo a lo que es motivo de mi más grave preocupación, fue contemplar aquellos labios succionando golosamente aquellos bombones por los que, como si fuera una niña, pasaba su lengua húmeda y ya marrón de chocolate, o viendo el licor de algunos de ellos deslizarse desde su boca por la barbilla, gota a gota … y pensarme a mi recogiendo con la mía aquel líquido, de su piel pegajosa y dulce.

Llegó mi turno, pedí los bollos que deseaba y sintiendo un poco de vergüenza por mi falta de continencia, pero sin poder apartarla de mis pensamientos, me fui rápidamente pues andaba tarde.

Mis manos temblaron ostentosamente cuando aquella boca con la que había estado soñando y me había proporcionado pensamientos nada convenientes, se abrió ante ellas y la pequeña lengua asomó a través, aún pintada de chocolate, para que yo depositara en ella la Sagrada Hostia, a la hora de la Comunión.

Como ya decía, por más que lo intento no consigo que mi mente no se escape y vuele por donde quiere cuando veo una mujer. ¡Que Dios me perdone!

Rosg.

miércoles 21 de octubre de 2009

SIN ALIENTO

Lamiendo va la brisa

la suave orilla de la noche.

El calor de tu mano

recorre el escalofrío de mi brazo

y los susurros de tu voz

deshacen mis estructuras de mármol.

Cierro los ojos

y quedo sin fuerzas.

Tus brazos me sostienen

mientras un río caliente

me inunda toda.

Me besas, siento tu lengua,

buscas la mía y mi mano

responde experta

para tomar de tu cuerpo

lo que ya es mío:

tu hombría erecta.

M. R. Comas


P.D. También en verso.

martes 20 de octubre de 2009

Profesión alterada

-No sé si esto está bien -repuse, teniendo que aguantar la mirada de sorpresa que puso al escucharme.
-Como pares te mato -Aseguró tras morderme el lóbulo de la oreja.
No quería parar, por supuesto, pero el temor de ser descubiertos me aterrorizaba, pues estaba poniendo mi trabajo en peligro. Pero que demonios, aquella muchacha me convertía en un autentico incompetente en mi profesión, y solo el movimiento de sus cabellos cuando se recogía la melena en una coleta, justo antes de cada sesión, estremecía todo mi cuerpo. Maldita niña mayor que yo, que su sonrisa y su picardía habían clavado de lleno en mi corazón.
Me resultaba difícil fingir cada vez que la veía, que solo nos unía una amistad que terminaba al salir ella por la puerta de la clínica, tras una hora de masaje. De hecho, cada vez era más complicado disimular mi deseo por besar su espalda cuando la tenía bajo el dominio de mis manos. Evitar acariciar lascivamente esa piel entre movimiento y movimiento para quitar alguna que otra contractura. Cada vez me resultaba mas difícil. Y saber que ella sentía lo mismo me incitaba a una bruta pasión. Incluso poseerla delante de todos; si, a veces mi cabeza no andaba muy allá.
Pero es que ella no pasa desapercibida tras conocerla; te contagia su deseo por vivir, por luchar ante las tempestades que la vida nos enfrenta, su sonrisa y esa naturalidad al decir las cosas más sencillas. Maldita niña, que me provocó con esa mirada. De esa forma de decir unas cosas cuando quiere decir otras. ¡Que cruz de mujer, señor! Y de como hoy me dijo "que solo estás" cuando vio que en la clínica únicamente estaba yo. ¿Que iba a decir? Pues una tontería, para variar. "Para que nadie nos moleste", contesté. Y tras su mirada sugerente mi rostro se puso del color de mi camiseta: rojo chillón. Y ella, que es muy discreta, ignoró mi actitud, sentándose en la camilla y esperando la profesionalidad de mis manos sobre sus brazos. Escondí los labios cuando vi que no se quitaba la camiseta amarilla que llevaba puesta; "hoy no la veo a medio desnudar". Me dispuse a usar la crema para suavizar mis movimientos en su tendinitis y comenzamos a charlar. De las pocas veces que soy capaz de escuchar y pensar en otra cosa a la vez. Porque mi boca hablaba con ella, pero mi mente la desnudaba para perfilar las curvas de su cuerpo que ya tuve el privilegio de ver.
"Estás raro" me dijo mientras yo absorbía su perfume. Le contesté con una mueca algo congelada. "Y tenso".
Muy tenso, me dije a mi mismo. Tanto que la cosa empezaba a ponerse candente.
"¿Necesitas un masaje?". La necesitaba a ella, realmente. Cállate, pensé. Cállate o no respondo. Sus antebrazos permanecían untados en crema y su piel era la suavidad personificada.
"¿te encuentras bien?". Ni siquiera me atrevía a mirarla a los ojos por miedo a perder la cordura. Y como ya casi no era dueño de mi mismo acabé confesando por culpa de ese sentimiento tan profundo. "Estoy a punto de perder la cabeza". Menudo imbécil, decir eso con la cabeza agachada, ocultando mi vergüenza y esperando que ella me soltase alguna bordería. "Pues hazlo". ¡Santo cielo! un escalofrío recorrió todo mi cuerpo hasta llegar a la nuca, que me dejó lelo y acabé levantando la mirada para observar la suya. Había deseo en esos ojos marrones, resaltados con una raya blanca.
Ese hombre neandertal que habita dentro de mi, sacó toda su dominación y me lancé como un buitre a sus labios. Los besé con autoridad, con pasión y verdadera vocación. Suaves, deliciosos, tan carnosos, sugerentes para con los míos. Fuertes al contacto. La besé con tanto deseo que no me di cuenta de estar ensuciando su nuca con la crema aplicada en mis manos.
El tiempo apremiaba y ella parecía estar más que dispuesta a un encontronazo de estos que te marcan para siempre. Las camillas formaban una hilera pero solo la nuestra chirriaba al movimiento que nuestros besos atribuían. Tan pronto como separé sus piernas mi fuego se convirtió en la dureza necesitada y sujeté entre mis manos su fino vestido para quitárselo con poca delicadeza. Gemíamos suavemente, llevados por nuestros besos. Ella deslizó sus manos por debajo de mi camiseta, percibiendo como era provocada por mis abdominales.
Nuestro tiempo concluía, apenas teníamos treinta minutos para hacerlo y recoger todo sin dejar huellas de un descontrol desenfrenado. Opté por bajarme los pantalones y los bóxer sin vergüenza alguna; todo a la vez. Copié mis movimientos con el resto de su ropa. Fuera leggins; fuera tanga, adiós al sujetador. Completamente desnudos en la sala, desprovistos de la seguridad que nos entregaban nuestras ropas, yo temía ser descubiertos pero ella parecía sentirse mas despierta con esa sensación. Y para que negar, yo estaba eufórico ante la situación.
Observé su cuerpo desnudo, completamente despojado de vestiduras, como jamás lo pude ver antes; y su monte de Venus, tantas veces imaginado en mis noches más necesitadas. La incité con mis manos sobre sus pechos a tumbarse sobre la camilla para poder disfrutar de una mejor visión del deseo carnal, y cuando lo hizo y la vi allí, deseando que me abriese camino en sus profundidades, sencillamente obedecí. La penetré con decisión y escuché nacer un gemido grotesco de su garganta. Mis ojos se cerraron al contacto con su alma y continué saboreando las sensaciones, impulsando mis caderas hasta el final de su secreto, ahora revelado para mí.
Grité, gemí, clamé; casi al mismo unísono; cantantes de la pasión. De pronto se me rebeló, tratando de poner resistencia, me agarró del pelo tirando de él hasta hacerme daño, con un rostro repleto de lujuria y me gritó "hasta matarme, cariño, hasta matarme". Por supuesto, obedecí, y mis caderas se convirtieron en algo arrollador. Seguramente los gritos estarían llegando a la calle, pero que me importa, ahora que la tengo entre mis brazos. Se volvió a recostar sobre la camilla y me sentí hipnotizado cuando vi su cuerpo serpentear, manifestando su experiencia, enloqueciendo mi sentencia.
La gente estaría a punto de llegar y nosotros aun estábamos en la fase de la locura. La atraje hacia mi, clavando mi hombría en su ser y obligándola a gemir, digo yo que por puro placer. Mi arrepentimiento se desvaneció por completo bajo el hechizo de su cuerpo y mirando el reloj, marcando menos cuarto, aceleré nuestro proceso. Benditos sus muslos entre mis manos, abrazándome la cintura, convirtiéndose en mi y yo en ella. Mis manos se perdieron en sus pechos, grandes, robustos, perversos. Escondí mi rostro en ellos y me deleité en el rápido palpitar de su corazón. Estaba a punto de llegar y lancé mi estocada final. Acaricié su monte de Venus, allí donde se vuelven locas y tras sentir sus uñas clavadas en mis hombros, escuché el gemido mas gratificante desde hacía mucho tiempo. Detrás fui yo, que casi perdí la fuerza de las piernas, y carente de energía, me desplomé sobre ella.
Tres minutos, solo teníamos tres minutos para disfrutar de la calma que te deja un buen orgasmo; y me pregunté si este sería un acontecimiento esporádico, único o detrás vendrían mas. Me llené de dudas al pensar que a lo mejor ella solo deseaba disfrutarme y aquí no había pasado nada. Porque no hay nada más doloroso que tener todo un imperio en tus manos, disfrutarlo, y que de pronto te lo quiten de tus manos. Recuperando el aliento volví a erguirme, buscando mi ropa y entregándole la suya. Estaba serio, asustado por lo que ocurriese después de nuestro acto, pero callé y me vestí. La observé, esta vez no lo hice disimuladamente como siempre hacía. No, en esta ocasión le mantuve la mirada, tragando saliva y aguantándome las ganas de decirla lo mucho que la quería. Como no vi diferencia alguna en su semblante me dispuse a caminar hasta la centralita, algo chafado porque esperaba una palabra por su parte.
-¿Me llevas al cine este sábado?
Suspiré con desahogo, apoyando mi mano sobre el marco de la puerta. Tres meses esperando esa pregunta, que debería haber hecho yo, soy consciente. Me giré para mirarla.
-Te recojo a las ocho en tu casa.
Y entonces sonrió. Pero no una sonrisa que dijese que estaba de acuerdo; sino una en la que decía "dejo mi vida en tus manos". Y respondí con otra sonrisa.
Cuando salio de la clínica no lo hizo dándome un beso ni un abrazo. La gente ya había llegado y hubiese sido demasiado incomodo. Sencillamente me dijo "nos vemos" y desapareció tras la puerta de cristal.
Comenzamos nuestra casa por el tejado, supongo, pero estaba completamente seguro que el sábado pondríamos los cimientos adecuados para mantener una bonita relación.



© ® 2007, Rebeca Rodríguez.

Correrías en solitario.


El domingo salí a ver el mar a las 12 del mediodía, y os contaré que el mar estaba vestido de azul ultramar, que es el color que nuestro Mediterráneo viste cuando se siente importante y una estola de plata le colgaba desde los hombros hasta mis pies. Las olas reían a carcajadas.

Las nubes iban a los suyo por allá arriba, tan infantiles como el azul celeste en el que jugueteaban a "dime a quien me parezco". ¿Quien se volvía a casa a tomar una prosaica comida en solitario ante la tele?,. ¿Quién en su sano juicio se metía en casa con la tele y en la bandeja... las sobras de ayer? Me gustan mis sobras, porque son mías y me las como porque me da la gana, pero ¿quien era la valiente que abandonaba tal paraíso?...

Así que me senté en una crepería del Paseo Marítimo, y una francesa joven y amigable me hizo la crep que yo elegí y la acompañé de dos cañas, ni más ni menos. Tal vez más que menos, porque al terminar, pagué y reanudé mi paseo y ¿qué creéis que había en la esquina?...
¡una heladería!. Siento la tentación y me digo:

- ¿Cómo a mi edad voy a sucumbir a una tentación?

Y mi ángel de la guarda que nunca está demasiado lejos, me respondió:

- Por lo menos satisface las que puedas conseguir en solitario.

- Está bien - le contesté - no necesito tus guasitas.

Contemplé la variada oferta de cremas heladas, y para mejorar los síntomas de las depresiones circunstanciales que a veces me asaltan, pedí un cucurucho de rico barquillo con su gran turbante de chocolate negro.¡Por sólo 1,50 E.! Crucé los dos semáforos que me separaban del mar dando felices lametazos a mi postre preferido.

Encontré un banco frente a los miles de barcos que llenan este enorme puerto deportivo, que forman en la bahía de Palma con sus mástiles una maravillosa celosía tras la que medio ocultan la catedral.

Pero no queda aquí mi fin de semana. El viernes último comenzaba en el auditorio de Sa Nostra un ciclo de conciertos de música étnica. Era el primero y cómo nos divertimos: cantamos, palmeamos y gritamos con la música de un grupo gitano/italiano: una acordeonista/bailaora, un violinista/guitarrista y animador/humorista, un guitarrista/cantaor/bailaor, y un saxofonista/clarinetista. El violinista era un gran manipulador de públicos, nos llevó con un dedo, en un divertido castellano/italiano con matices mallorquines por donde quiso. Coreamos todo lo que nos pidió, entre ello, la que nos dijo era la única canción de contenido sexual de todo el cancionero gitano, que provenía de Georgia. La letra con la que teníamos que corear, solamente constaba de una palabra "usasá". Esta palabra, según él, pertenece a la lengua romaní y significa la parte de la anatomía de la mujer más intima, sensual y sexual que pudiéramos pensar. Y aquí nos tenéis cantando con toda nuestra fuerza al ritmo de música zíngara: ¡U-SA, USASA!, una y otra vez. Al finalizar me encontré con unas amigas y riendo y saltando nos fuimos a tomar unos tintos con unos montaditos hasta la media noche.

Y esta tarde de un domingo soleado y bienhechor, cuando volvía a casa, cansada, me senté en un banco a la sombra, ante unos yates impresionantes. Una pareja de jóvenes, ella teñida de rubio y él con camisa blanca y pantalón vaquero, pasaron por delante y me miraron; yo no los conocía, pero me sonrieron y el me dijo: - ¡U-sasá!.


lunes 19 de octubre de 2009

Aquella morena.


A la par que me obsequiaba con una sensual sonrisa, aquella morenaza bajó la intensidad de las luces de la habitación y se aproximó. Yo me acomodé, y me dispuse a dejarme llevar en todo. Siempre me ha gustado que sean ellas las que dominen la situación. Se acarició el pelo y dejó sus gafas, descuidadamente, sobre el tocador. Parecía evidente que iba a obsequiarme con un streep teese. Y así fue.

Sobre sus gafas fueron a parar un pañuelo de seda negro y unas medias transparentes que, tras ostentación y pompa de sus bien contorneadas piernas, aquella morena se había despojado de una forma sensualmente lenta. Mis ojos, acomodados ya a la escasa luz de la habitación, descansaron su curiosidad sobre unos muslos que se me antojaban de Diosa, sobre unas braguitas que observé con la lujuria de un necesitado, sobre una sonrisa, no exenta de un ligero temblor, que me dedicó por un instante.

Aquella morena se iba desnudando. Lentamente. Y yo iba saboreando todos y cada uno de sus movimientos, paladeando cada trocito de su piel que quedaba a la vista, percibiendo cada gotita de jugoso sudor que brotaba de sus poros.

Murmuró algo, que no entendí, y le comenté lo guapa que era. No dije nada de las sensaciones que me causaba la simple visión de su perfecto culo. Siempre he sido muy cortado en estas ocasiones. No dije nada de las emociones, de los efectos, de las percepciones que su cuerpo y sus movimientos me provocaban. No dije nada cuando, tras quitarse el sujetador, el erotismo brutal que aquella morena desprendía, dejó paso al deseo más grande que jamás haya sentido en mí. Y, casi sin quererlo, empecé a tocarme al mismo compás que ella, imaginando que mis manos eran las suyas, sobre sus pechos, y las suyas las mías, sobre mi órgano.

De pronto paró el movimiento, se rió y me guiñó un ojo. Su sensualidad dio paso a una especie de agitación grosera, que acentuó mi excitación, y agarró con fuerza la minúscula braga que aún llevaba puesta.

Por un instante pude vislumbrar su hermoso pubis, por un solo instante. Luego… la imagen desapareció al tiempo que me llegaba el orgasmo entre mis jadeos y maldiciones. ¡No iba a perder la conexión de Internet el puto ordenador de los cojones!


domingo 18 de octubre de 2009

Al límite de las gunfias

¿Quién no ha buscado, incluso antes de haber comenzado a leer una novela, el capítulo "caliente", el que más que ningún otro firma el talento y la imaginación del autor? Yo he leído por azar pequeñas pinceladas que me han marcado. Una de estas frases mágicas que lograron despertar mis sentidos pertenece a Bertrand Blier. No recuerdo el título del libro donde aparece, creo que hasta hay posiblidades de que se trate más bien de una película y no de una novela, pero tengo claro que consiguió poner en funcionamiento mi imaginación y, quizás, también mis manos. La frase es la siguiente: "Le unté con crema el ano. Tenía nalgas de ángel. Entré en ella como en una religión". La religión y el sexo anal se ven de manera muy diferente tras leer esta frase y hasta los ángeles empiezan por fin a disfrutar de los placeres terrenales gracias a su genialidad. También ellos se lo merecen.

Otra de mis musas es Gioconda Belli con sus labios seductores, que saben al néctar de las naranjas más suculentas, y su poesía atrevida que invita a descubrir un nuevo mundo de sensaciones. Porque de eso se trata precisamente, de soñar con nuevos olores, sabores, e incluso, de encontrar tiempo para compartir con un botón (la juguetería erótica merece otro post).

Pero si hay alguien que se atrevió realmente a llamar a cada cosa por su nombre, ese fue, sin lugar a dudas, Julio Cortázar en el capítulo 68 de Rayuela:

"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias".

¿Qué le hizo por Dios? Que me lo hagan a mí, yo también quiero llegar al límite de las gunfias y gritar con todas mis fuerzas ¡Evohé! Y es que desde que leímos Rayuela todos, tanto hombres, como mujeres, deseamos ser La Maga.

sábado 17 de octubre de 2009

Una tarde. Dos chiquillos.

- “¡Vamos, devuélvemelo!”- le dijo por quinta o sexta vez.
Él siguió corriendo.
Ella siguió corriendo.
La gente se apartaba por los pasillos.
“¡Qué descuidada!”- se repetía una y otra vez.
Entonces él se metió en un cuarto y ella entró detrás de él.
El cuarto era pequeño y estrecho y no había más luz que la que entraba de la calle por una ventana.
- “Te he dicho que me lo devuelvas”- Volvió a repetir ella extendiendo su mano.
- “No la tengo”- respondió el- “Se la he dado a Jose”.
Ahora sí todo estaba perdido, y se dejó caer en la pared; “¡Qué descuidada he sido!”.
Él se quedó mirándola y al cabo de unos segundos preguntó: “¿Pero tan importante es para ti?”. Ella sólo le miró y volvió a bajar la cabeza. No dijo nada. Estaba allí, sola, con él, y cuántas veces lo había deseado; y en ese momento le odiaba más que a nada, hasta que…hasta que él se apoyó en la pared a su lado.
Despacio y sin saber realmente qué debía hacer, él pasó su brazo por detrás y la rodeó apoyando su mano suavemente en el hombro. Toda la ira que ella sentía dio paso de nuevo a esa adrenalina la había embriagdo minutos antes cuando le persiguía por los pasillos; la estaba tocando y su cuerpo respondía. Casi estaba temblando y no podía decir nada, ni siquiera podía levantar la cabeza.
Él tampoco dijo nada.
Su mano comenzó a acariciarla el pelo y en un instante recorrió su hombro para llegar al cuello. Ella se sentía cada vez más tensa y acalorada mientras notaba como él pasaba la yema de su dedo índice subiendo por el cuello hacia la barbilla. Una vez allí se paró y comenzó a ejercer una ligera presión que acabó por levantarla la cabeza para mirarla directamente a los ojos. ¿Iba a pasar? Ambos sabían lo que querían…
Entonces se perdió en sus ojos penetrantes y sin darse cuenta, la respiración galopaba contra su voluntad. Él se colocó frente a ella y se acercó dejándola acorralada. Se acercó aún más y pegó su torso al de ella. Ésta no sabía que hacer, en su espalda notaba la fría pared que la sujetaba y en su pecho el calor del musculoso cuerpo que tanto había deseado. Él colocó ambas manos, calientes, sobre la cara de la muchacha y comenzó a bajarlas rozando cada línea de su cuerpo. Después se pararon en la cintura y él dejó caer todo su cuerpo sobre ella, que sentía el peso que la presionaba contra la pared, apoyando la cabeza sobre su hombro. Notó entonces la respiración de aquel muchacho en su cuello y nerviosa se olvidó de respirar. Empezó a verlo todo borroso y la cabeza le daba vueltas; no era capaz de mandar a su propio cuerpo que cogiera aire. Se estaba quedando sin oxigeno. Dejó de ser consciente de lo que la rodeaba y sólo podía escuchar el latido de su corazón que se aceleraba cada vez más y más al mismo tiempo que sus pulmones se encogían. Sintió el tacto de esos labios que ahora besaban su cuello dulce y lentamente y comenzó a subirle una gran presión en el pecho provocando un dolor puntiagudo que iba creciendo; una llamarada del fuego más vivo abrasó sus entrañas desde los pies a la cabeza y cerró sus puños fuertemente sin poder hacerse con su propio cuerpo. Él seguía ahí pegado, ella no podía más, y de un beso pasó a atraparla suavemente entre sus dientes. Con un movimiento brusco tomó una bocanada de aire que llenó sus pulmones saciándola como nunca antes lo había hecho.
… pero ninguno hizo nada. Todo fue muy rápido y sin embargo, para ella el tiempo pareció haberse parado en ese instante.
- “Tenemos que irnos”- dijo él.
- “Sí”- contestó ella.

lunes 12 de octubre de 2009

UNA NOCHE, DOS DESCONOCIDOS



¿Qué puede hacer un hombre cuando todo falla en su vida?
Ni la tierra cambia su giro, ni los mares se secan, ni las estrellas
se revuelven en el cielo. Todo sigue igual y nada es lo mismo.

Por la calle, húmeda del relente de la noche, solo se ve a un gato, negro y flaco, en busca de vete a saber qué. Tal vez algo que comer o quizá un poco de amor. Como él.

Cubierto por una vieja gabardina y un sombrero raído de ala ancha, fuma y camina lentamente. En el cruce de la calle un coche frena con brusquedad y una larga pierna de mujer, enfundada en una media negra y calzada con un zapato puntiagudo y de altísimo tacón, asoma por la puerta que acaba de abrirse bruscamente. El resto de su cuerpo sale del auto y se aleja rápidamente en dirección contraria, justo hacia donde el hombre se encuentra. El la ve acercarse y observa su abrigo de terciopelo y raso, la melena rubia y larga, el pequeño bolso bajo el brazo y los pies casi en puntillas, por los tacones, que repiquetean sobre la acera en el silencio de la noche.

Pasa a su lado levantando una ligera brisa que esparce un delicioso aroma a perfume caro que lo inunda todo y que produce en él un ligero brote de ansiedad y ganas. Siempre ha sabido apreciar cuando una mujer es magnífica y esta lo es.

Del coche parado ha salido un hombre que, visto a distancia, parece maduro y camina rápidamente en pos de la mujer, que ni siquiera gira la cabeza para mirar atrás.

El, sin pensarlo siquiera, sigue a la mujer y la alcanza y tocando ligeramente su brazo, hace que se detenga:

-¿Está Vd. en apuros? ¿Necesita ayuda?

- Ella le dirige una mirada salvaje; echa chispas por unos ojos verdes, ahora borrosos por la ira. Mira por primera vez hacia el hombre que la sigue y tomándole a él del brazo se pega bien a su cuerpo y le dice con voz ronca:

- Vamos.

No sabe a donde le lleva, pero se dejaría ir con ella a donde quisiera llevarle. El perfume que despide lo embriaga y esa mano posada en su brazo le hace sentir un calor que abrasa. Caminan a buen paso, juntos, agarrados como dos enamorados que tienen prisa. En la acera contraria hay una luz encendida en el Bar de Polin. El hombre ha dejado de seguirles, tal vez se ha asustado o quizá ha pensado que no merecía la pena. No necesitan decir nada, como si ese fuera su destino se dirigen hacia el bar, entran y miran si hay una mesa libre. La hay.

Ella no quiere hablar. Y el tampoco. Toman una copa despacio y solo se miran. En su pensamiento, el dibuja con su lengua el perfil de sus labios carnosos y besa suavemente entre el escote abierto de su blusa. Ella parece adivinar lo que piensa y descalzando su pie pasea con sus dedos por debajo del pantalón del hombre acariciando su pierna. El respinga como electrizado, ella sonríe y deja sus labios entreabiertos por donde asuma la punta de su lengua sonrosada y húmeda. Los dedos de él son como metal atraído por un imán. Trepan desde la mano de ella, por el brazo y vuelven a bajar en una suave caricia. Cuando acerca su mano a su nariz, él siente en sus dedos ese aroma que lo enloquece.

En el bar suena una música suave y el hombre la toma de la mano y le ofrece bailarla. Ella se descalza y se deja abrazar estrechamente. Bailan lentamente, pegados, mirándose a los ojos sin pestañear, comiéndose con la mirada. Todo se borra de su entorno, desaparece. No hay nada entre ellos, ni siquiera el aire. O sí, los rodea ese aroma a perfume caro que lo subyuga y el del aliento que brota de su boca cuando respira.

Queda poca noche cuando, por fin, dejan el bar que ya se cierra y caminan por la calle en dirección a alguna parte, no se sabe cual. Juntos. Sin decir nada, sin nombres ni apellidos, sin pasado ni futuro. Llenos de pasión por desatarse. Deseando comerse a bocados. Desesperadamente.

viernes 2 de octubre de 2009

TAL VEZ RENACER

Hoy apenas puedo pensar, sólo sentir. De la boca de mi estómago irrumpe una corriente de agua que todo lo inunda, deshaciendo suavemente la piedra de sal que alberga. Y el agua salada sube hacia mi garganta ocupando cuantas cavidades encuentra: aurículas, ventrículos, arterias, venas, de un corazón flotante pero palpitante. La garganta se estrecha para cerrar el paso al agua y la boca se seca para no formar palabras; los oídos se tapan con el eco de las aguas y los ojos no ven más que profundidades. Pero hay mensajes flotando, palabras flotando en el silencio. Hay alguien, uno, que se hace presencia, deseo, contacto, único. Tiene un nombre, dos, tres... sabe cosas. Sabe que el fin puede convertirse en principio y que de la muerte se resucita; de lo marchito renace el verde y de un tronco herido nace una flor. Mi alma lo espera, mi cuerpo lo espera, y la espera me hace temblar. Sé que no volverá.


jueves 1 de octubre de 2009

Tema de octubre '09: Erotismo


Bien, pues, definitivamente subamos la temperatura un poco en octubre, que no hay ganas de invierno, pero ojo, relato erótico no pornográfico... Aunque como siempre tenéis plena libertad, ya sabéis. ¡A escribir!

Estamos en facebook

Hola compañeros, he creado una página del taller para facebook. Si tenéis cuenta os podéis hacer fans y difundir nuestro trabajo allende el cara-libro.

Periódicamente la actualizaré con las aportaciones al blog y con todo lo que pueda ser interesante o que propongáis.

Si alguno no quiere que sus relatos salgan en este nuevo sitio, por favor comentádmelo (aún no subiré ninguno)

lunes 21 de septiembre de 2009

Después de clase





Los rayos del sol se reflejan como un manto sobre las aguas transparentes que esperan apaciguadas bajo mis pies. El calor que emana sobre mi piel me recuerda a aquellas tardes después de las clases, cuando nos escapábamos todos los amigos hacia el lago; desnudándonos por el camino y lanzándonos al agua, sintiéndonos libres de toda hipocresía mundana; de unos padres exigentes y poco tolerantes. Libres de tantas cosas…

Tal vez por esos recuerdos es que vuelvo contigo a nuestro lago, donde me juraste amor eterno y tantas tonterías que solemos decir a los catorce años. Regresar y sentarnos en el manto de margaritas que cubría aquel lugar de ninfas y hadas, con el polen revoloteando en el ambiente me devolvió esa infancia que tanto añoro. Tus miradas tímidas que me enamoraron de ese corazón tan humilde que tienes; aquella flor que me colocaste en el pelo decorando mi rostro; nuestro primer beso lleno de inexperiencia y de vergüenzas ilógicas para una edad que tanto tiene que vivir y ofrecer a los demás. De cómo me animabas a saltar desde aquella roca hacia el agua para sentirme libre como un pájaro, para reírnos de la gravedad y notar esa euforia en el estómago. Recuerdo como te reías porque no me atrevía. Ya sabes, mis miedos absurdos. Esos que ahora te hacen enloquecer de amor por mí.

Entre colores ambarinos volvemos a nuestro lago para intentar aquello que nunca me atreví a hacer, sintiendo el manto cariñoso del sol sobre mis hombros. Ahora que me veo con ganas de enfrentarme a todo, estoy a tu lado sobre aquella piedra que tanto vértigo me causaba; dispuesta a lanzarme como un pichón que salta de su nido para aprender a volar. Bajo mis pies las aguas cristalinas reclaman mi presencia, como voces de sirenas que despiertan en mí el coraje para saltar. Tu sonrisa, a mi lado, me termina de convencer. Acerco mis pies a la orilla de la piedra y siento como tu mano se entrelaza a la mía. Todo está de nuestra parte: las aguas tranquilas, el sol observándonos desde su lugar predilecto; una brisa apenas imperceptible, bailando a nuestro alrededor. Y nosotros, cogidos de la mano para vencer un “no” de mi infancia. Retrocedemos unos pasos y sin soltarnos corremos en dirección a esas sirenas que me llaman; el suelo desaparece bajo mis pies tras el salto y siento como el estomago se vuelve del revés, la adrenalina llega al máximo nivel y grito con emoción antes de ser engullida por ell verde refrescante que tanto marcó mi pasado. Mi cuerpo deja de pesar bajo las aguas y miles de burbujas susurran a mí alrededor tratando de llegar a la superficie para convertirse en aire. Extiendo un brazo y trato de seguirlas, impulsándome con fuerza hacia el exterior para respirar el éxito de mi valentía. Mi cabeza siente de nuevo el calor del sol y puedo respirar los diferentes aromas de las flores silvestres. Aúllas como gran vencedor y nadas hasta mí, abrazándome con emoción. Me besas con dulzura y apartas algún que otro mechón de pelo de mi rostro para descubrir mi sonrisa y alegría por haber saltado una barrera en mi interior. Esa sonrisa será grabada eternamente en mi corazón, cuando me llenaste de valor y me devolviste esa infancia que tanta añoranza quebraba mis recuerdos; ahora devueltos. Nos quedamos nadando hasta que el sol, cansado de tanto observarnos, decidió dormirse y tener sus propios sueños, envueltos con esa aura de verano que me hicieron sentir princesa de cuento. Aquí, en el lago de nuestra adolescencia.

© ® Rebeca Rodríguez, 2006.

Volver.

…Escogió una esquina concurrida donde tocar su guitarra, colocó en la funda unas monedas para ver si alguien picaba… Y disfrazó de melancolía sus acordes al tiempo que se encogía en su cazadora para resguardarse de la eterna humedad londinense. Hacía meses ya que se había echado a la espalda aquellos sentimientos que tanto tienen que ver con el orgullo, incluso con la dignidad, y se había olvidado de ellos. Como había olvidado también que llegó a Londres con sus ansias teñidas de prosperidad, y un contrato de trabajo en la maleta que nunca se cumpliría.

Quizás hoy no llueva, pensó al tiempo que maldecía a quien, días atrás, le había robado su único y viejo paraguas. Pero se equivocó, no hay día que no llueva en Londres. Y se resguardó bajo la marquesina del autobús, la misma marquesina que le había cobijado otras muchas veces, la misma marquesina que presidía la parada del London bus del que bajaban divertidos los turistas y corrían, agachando la cabeza como si más abajo lloviera menos, a resguardarse en el Covent Garden donde podrían tomarse unas pintas o hacerse unas compras mientras aclaraba la tormenta. La misma marquesina de la James Street donde coincidía con Keith cuando la lluvia se burlaba de Londres.

-Te veo mojado, Pepe –bromeó el viejo Keith, un escocés ciego que tocaba la gaita en la esquina opuesta a la que Pepe tocaba la guitarra.

Y charlaron un rato, como tantas mañanas de lluvia, el uno con su inglés acentuado de inflexiones castellanas salpicadas de andaluz, el otro con ese inglés extraño adornado con el duro acento escocés. En medio de los dos, dormitando como una estatua, el viejo Shaggy, el perro lazarillo del ciego Keith, completaba la usual estampa de aquella parada de autobús de la James Street.

Con las últimas gotas de la tormenta, los dos inmigrantes recogieron sus bártulos musicales y se despidieron, como siempre. Sólo que esta vez el adiós no maquilló una despedida.

-Me vuelvo a casa, Pepe. Mi hermana quiere que viva con ella en su casa de Aberdeen. Me cansé de la lluvia de Londres.

-Siempre me dijiste que llovía más en Escocia.

-Pero aquella es mi lluvia, Pepe, es mi lluvia…

Y tras el abrazo, espontáneo y verdadero, una guitarra y una gaita volvieron a sonar en la transitada James Street, cerca del Covent Garden.

Aquella noche, fría y húmeda en Londres, Pepe se tumbó rendido sobre el destartalado mueble con colchón que hacía las funciones de camastro en el desvencijado apartamento que compartía con un negro de Sierra Leona. Y sin echar siquiera de menos una sencilla cena, el sueño le venció y le transportó al prodigioso mundo que dibuja nuestra fantasía. Y soñó. Soñó con volver, bañarse en luz. Soñó que volvía a su rinconcito del Albaicín, allá en Granada. Soñó. Feliz.

Al final de la noche, la triste luz de la mañana le devolvió a su duro entorno. Y el sueño desapareció para escribirse en el libro de los sueños. Y formó capítulo junto a otros que se titulaban así: París, Yamilca sueña con volver a Cuba; Tejas, Pancho sueña con volver a México; Barcelona, Elías sueña con volver a Chile; Lisboa, Natalia sueña con volver a Rumanía; Nueva York, Ángela sueña con volver a España; Palma de Mallorca, Mohamed sueña con volver a Marruecos; Berlín, Amy sueña con volver a los Estados Unidos…

Volver. Este sueño.

domingo 20 de septiembre de 2009

Punto de no retorno


La primera vez fue algo simplemente inexperado. Ocurrió sin más. Después, me gustaría decir que nada fue lo mismo, pero lo cierto es que todo siguió más o menos como siempre, al menos durante un tiempo. Y, sin embargo ya no había marcha atrás, ya no sería la misma. Volvimos a hacerlo un par de veces más de manera casual. Sin buscarlo ninguno de los dos, sin pensar en ello. Surgía y era agradable, nada más. Poco a poco comenzamos a buscar la complicidad del secreto para volver a repetirlo a escondidas. Es cierto que la furtividad incrementa la satisfacción. Supongo que la adrenalina y todas esas mierdas ayudan a que todo parezca más intenso, más real. Aún así no era algo habitual, lo hacíamos un par de veces o tres al mes, si acaso una vez a la semana al final. Porque sí, del mismo modo que comenzó, terminó. Y fue entonces cuando descubrí que mi vida había cambiado. Porque aunque intentábamos fingir que nada había sucedido, y realmente nadie supo nada, lo cierto es que a partir del momento en que fui consciente de que nunca más se repitirían nuestros encuentros clandestinos, comencé a obsesionarme. La adicción era meramente psicológica, no había ningún indicio objetivo de que mi cuerpo necesitara de aquello. Por supuesto traté de que mi vida continuara como hasta entonces, que nadie descubriera en qué se ocupaba mi pensamiento en cuanto tenía un instante, que nadie supiera que intentaba revivir aquellas sensaciones una y otra vez, hasta en sueños. Pensé en más de una ocasión en llamarle, decirle que me gustaría continuar con nuestro juego. Pero nunca lo hice. Sabía que para él, lo que hicimos la última vez, había sido demasiado. Nunca hablamos de ello. No hizo falta. Sus mirada fue suficientemente explícita. Nunca más. Pero, en mí nació un vacío que no pude rellenar sola. Llámalo cobardía. Sí, siempre temí que se nos fuera la cosa de las manos y por otro lado lo deseaba, por eso en aquella última sesión hice que fuérmos más lejos que nunca. Bueno, eso ya es historia. El caso es que deseaba, como ya he dicho, volver a revivir aquellas emociones e incluso continuar experimentando. Cruzar una línea solemente sirve para atisbar la siguiente y desear cruzarla. Y era eso lo que me comía por dentro: el deseo. Los recuerdos apenas conseguían aplacarlo, e incluso en sueños, que comenzaron siendo la única vía de escape a tanta frustración, no encontraba más que impotencia e insatisfacción. Y desde entonces el vacío ha seguido ahí, haciéndome compañía fielmente, por temporadas pareciendo menguar, otras revelándose infinito. Por supuesto que volví a cruzar el límite, y muchos más, pero sin encontrar lo que, ahora sé, nunca más podre obtener. Porque para eso tendría que volver a ser la que era antes de que todo cambiara, antes de aquella última vez, antes de la primera. Lo sé, volver atrás en el tiempo, regresar al momento en que todo cambió, es un imposible.

sábado 19 de septiembre de 2009

Mi nombre... no importa

Mi nombre... no importa. No lo entenderíais, vivís en vuestras vidas sin mirar alrededor y cuando os dais cuenta escondéis la cabeza bajo la sombra del remordimiento. Llevo tanto tiempo... que apenas recuerdo el pasado. Me quitasteis lo que fui, cuanto soy y mi futuro.

Maldigo la hora en la que caí en vuestras manos. Una luz cegadora brillando sobre un cielo oscuro y un golpe profundo, atronador que retumbaba dentro de mi ser y me hizo estallar en mil pedazos. Solo recuerdo ese leve instante de dolor, porque los siguientes fueron de amargura. Encerrado en una urna de cristal, con luces constantemente iluminándome. Maltrecho bajo los focos incandescentes que me quemaban por fuera, y los murmullos a mi alrededor. Una y otra vez. Cuerpos que se movían entre cortinas. Blancos, rectos, con cabezas cuadradas y un inmenso ojo por rostro. Como cíclopes cruzados con mastodontes envueltos en un rancio hedor: eso es lo que sois.

No podía respirar, por más que el espeso aire intentara llenarme. No podía hablar, por más que me forzara para emitir algún sonido. Intenté recoger fuerzas de todas las partes de mi cuerpo, para que en un momento de valor rompiera los amarres que me sujetaban. No pude, estaba agotado y con miedo. Y vosotros ahí, mirándome, escrutando el más pequeño de los rincones que hallabais en mi cuerpo. Exhausto me rendí, el cansancio doblegó al coraje; el miedo a la esperanza; el sufrimiento a las ganas de existir.

No recuerdo el tiempo que estuve conectado, solo los cables; el frío y pequeño acero cortante; los débiles pulsos eléctricos recorriendo mi interior y la desidia al creerme muerto ¿O tal vez lo estuve? Ya no sé si soy un ser vivo o estoy inerte tumbado en una camilla, esperando ser almacenado como otro más. Ya no sé si escapé mientras apagabais las luces y me transportasteis de nuevo, o soñé que lo hacia al ver el túnel y la brillante luz que me llamaba. Sé que la muerte tiene que ser parecida a existir lejos de los tuyos, escondido entre la podredumbre y sin techo donde cobijarse. Huyendo constantemente de cualquiera que se acerque, apartando la mirada para que no te reconozcan y ocultándome de los días que este extraño Sol obliga.

Ahora estoy aquí, alejado del bullicio de la ciudad y sentado a orillas de este insalubre cauce, donde, durante un breve lapsus de tiempo, imagino que veo entre las estrellas la luz anunciadora de la vuelta a casa.

(Corregido, 20-09-09)

miércoles 16 de septiembre de 2009

Querido diario:

15-septiembre-2009 08:30

Querido diario:
Hoy es el primer día de clase. Normalmente eso no me haría ninguna ilusión, pero esta vez es diferente.
¿Recuerdas lo que te conté a principios de verano? Bueno ¿cómo no si yo me acuerdo perfectamente? ;D Pues eso, que Rafa se ha decidido ¡al fin! a pedirme una cita... ¡Es tan guapo! Con su pelo rubio y lacio, con sus ojos azules... Pero llegó el verano y mis estúpidos padres decidieron ir de vacaciones a la estúpida cabaña que tenemos en el estúpido lago... Toooooodo el verano observando como mi padre intentaba estrechar lazos con sus hijos a fuerza de caña ¿quién narices querría estrechar lazos con alguien para el que la idea de ocio es sacar peces muertos de agua turbia? Y mientras tanto él aquí, lejos de mí, cerca de Sonia... :S Siempre ha querido lo que yo anhelaba y ahora es él lo que más deseo ¿Qué me dirá Rafa cuándo me vea en el insti?¿Le gustaré?
*Se levanta de un salto rápido y se pone frente al espejo. Observa su rostro: de frente, el lado derecho, el perfil izquierdo. Luego levanta ligeramente el mentón y hace una mueca que pretende ser sensual. Fija ahora sus ojos en su figura y, finalmente, sacude su pelo casi con despreocupación, tras lo que vuelve a tumbarse en la cama con un ligero salto elegante.*
No estoy tan mal para 17 años recién cumplidos... ¡Seguro que él está tan guapo como siempre!
*Su nombre flota desde el piso de abajo, impulsado por una voz enojada.*
Joder, ya está mi madre metiéndome prisa... Bueno, me voy a clase ¡luego te cuento!


19:30

Querido diario:
¡Odio a Rafa! Es imbécil... ha sucumbido a los encantos de Sonia, según él. Pero ¿qué encantos? ¡¡¡Si es más fea que Picio!!! Ya sé yo lo que le habrá dado esa... Dos tetas enormes y una vagina dispuesta ¡eso es lo que le ha dado!
Ha sido el día más horrible de mi vida, me he sentido como una estúpida ¿Por qué le haría caso a ese febo creído? Maldito Rafa...
*Una lágrima de rabia recorre todo el camino desde su rostro hasta el nombre del odiado ex-pretendiente, convirtiéndolo en un borrón ilegible.*
Volver a clase, volver a casa, volver al fracaso... ¿por qué todos los años es lo mismo?
Odio las vueltas. Según mi corta experiencia, las vueltas no deparan nada bueno así que a partir de ahora *llorosa cara de decisión* no voy a volver jamás. No quiero rutinas, no quiero clases, ni trabajos donde tras unas cortas vacaciones tengas que trajearte para hacer lo mismo un día sí y otro también. No quiero tener que preocuparme de chicos, ni chicas ni nada de nada. A partir de ahora sólo voy a ir hacia delante. Todo lo que va a haber desde ya son idas, nada de vueltas. A tomar por el culo volver.
*-Tal vez no puedas hacerlo.
Se gira hacia la derecha apresuradamente y descubre a un chico, casi un hombre, unos años mayor que ella. Observa su cabello oscuro y rizado, su tez tostada por el sol, se pierde en sus ojos color jade, su sonrisa burlona.
- ¿Y tú qué sabes?- responde enojada al tiempo que esconde las hojas en las que vertía su alma- ¿Tienes por costumbre invadir así la intimidad de los demás?
Una risa clara y sincera sustituye a la burla en la expresión del joven.
- Es un riesgo que corres cuando te sientas a escribir en el banco de un parque al lado de un desconocido- responde con sorna.
- Es el riesgo que corro por sentarme al lado de un tío con vocación de maruja querrás decir- le espeta ella mientras él se echa a reír de nuevo- ¿No quedaban trabajos de cotilla en donde vives y has decidido venir a ejercer al parque?
- Suena como si estuviera prostituyéndome- dice aún sonriente- pero te aseguro que nada más lejos de mi intención. Es sólo que leí sin querer un par de líneas y me gustó tu estilo.
- ¿De verdad?- su voz, ahora suavizada por el halago, llena el espacio entre ellos- Vaya, algo es algo...- la mirada del joven chispea complacida y ella nota un cosquilleo que la invade. La curiosidad la corroe- ¿Cómo te llamas?
- ¿Quién invade ahora la intimidad de los demás?- ríe él, contemplando como ella se sonroja- Óscar- responde, no obstante.
- Yo soy Chiara- dice aún tímida.
- Tienes un nombre precioso. Italiano ¿verdad?- ella asiente. Él se levanta alegre y mira con cierta duda el cielo anaranjado- Se está haciendo tarde y debo irme. Pero me ha encantado invadir tu intimidad- le tiende la mano al tiempo que le dedica una sonrisa plena- y también charlar contigo.
- ¿Vendrás mañana?- pregunta ella, ahora ya en pie frente a él- Sólo por curiosidad...
- Vengo todos los días a pasear un rato después de clase. Supongo que si vienes podremos tener otra charla agradable. Te gusta hacerte la difícil ¿eh?- bromea, al ver la reticencia de ella- De acuerdo, una charla y un café ¿quedamos así?
- De acuerdo, pero no sé si podré venir.
- No importa, ya te he dicho que vengo todos los días- su sonrisa perenne llena el ambiente- Me has caído bien- confiesa.
- Y tú a mí. Está bien, intentaré venir.
- ¿Prometido?
- Prometido- es la risa de ella la que ahora flota en el aire.
Se despiden con un apretón de manos y una promesa que entrelaza sus dedos.*

20:30

Querido diario:
El encuentro de esta tarde me ha hecho cambiar de opinión.
Quizá las vueltas no sean tan malas... sobre todo, si te hacen seguir hacia adelante. Al fin y al cabo, sin vueltas no hay idas ¿verdad?
Óscar... suena bien...

viernes 4 de septiembre de 2009

VUELVE





Abro los ojos, no, ni siquiera los abro del todo. A través de mis pestañas se cuelan los rayos del sol. ¿Dónde estoy? ¡Ah si! En el apartamento de la playa. ¡Todavía!. Un cosquilleo de alegría se cuela por mis piernas hasta subir a mi cabeza. ¡Estoy de vacaciones! Luego, la realidad, que es muy tozuda, me recuerda que hoy es el último día y que tengo que recogerlo todo para irme ya.

No quiero pensar, así que pongo la radio. Bueno, primero la busco, porque, como todos los días, anda perdida entre las sábanas. Me arrepiento a los dos minutos de haberlo hecho. Lo que cuentan es aterrador. Seis mujeres atendidas por malos tratos, dos muertas, en dos días a manos de sus, lo que sean. Y lo cuentan tan tranquilos.

Empiezo a desasosegarme: los colgaría por los huevos y llegarían en esta postura hasta la Navidad. Eso para empezar. Pienso. Pero todo seguido las noticias me llevan a Afganistan. Noventa muertos en un ataque de las fuerzas “pacificadoras”, de los cuales más de la mitad eran civiles. Un ataque a la agrupación española con dos heridos leves. ¡Sinvergüenzas de afganos! Hacerles eso a los que están allí para protegerles.

Pero lo mejor, lo más próximo es que hay tres eres (o como se escriba) en fábricas importantes de mi zona y ha aumentado el paro en proporciones descabelladas. Tal vez vuelvo y mi oficina ha echado el cierre (me digo). Van a subir los impuestos porque no llega, chicos, no llega. Los ayuntamientos se empobrecen, las diputaciones hacen aguas, un desastre. ¿Dónde estará todo el dinero de superávit que había no hace mucho? ¿Alguien ha visto a alguien quemando dinero? ¿A que no? Pues entonces ¿Dónde se ha metido el que no hace tanto había en abundancia?

Pero eso no es todo. El administrador de mi casa dice que hay que poner ascensor nuevo, que este no pasa la inspección. Una derrama que me va a dejar temblando. Y tengo dos caries que me han dado la lata estas vacaciones así que un pico para el dentista.

Pues no, aún no he terminado. Por que ¿Os acordáis de la gripe A? Pues eso, por si no era suficiente todo lo demás, unido a la maravillosa clase política que tenemos y a los medios de comunicación que nos abrasan con noticias y fotos “agradables”, tenemos también un virus suelto por ahí deseando encontrar almas cándidas a las que contaminar.

Así que, si te atreves … vuelve!!!.

martes 1 de septiembre de 2009

Tema de septiembre '09: Volver

Septiembre, fin del verano, de las vacaciones, vuelta al cole, a la rutina. Pero también posibilidades de volver a empezar, a construir un nuevo mañana. Volver a caer, volver a levantarse, volver a volver.



O lo que os apetezca, ya sabéis.
Buenas letras.

miércoles 26 de agosto de 2009

Mi primera vez.

-¿Mi primera vez? Ayer, contigo.
-Sí, ¡anda tonto!
-Hablo totalmente en serio, fue contigo.
-No será verdad…
-Es verdad. ¿Por qué iba a mentirte?
-¿Me estás diciendo en serio que ayer fue la primera vez que…?
-Sí, contigo.
-Es que… no me lo puedo creer.
-Créetelo, ayer fue la primera vez que hice el amor.
-No.
-Que sí, tonta.
-¿A tu edad?
-¿Tiene eso importancia?
-Hombre, no sé, si hubieses estudiado para cura…
-No entiendo de qué te sorprendes.
-No es normal que con cuarenta y diez, como dice la canción, sea ésta la primera vez.
-Pues no será normal, pero es así.
-¿Y si te digo que no te creo?
-Estás en tu derecho, pero te repito que ayer fue mi primera vez.
-Pues para ser la primera vez, parecías un experto.
-Es que llevaba años follando y practicando para esta primera vez.

jueves 20 de agosto de 2009

De libretas en blanco

Durante años apunté en una libreta de anillas la fecha exacta de la primera vez que hice algo. Con las primeras excursiones en el colegio, llegaron las primeras roturas de huesos, pero también la emoción de saber que estaba empezando a romper el cordón umbilical invisible que aún me unía a mis padres. Las primeras salidas nocturnas con mis amigas fueron acompañadas, inevitablemente y sin posibilidad de escapatoria, por el primer cigarrillo y la primera cerveza, el extraño sabor de lo prohibido. Cuando cumplí la mayoría de edad me regalaron mi primer voto (a los Verdes) y mi primer trabajo (Monitora de Tiempo Libre). Y cómo no recordar mi primer baile abrazada a un chico, mi primer beso, mi primera caricia... Me sentía extraña después de aquello, me miraba al espejo y me veía la misma de siempre, con la misma cara desde que hice la primera comunión, pero sabía que algo dentro de mí había cambiado. No había perdido nada. No puedo entender que se diga "perder la virginidad" cuando lo único que haces es ganar. Ganas en experiencia, en emociones nuevas y diferentes y, sobre todo, te adentras en el maravilloso mundo de las sensaciones. Algo así como Alicia deslizándose por el gran tobogán que separa el país rutinario del País de las Maravillas.

Las primeras veces son siempre acontecimientos importantes que, para bien o para mal, serán recordados de forma más frecuente que otros acontecimientos de nuestras vidas. La impaciencia, las ganas de que pase o el empeño que ponemos en conseguir nuestros objetivos son los ingredientes perfectos. Otras veces, en cambio, se une el miedo y el estrés ante lo desconocido. Todo forma parte de un conjunto de sensaciones difícilmente perecederas. ¿Quién no recuerda el nombre de su primer amor? ¿O la dirección de su primer piso fuera del hogar familiar? ¿O la primera vez que sopló las velas en una inmensa tarta de chocolate?

Lo que no recuerdo es qué fue de esa libreta. Quizás un día acabó en el contenedor de papel camuflada entre mis viejos apuntes de instituto. Me entristece pensar que, si todavía hoy la conservara, llevaría años cerrada, no tendría nada nuevo que apuntar. Veo a mi sobrino de dos años descubrir cada día el mundo que le rodea: su primer baño en la playa, la primera vez que se lanzó por el tobogán él solo sin ayuda de nadie, su primer día de guardería... ¿Cuándo perdemos la capacidad de asombrarnos ante el mundo? Me parece muy desolador que nos pase eso, es como dejar de regar las plantas, no sonreír durante un día entero o renunciar a bailar con la luz del universo. En mi libro favorito durante mi adolescencia "Rebeldes" de Susan E. Hinton, que más tarde fue llevado al cine por Francis Ford Coppola bajo el mismo título, aparecía un hermoso poema. No recuerdo el autor, pero tengo muy presente su mensaje "Nada dorado puedo permanecer". Me niego a aceptarlo. Seguro que si lo pensamos detenidamente hoy nos ha pasado algo emocionante. A mí, por ejemplo, es la primera vez que un desconocido me desea suerte tras la finalización de una entrevista laboral y se supone que era un rival. También he descubierto que Mafalda se ha traducido hasta al japonés (no he podido resistir la tentación de publicar la viñeta en esta entrada). Y para mañana me he propuesto que sea la primera vez que sonría al conductor del autobús que me lleva cada día al trabajo y puede que hasta me lance con los ojos cerrados y sin manos por un tobogán. Y si no hay primeras veces, ¿por qué no apuntar la segundas veces? ¿Quién ha dicho que no pueden ser iguales o más intensas que las primeras veces? Voy corriendo a buscar una libreta en blanco.

Un primer abrazo con magia.

Era sábado, y un sábado para la cultura. Dos estupendas actividades: una reunión de aficionados a la escritura creativa y una pequeña peregrinación a Valldemosa repartidos entre dos automóviles y a través de campos de almendros en flor. El motivo de la peregrinación era ver y oir una manifestación poética: la lectura de poemas, por sus autores; algo de danza y un cantautor con su guitarra. Nosotros, los peregrinos que viajábamos en uno de los coches, pudimos disfrutar poco de la poesía: éramos tres forasteras y un mallorquín medio sordo, y aquella poesía, creada en cerebros mallorquines y en su lengua, sólo nos llegaba a ráfagas. La danza tuvo su encanto, y la canción perdía interés por su desafinada interpretación. Y todo terminó con un “pa amb oli” con su chicha, y sin una pizca de alcohol: cervezas sin y zumo de tomate. Rico y barato, pero mejor aún, buen humor y destellos de ingenio.
La vuelta, con revuelta. Un poco perdidos, conseguimos llegar a nuestras casas algo más tarde de lo que esperábamos.
¿Dónde apareció la magia?.
Durante la reunión, con un buen ambiente, y con “el duende” (¡es mucho duende!), que si acude lo noto: mi decir se hace arte en cierta manera y surge sin esfuerzo algo así como una buena expresión con un toque de buena interpretación (hace demasiado tiempo que no tengo abuela). Y cómo aquel ser y aquel estar exigían respuesta y la hubo, surgió el encantamiento.
En el espectáculo de Valldemosa: sus luces y sus sombras; la cena encantadora, el viaje de vuelta muy divertido con carcajadas constantes entre las mujeres y “morritos”, también constantes del conductor.

Una vez en casa y a solas, como brotes tiernos de un árbol, fueron surgiendo emociones indescriptibles. Mi cuerpo parecía una caja pequeña, o no lo suficientemente grande, para albergar mi respiración, mi circulación, la vorágine de mis pensamientos y los latidos de mi corazón, ya bastante renqueante, pero empeñado en latir lo más fuerte y acelerado posible.
¿Qué era aquello?. ¿Qué me estaba pasando?.
En medio de todo aquel tornado, aparecía un nombre y una imagen: los del mallorquín medio sordo y conductor de la expedición. ¿Cómo era posible?.
Pánico, sentí pánico. Aquel hombre me gustaba, me gustaba muchísimo, ¡podía enamorarme de él!. ¿Yo?, ¿a mi edad?. ¿Qué haría con todo lo demás?. Oí la voz de aquella mozuela, la Chincueti, que cantaba: “no, no ne l’etat, no ne l’etat per amarti” y el miedo se hizo inaguantable. No pegué ojo en todo la noche. Tenía los pies helados y las axilas me sudaban. Fui a mirar el calendario y vi que teníamos luna llena desde hacía dos días. La redondez de la luna contrastaba con las aristas de mis sentimientos. Ella estaba influyendo de forma negativa en mi ánimo. ¡Lo que me faltaba!.
Esperé y esperé, esperando con desesperación toda la noche, para poderle llamar y expresarle mi angustia. Lo desperté a las ocho y media con un caudal de palabras sin aparente sentido: sorpresa, miedo, edad, no planeado, inesperado. Pero no debían ser tantos los despropósitos porque a pesar de haberlo sacado del sueño, captó la situación y mi estado.
-No te vas a volver loca -dijo. Lo entiendo, lo comprendo todo. Vas a tener una semana para aclararte. Podemos tener una amistad “preciosa”. Un fuerte abrazo.
El primer abrazo era por teléfono, pero fantástico.
Casi me quedé sin voz:
-¡Vale!. Ya veremos. Un abrazo -le contesté
Mi abrazo era pequeño y asustadizo, pero lleno de magia.

La magia duró un año. Fue demasiado "vivir sin vivir en mí" como para convertirse en hábito. Pero fue.

miércoles 19 de agosto de 2009

San Martín de 1989

Yo era uno de esos niños cojoneros que durante la semana remolonean en la cama pero que el sábado están arriba a las ocho viendo los dibujos en la tele mientras sus padres intentan seguir durmiendo. Pero aquél sábado mi padre se me anticipó y no hubo dibujos sino un desayuno rápido y al coche con el frío que se anticipaba al invierno. Fuimos a la casa de mi abuelo. El portalón de la cochera estaba abierto, los coches fuera, una gran mesa de madera en el centro, todo el suelo cubierto de serrín y al fondo, en una esquina, la chimenéa encendida con un fuego muy vivo. Alrededor mis abuelos, tíos y tías, mis primos mayores con cara de sueño. Todos con un café en la mano, espectantes. Me fui con uno de mis primos y empecé a preguntarle qué eran y para qué servían los recipientes de madera que había en un rincón. Con desgana me dijo que eran los cacharros para la matanza, que qué iba a ser, y con una colleja se fue a por una tostada de aceite y ajo. A sí, claro, la matanza. Desde hacía unos días los mayores venían hablando de ella. Que si ya tenían el cerdo, que, que si habían comprado las tripas, que si darle castañas para que supiera mejor, que si el pimentón no parecía muy bueno, que si al final iba venir el gordo a matarlo...


El día había llegado, y allí estába toda la famila lista para comenzar con aquello que no tendría nada que ver con lo que hubiera imaginado. Todos estaban de buen humor, reían, bromeaban y nos anticipaban a los más pequeños tareas a realizar más adelante, como agarrar el rabo al cochino, limpiar las tripas o amasar el chorizo. Ninguna me parecía demasiado agradable, la verdad, y tras cada gesto involuntario de mi naricilla rompían a carcajadas y soltaban la coletilla: pues luego bien que te comerás los bocadillos de morcila... Y con gran gusto los comería. La verdad es que los bocadillo de morcilla frita me encantaban. Y si ese era el objetivo de la matanza bien estaría. Mi predisposición mejoraba. Me fui otra vez donde mis primos con una tostada de mantequilla y les pregunté si ellos habían echo todo eso el año pasado. Simplemente se riéron sin maś. Salvo una prima mayor que me dijo que procurara no ponerme en medio y no molestar.

Poco después, con un gran ruido, llegó mi tío en su máquina excavadora con la pala en alto. Salimos todos corriendo a la calle. Se oían también unos gritos muy agudos. Al bajar la pala pude ver al enorme cerdo. El animal intentaba escaparse pero resbalaba y caía dentro otra vez. Bajó mi tío sonriente y nos dijo que le echáramos uno ojo a guarro, que no dejaba de gritar, mientras entraba dentro a, seguramente, comer algo. Se me ocurrió tirarle un trozo de mi tostada a ver si así se calmaba un poco el bicho. En cuanto el trozo de pan salió de mi mano volví a ser acollejado.
- ¿Qué haces idiota?, no le puedes dar de comer -. Otra vez mi querido primo.
- ¿Por qué?
- Porque no. Tira dentro anda.


Pero en lo que entraba salían todos los hombres fuera. Mi padre me cogió por el hombro y nos quedamos a un lado de la puerta. Mi tío subió de nuevo a la excavadora y bajó poco a poco la pala mientras otros dos se preparaban para coger al cerdo. Llevaban unos garfios enormes. Salieron también mi abuelo y mis tías, todos los primos estaban alrededor, incluso algunos vecinos salieron a ver cómo era el cerdo que matábamos ese año. Llamaron a mi padre y antes de ir me dijo que me quedara ahí y que no tuviera miedo. Miedo ¿de qué?, solamente era un cerdo ya había visto muchos.

Fue horrible. Mi abuelo se acercó y dio instrucciones a mi padre y mis dos tíos sobre dónde colocarse y qué hacer. La pala bajó y el cerdo trató otra vez de escapar, chillando como si conociera su destino. Pero no podría saberlo. Ni siquiera yo que estaba viéndlo supe anticiparlo. En un rápido movimiento mi padre clavó el garfio bajo la mandíbula del cerdo mientras sus hermanos lo agarraban por las patas traseras. La pala bajó del todo. Aún ensartado el animal seguía gritando y tratando de escapar. Mi padre tiró de él y el cerdo no pudo más que entrar al patio, dejando un rastro de sangre y gritos. Yo lo ví todo desde un lado de la puerta sin saber qué hacer, con los ojos bien abiertos, casi más que la boca. Apenas oía algo que no fueran los chillidos del animal cuando entre cuatro hombres los subieron a la mesa y lo agarraban con fuerza. Mis primos reían, mi abuela llamó a mis tías y se puso a darles órdenes. El cerdo seguía debatiéndose sobre la mesa, gritando hasta quebrar su voz y yo en la puerta sin poder moverme.

Entonces llegó el gordo con un cuchillo enorme. Mi prima mayor puso una artesa redonda a un lado de la mesa, junto a la cabeza. Y cuando los gritos del animal no podían ser más desesperados, el gordo le clavo el enorme cuchillo en el cuello y, con el último y más terrible grito, un gran chorro de sangre comenzó a salir del cerdo, cayendo en la artesa, mientras mi prima la removía con un palo. Poco a poco el guarro dejó de moverse. Mi padre me dijo que me acercara, negué con la cabeza. Dejaron a mi prima removiendo la sangre que aún salía humeante y se pasaron la vota de vino que sangraba directamente en sus bocas.

Mi prima me dijo que no tuviera miedo, que me acercara a remover. Volvía a negar con la cabeza. El resto de mis primos estaban alrededor del animal , mirándolo. El mayor cogió un soplete y hacía como que lo quemaba. Su padre, que lo vio, se acercó y le preguntó si quería hacerlo. Él dijo que sí, encendió la llama y con cuidado se dejó guiar por su padre. Si los gritos del cerdo antes de morir fueron aterradores, el olor a pelos y piel quemada formarían parte de mi nariz durante semanas. Mi prima removiendo la sangre, mi primo quemando el animal guiado por su padre, rascando con una paleta la piel quemada que caía al suelo, los demás alrededor del fuego bebiendo vino y comiendo como si el nauseabundo olor no los alcanzara.

No pude evitarlo: vomité allí mismo, en la puerta de la cochera. Alguno de mis primos se riéron de mí. Una de mis tías vino y me llevó dentro de la casa y me dijo que me acostara un rato en el sofá. Cerró la puerta y me dejó solo. No me atreví a encender la tele. No me atreví a hacer o decir nada. Pero al menos dentro de la casa el aire podía respirarse y los sonidos llegaban amortiguados. A cada poco llegaba una tía perguntando si estaba mejor o algún primo a comentar que estaban abriendo en canal al cerdo, o que le habían dejado cortar el corazón, que si quería probar un poco de carne recién asada...

Mi madre llegó a la hora de comer. Me llevó de nuevo fuera. No quedaba nada reconocible del cerdo. El animal estaba despiezado en artesas. Nada que no se viera en una carnicería. El olor a chamusquina aún permanecía en el hambiente, mezclado con el de la hoguera, y la carne que se amontonaba en todas partes. Entonces vi la sangre negruzca que aún removía mi prima. Es para hacer la morcilla, me dijo con una sonrisa. La sangre, que teñía el palo de púrpura, que contenía el último grito del animal, sería encebollada y embuchada al día siguiente para dejarse secar hasta que fuera comestible. Y en cada bocado estaría ingiriendo la desesperación del gorrino. No lo aguanté. Me marché corriendo. Mi madre vino tras de mí y, sin decir nada, me llevó a casa.

Pasé el día sin comer, viendo la tele. Pasé varias semanas con pesadillas, soñando que yo era el cerdo, que mi padre clavaba el garfio en mi boca, que el gordo atravesaba mi cuello, que mi prima removía mi sangre. Pasé varios meses sin quere probar el chorizo, el salchichón, o hasta el choped de cerdo. Pero todo paso. Ni qué decir tiene que volví a comer bocadillos de morcilla frita.

El año siguiente me quedé con mi madre hasta que todo lo desagradable hubo pasado y acudimos a la matanza después, para ayudar a hacer los embutidos. Por la noche tuve que soportar alguna broma a propósito de mi escapada del año anterior, alrededor del fuego. Pero no fui el único: por lo visto, mi primo, el de las collejas, llegó a desmayarse en su primera matanza.
- Era pequeño -. Se excusó.
- Más pequeño era yo -. Contesté y le di, por primera vez, una amistosa colleja.

viernes 14 de agosto de 2009

Lágrimas de San Lorenzo

No se asomaba la Osa Menor cuando fuimos al camino que unía la casa con los animales del abuelo. Mi padre llevaba una silla en una mano y un granizado en la otra. Yo lo acompañaba un poco asustada mirando a los alrededores. Le pedí que volviésemos porque tenía miedo y el me contestó su letanía habitual: conmigo nunca debes tener miedo, yo siempre te protegeré. Se sentó en medio del camino y yo encima de él, dejando que su barba cosquilleara mi oreja. Le dije que tenía un poco de frió y colocó los brazos como un manto sobre mi cuerpo. Me deslicé levemente para cobijar la cabeza entre el bíceps y el pecho. Llevaba una camiseta de tirantes, y yo otra, y la sensación fría y suave del músculo me agradaba. Le di un beso y él me beso la cabeza. Entonces levantó la mano y señaló las estrellas. Cuatro en forma de cubo y tres más que hacían de mango: la osa mayor. Me dijo que también había una osa menor con su famosa Polaris, la estrella polar, pero esa noche no la vimos. El miedo había desaparecido, entre sus brazos solo sentía calor, pero no como el de la tarde cuando nos zambullimos en la piscina para refrescarnos; era el calor agradable que me dormía por las noches.

Le pregunté por mas estrellas y me señaló Alioth y la brillante Arturo. Me contó su historia como guardián del oso y me habló de Régulo en la constelación del León. Me quedé sorprendida al enterarme de nombres como Hércules, Dragón, Cisne o Can Mayor con la imponente Sirio, la estrella más brillante del cielo, pero esa noche no la pudimos ver. No sé cuanto tiempo transcurrió, lo cierto es que se pasó en un momento, hasta que una estrella fugaz cruzó delante de nuestros ojos. Mi padre saltó y exclamó: ¡la has visto!. Si, la vi. Vi un destello aparecer entre las estrellas y apagarse en un suspiro. Pedí un deseo, pero no me dio tiempo a solicitarlo antes de que desapareciera. Así que me preparé para la siguiente, esta vez lo pediría con mayor rapidez, la suficiente para que se cumpliera. Pero la segunda estrella fue tan fugaz como la primera y dos más que apenas parecían un destello en el cielo.

Elevé la mano y dije: ¡papa una!, y como un torrente desbocado pensé en el deseo; pero otra vez me equivoqué. Mi padre me enseñó a diferenciar las estrellas de los aviones. Decidí desear siempre lo mismo: una DS con cámara. Mi padre y mi madre también lo hacían, siempre deseaban salud para mi y la familia. La noche fue mágica, llena de historias y estrellas, en el camino, detrás de la casa, acurrucada en los brazos y mirando el cielo. Vimos cinco estrellas fugaces, pero no nos quedamos hasta más tarde cuando mejor se verían. Los ojos se me entornaban y mi padre estaba agotado de doblar el cuello.

Aquella fue la primera vez que vi las Lágrimas de San Lorenzo y una lágrima en el ojo de mi padre cuando le di un beso por la maravillosa noche que me había enseñado.

(Corregido, 24-08-2009)

jueves 6 de agosto de 2009

LA PRIMERA VEZ DE LAURA




Laura tenía 17 años cuando lo hizo por primera vez, David tenía 19 y él ya era un experto. Fue por ello que animo a su amiga a hacerlo y se ofreció voluntario para enseñarla.

Hablaron de ello durante días. Laura tenía muchos reparos: que era demasiado joven, que no estaba bien, que si les pillaban se iba a armar la gorda; pero David, cuando quería sabía ser muy persuasivo y finalmente logró convencerla.

Hicieron planes. El conocía un sitio tranquilo, sin peligro, donde podrían hacerlo sin llamar la atención y concretaron el día y la hora. Laura, desde ese momento y mientras llegaba la hora, ya no pudo dormir en paz, tal era el nerviosismo que la dominaba.

Pensaba en ello mientras estaba en clase. Solo de imaginarlo, las piernas le temblaban de la emoción. No estaba segura de nada, sobre todo dudaba de su habilidad cuando llegara la hora. Pero también se decía que si todo el mundo lo podía hacer, ella también podría.

Por fin llegó el día. David vino a buscarla en su viejo coche de tercera mano y se fueron derechos al lugar que habían acordado. Laura tenía pensamientos encontrados mientras iban, por un lado sentía tal pánico que casi hubiera preferido volver a casa, ya. Pero, por otro se decía que ¿por qué no? Sentía algo así como vértigo. No solo le temblaban las piernas, sino que tenía las manos sudorosas.

Ya no podía echarse atrás, había llegado el momento. Se colocó donde y cómo David le indicaba, y fue haciendo lo que le decía.

- Primero ve despacio, así, poco a poco. ¡Cuidado! No aprietes tanto. Pon ahí la mano y no la quites, ahora aprieta un poco, ¡adelante! Bien, bien.

Ella, obediente, hacía lo que le decía. Miraba hacia delante pero no estaba segura de ver nada. La voz de David era su guía y ella confiaba en sus palabras, era el experto.

De pronto a él le cambió la voz y oyó que, nerviosamente le gritaba:

- Acelera, acelera ahora. ¡Venga, no pares! ¡ No quites tus manos de ahí ¡

Y así fue como ella, perdidos ya los nervios, piso el acelerador con tanta furia que acabaron en la cuneta.

Afortunadamente no se hicieron nada, apenas unos rasguños y un bollo en la aleta delantera del coche, uno más de los muchos que ya tenía.

- ¡Ya te lo decía!- gimoteaba Laura – ¡por poco nos matamos! Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a la autoescuela, y aprender allí.

- ¡Joder, Laura! No se pueden quitar las manos del volante cuando aceleras. La primera vez que se conduce un coche todo el mundo lo hace con un amigo. Para ir a la autoescuela siempre hay tiempo.

Rosg.

sábado 1 de agosto de 2009

Tema de agosto '09: La primera vez

Agosto es el mes de vacaciones por escelencia en este país, crisis mediante, y las vacaciones son bastante propicias a las primeras veces. Un entorno distinto, gente nueva, cierta sensación de irrealidad... Y zás, una nueva experiencia que guardar, para bien o para mal, en el saco de la memoria.

Primeras veces, no tiene que ser en verano claro está ya sabéis que aquí prima la libertad que el tema es orientativo, una sugerencia que intenta removeos y, con suerte, sacar de vuestra mano un relato con el que entretenernos y aprender a golpes.



miércoles 29 de julio de 2009

MUY DENTRO

De repente sentí como mi cuerpo y mi esencia se separaban y me vi a mí misma en la distancia, cara a cara, como en un espejo, pero real.
Y entonces empequeñecí.
Me quedé parada con la vista fija en mi figura que se veía enorme y grandiosa desde mi posición.

Fui trepando por mi cuerpo, de los pies a la cabeza, mirándome de cerca, con lupa, y de un modo como nunca antes lo había hecho. Así, llegue a la parte más alta del cuerpo.
En la cabeza, entre una mata de pelo frondosa y oscura a través de la cual era imposible ver nada, encontré por casualidad un pozo de borde escurridizo por el que caí como por un tobogán hasta una cueva viscosa con fango en la superficie. Me adentré en dicha cueva con dificultad, los pies se pegaban al suelo a cada paso que daba. Había lianas que parecían cobrar vida a mi paso y se aferraban a mis extremidades de la misma manera en que un depredador se aferra a su presa. Tuve que atravesar, escalar y traspasar una serie de pasadizos estrechos, oscuros y húmedos que me llenaron de ansiedad. Me sentí en un laberinto del que no iba a poder salir. Los nervios a flor de piel, el cansancio, la amargura de ver esos oscuros caminos que eran parte de mi ser…todo me estaba tentando a volver…pero quise seguir un poco más. Notaba cómo mi corazón latía cada vez más deprisa y cómo mi respiración se iba acelerando. El pánico se apoderaba de mí.
Y corrí.

Llegué a una cavidad algo más amplia dónde finalmente pude respirar con un poco de tranquilidad aunque todo seguía húmedo y oscuro.
Cuando me sentí con fuerzas suficientes como para concentrarme en lo que tenía ante mis ojos, quedé decepcionada. En el lado derecho, estaba teniendo lugar una violenta trifulca entre dos seres, ni siquiera seres, dos siluetas de humo que se gritaban y propinaban algo que se podría comparar con latigazos rebosantes de energía, incluso yo podía sentir su ira; a la izquierda, otra de esas siluetas lloraba desconsolada hasta tal punto y con tal fuerza que me dio miedo siquiera acercarme; un poco más atrás, yacía otra silueta que parecía totalmente sedada y que guardaba en su regazo, apretándola contra su pecho una botella de alcohol que debía de haber sido su acompañante en las últimas horas. Yo no entendía nada.
En ese momento todos fueron conscientes de mi presencia, y comenzaron a acercarse a mí pidiéndome algo que no era capaz de descifrar.
Sentí miedo y cerré los ojos al mismo tiempo que agachaba la cabeza e intenté concentrarme para no escuchar las voces, aquellos ruidos agudos, que perforaban mis tímpanos y se introducían atropelladamente en mi cabeza.
¡NO! Ya no más, ya no quería ver más, sólo quería escapar de allí, salir corriendo… pero sentía que no podía hacerlo. Había algo que decía que debía ver un poco más.
Apreté los puños con todas mis fuerzas y levanté la cabeza, poco a poco abrí los ojos. "Esfuerzate un poco"- me dije.

Todos estaban delante de mí pero ahora no se escuchaba nada, sólo estaban allí, en frente, mirándome. Me miré la mano y la alargué despacio hasta que se topó con una de esas criaturas que comenzó a sonreír en el mismo instante del contacto.
Aún con miedo y sorprendida, me eché hacia atrás hasta chocarme con la pared y, cuando la toqué, desde ambos lados de mi cuerpo, salieron dos destellos blancos que recorrieron las paredes de la cavidad hasta juntarse al final del recorrido dejándolas de un color blanco resplandeciente. Asombrada, me miré las manos y despacio me agaché para colocarlas en el suelo; el efecto fue exactamente el mismo. Todo brillaba ahora.
Deseé que el que lloraba riera y en cuestión de segundos me sentí contagiada por su risa, deseé que todos rieran y así fue. Deseé ser feliz y se me concedió el deseo y entonces di gracias por no haber huido de mí misma cuando tuve oportunidad de hacerlo. Ya estaba lista para volver a ser yo.

Porque todos poseemos un lugar mágico, aunque a veces cueste encontrarlo.

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